Joan de AlcazarCataluña comparte con el resto de las regiones peninsulares la crisis económica que ha provocado una durísima crisis social y una reducción de los servicios públicos y del papel asistencial del Estado. La respuesta a la crisis económica ha ido por la vía de la devaluación interna, lo que ha generado una rebaja salarial que ha reducido el consumo y ha provocado más paro, menos ingresos fiscales y más déficit público que obliga a recortar más y más los presupuestos. La política del Partido Popular, que gobierna España desde el derrumbe del socialista Rodríguez Zapatero en 2011, no ha sido otra que seguir las directrices de la Alemania de Merkel y del FMI de reducir el déficit a cualquier precio, así que hace años que estamos dentro de un círculo infernal del que no se ve la salida. En el Principado, está por dictaminar cuál ha sido la responsabilidad del gobierno de Artur Mas y de Convergència i Unió, con el apoyo desde fuera de Esquerra Republicana, pero esta es otra historia.

Como en España, también en Cataluña surgió y crece sin descanso el Partido de los Indignados [o el Partido de la Ira, cómo ha escrito Enric Juliana]. Por toda España, el escenario en el que ahora estamos se inició con el 15M [de 2011] y las acampadas en las plazas de las principales ciudades y ha empezado a cristalizar, electoralmente hablando, en ese fenómeno imprevisible hoy que se llama Podemos. Los partidos mayoritarios están desarbolados ante la nueva situación: el PP no obstante cree, estúpidamente, que es un monstruo que le beneficia en la medida que está devorando al PSOE y a Esquerra Unida, por lo cual no hace otra cosa que publicitarlo con intensidad. La izquierda clásica, a la que desde Podemos descalifican de forma irresponsable con argumentos en blanco y negro, no sabe qué hacer, ni cómo responder al desafío permanente de un grupo que practica un discurso populista que conecta de fábula con millones de personas que se sienten miembros del Partido de la Ira.

Cataluña, no obstante, presenta una diferencia sustancial con otras regiones peninsulares: es un territorio con muchos ciudadanos que se sienten nacionalmente catalanes [y no tanto españoles]. La coyuntura de crisis y la dura devaluación interna han provocado en el Principado una respuesta coincidente y diferenciada a la vez a la del resto de España: además de indignación ha potenciado el sentimiento nacional de millones de personas y la irritación ha tomado una consistencia y una capacidad movilizadora insospechada e insospechable. Y es que el Gobierno de CiU ha conseguido convencer a muchos de que, en cuanto a los efectos de la crisis, todo es culpa de Madrid. No les ha resultado demasiado difícil.

El Partido Popular, desde el segundo gobierno de Aznar entre 2000 y 2004, durante los años que pasó en la oposición entre 2004 y 2011, y en el último periodo de Rajoy, desde 2011, ha querido llevar adelante la re españolización de España [cómo dijo, bocazas cómo es, el ministro Wert], es decir rehacer España como ellos les gustaría: uniforme y castellanizada, aunque respetando “las sanas particularidades regionales que a todos nos enriquecen”. El Partido Popular, con sus analistas de FAES al frente, hace tiempo que están emperrados en poner orden [especialmente, pero no sólo] en las regiones vasca y catalana.

Particularmente en esta última, la política del PP ha generado exactamente lo contrario de lo que se proponía, y el partido de la derecha española se ha convertido en un motor de generación de independentismo. Cuesta creer tanta estupidez, tanta arrogancia y tanta incapacidad política. Ni los más radicales catalanistas dan crédito a lo que ven.

La operación españolizadora ha sido dirigida más con las tripas que con la cabeza. España es un país de muy bajo fervor nacional convencional. El nacionalismo español envidia el entusiasmo nacional de –singularmente- vascos y catalanes, con su devoción por la bandera, por su himno y por la solemnidad ante las efemérides nacionales. España tiene un himno sin letra que impide cantarlo, por ejemplo, como hacen los brasileños, los chilenos, los franceses o los italianos. Además, en España, la bandera es aquella que para muchos resulta imposible desconectar de la guerra civil y de la dictadura franquista, y así no es fácil sentir aprecio real por estos símbolos. En resumidas cuentas, el resultado es que los nacionalistas españoles –incluyendo los más moderados y también los del nacionalismo banal– soportan con dificultad y a veces con rabia las demostraciones de consistencia nacional de los separatistas.

Mariano Rajoy y el PP han querido aprovecharse de esa envidia. El líder del PP, un hombre que combina la indolencia y la carencia de preparación con una singular capacidad para permanecer inmóvil, ha usado desde siempre esta característica para llegar hasta dónde ha llegado. Dejar pudrirse los problemas, dejar que el tiempo acabe con los adversarios y los agote en la pugna contra su muro de silencio, no decir ni sí ni no, esperar y esperar. Y esto es lo que está haciendo con la situación en Cataluña.

Rajoy espera que los empresarios y los banqueros de Barcelona le expliquen a Artur Mas donde está la línea roja; y que la amenaza de aplicar rigurosamente la legislación vigente tenga efectos disuasorios. Quizás confiaba que la confesión de Pujol afectaría el fervor nacional, pero a pesar de que ha sido una bomba y de las grandes, buena parte de la sociedad catalana no se ha desmovilizado. Y es que en su desidia suicida la situación está fuera de control. ¿Todavía no es la hora de abandonar la parálisis y hacer frente a la situación? ¿No verá el calvario que está pasando su colega Cameron con Escocia?