juan pablo jiménezEn la prensa circulan noticias sobre el reiterado colapso del metro, la desaceleración económica, el aumento del desempleo, la evasión masiva del metro, encapuchados tratando de quemar a un periodista, etc. Acto seguido, el mismo 9 de septiembre, colapsan varias estaciones del metro ante el temor por objetos sospechosos. Posiblemente, mientras usted lee este artículo, reconozca haber sentido algo de temor los últimos días.

Existen miedos evidentes, como las amenazas a la integridad física o a las condiciones materiales de vida (pobreza, inflación, recesión, etc.). Pero también existen miedos que tienen su origen en cuestiones abstractas, creando una angustia sin origen claro. La desintegración social es la causa por excelencia de los sentimientos de angustia generalizados en una sociedad. Esta desintegración se expresa en la falta de un referente colectivo que permita identificarse en los otros, creando un sentimiento de desconfianza e inseguridad permanente. Para que se haga una idea, la percepción de inseguridad en Chile (2 homicidios por cada 100 mil habitantes) es mayor que la percepción de inseguridad en el país más violento de la región, Honduras, donde se producen 86,5 homicidios por cada 100 mil habitantes, de acuerdo al último Informe Regional de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (2013).

Junto a las noticias del bombazo en el centro comercial del metro Escuela Militar, la prensa ha abarcado en extenso la conmemoración del 11 de septiembre de 1973. Parece ya un recuerdo lejano el día en que los partidos de derecha se ponían la camiseta del “gobierno militar”. Hoy los ex defensores de la dictadura se cuadran en las filas de los derechos humanos, subrayando el “contexto histórico” en que se produjo la “intervención” armada. Y el relato de este contexto histórico es, por supuesto, el de un país al borde del caos, con hiperinflación, altos niveles de violencia política y angustia total.

Norbert Lechner decía que en un ambiente de incertidumbre y temor, el autoritarismo encarna el deseo de orden frente a la amenaza del caos y se apropia de los miedos, ideologizándolos. El temor que caracteriza a una sociedad tan desintegrada y desigual como la nuestra, se canaliza hacia un enemigo conocido. Cuando la derecha reniega de la dictadura y se pone del lado de los derechos humanos y la reconciliación, lo que hace en realidad es legitimar sus argumentos en contra del “desorden”, de las marchas, de todo cambio que ponga en riesgo “el cuidado de las instituciones”. De la misma manera el oficialismo y los medios de comunicación, no han vacilado un segundo en asumir un discurso uniforme y arrojado en pos del orden. El reportaje “Radiografía a los colectivos estudiantiles” de la dupla Luksic Bofill en canal 13  es uno de los mejores ejemplos.

Así la inseguridad cotidiana y los miedos se ideologizan. Los hechos ocurridos el 8 de septiembre son absolutamente condenables. Nadie podría negarlo. El problema es la respuesta autoritaria, es que se utilice esta desgracia para deslegitimar a quienes abogan por cambios de mayor profundidad, para contener las demandas del movimiento social, sobre todo ahora que los dueños de Chile han dejado claro hasta dónde puede llegar el “reformismo” en un escenario de desaceleración.

La mayor paradoja es que la fuente real de la inseguridad y el temor es el autoritarismo. El origen de la inseguridad que sentimos los chilenos es la destrucción del tejido social, de las juntas de vecinos, de los barrios, de las cooperativas de producción o de agua, los sindicatos y otras formas de participación en el espacio público. Esta es una de las herencias más profundas de la dictadura. Como nunca se fue todo el temor y nunca llegó toda la alegría, la reconstrucción del tejido social es la única alternativa duradera que se tiene a la mano para erradicar el miedo al otro y el descontento con la sociedad. Por esta razón hoy más que nunca se hace urgente el fortalecimiento sindical, la participación política y la organización de la sociedad civil.