Evo MoralesSe trata de una suerte de laboratorio biopolítico al aire libre que ha redefinido la siempre conflictiva relación entre los pueblos, el Estado y las clases dominantes que por siglos han delineado la ruta que siguen las naciones de América Latina.

Hace casi nueve años Bolivia logró sacudirse del lastre que aun en Chile nos pesa con culposa naturalidad. De la mano de Evo y como corolario de la larga e intensiva construcción de una novedosa fórmula que sintetizó con genialidad la identidad indigena-obrera-campesina, la movilización social y un programa a todas luces revolucionario, se puso en marcha el camino para superar lo viejo, eso que fue la última crisis del neoliberalismo en Bolivia.

La historia de todos estos años de Bolivia está marcada por cuestiones simbólicas pero potentes, como la coronación de Evo como Apu Malku (líder supremo) por varios pueblos indígenas de este lado del globo en las poderosas ruinas de Tiahuanaco, antes de su investidura formal como Presidente. Están las políticas entre las que destaca el proceso de Asamblea Constituyente que redefinió la nación altiplánica, como muchos pueblos convergentes en un mismo Estado, no sin antes desnudar, mediar y solucionar grandes e históricos conflictos.

Bolivia como Chile posee bastas reservas de recursos naturales no renovables; mientras acá se sobre explota el cobre sin control, en más del 70% por capitales privados y extranjeros sin la correspondiente carga impositiva para garantizar inversión pública en cuestiones básicas como salud y educación, Evo cumple la promesa de su primera campaña: recuperar la soberanía perdida con los largos años de explotación privada de los recursos naturales bolivianos, dando muestra que cuando un proceso es serio y responsable, el Estado es la mejor herramienta para invertir y no hipotecar el futuro de los suyos. Así han podido reducir los índices de pobreza y crecer a 6,8% en 2013 y de pasada, proyectar el crecimiento económico más alto de la región para el presente año (5,2%), lo que permitirá seguir invirtiendo en políticas públicas “no solo para luchar contra la pobreza, sino contra la desigualdad”, como él mismo nos dijo hace unos meses en un encuentro en Santiago. A esto podemos sumar los proyectos que promueven la autonomía y el comunitarismo, y como no, la explotación sustentable de los recursos naturales, transformando también la noción de protección a la naturaleza dominada sin contrapeso por bonos de carbono y el marketing de las empresas con el greenwashing y la Responsabilidad Social Empresarial.

Como cualquier proceso de transformación ha tenido que confrontar el desprecio de la diplomacia de Washington, las políticas antidrogas de la DEA, las bases militares estadounidenses, las recomendaciones que suenan más a advertencias del FMI o el Banco Mundial y la oligarquía local, que como toda oligarquía siempre parece estar dispuesta a poner su granito de arena para desestabilizar a algún molesto presidente.

Bolivia en nueve años ha avanzado a pasos agigantados hacia la constitución de un estado moderno que garantiza el buen vivir de las mayorías antes excluidas, en gran medida gracias a la popularidad y el respaldo que le otorgan estas mismas al proyecto que encabezan Morales, García-Linera y todo el equipo de gobierno. Aunque como cualquier proceso de transformación ha tenido que confrontar el desprecio de la diplomacia de Washington, las políticas antidrogas de la DEA, las bases militares estadounidenses, las recomendaciones que suenan más a advertencias del FMI o el Banco Mundial y la oligarquía local, que como toda oligarquía siempre parece estar dispuesta a poner su granito de arena para desestabilizar a algún molesto presidente.

No solo desde el norte han recibido ese trato, también se ha desplegado desde diversos gobiernos chilenos que por largos años han ignorado, haciendo gala de una notable falta de voluntad política, el desafío diplomático de dar salida soberana al mar a través de un acuerdo bilateral. Demostrando más allá de la retórica, que el criterio ultraconservador que ha dirigido la diplomacia local en el último cuarto de siglo, es menos progresista incluso que la del dictador Pinochet, poniendo a Chile siempre de espaldas a la región, con una política de estado en la que todo tratado internacional está escrito en piedra para la eternidad.

El próximo domingo se concretará lo que ya es un secreto a voces, Evo Morales será reelecto Presidente, la duda que todos nos planteamos es cuál será la diferencia con su más cercano competidor ¿10, 20, 35 o 40 por ciento? Eso sólo lo responderán los altiplánicos en su momento, pero de seguro el triunfo será para quien ha podido conjugar con gran habilidad el crecimiento económico para disminuir la desigualdad con una estabilidad política sin igual en toda la historia de Bolivia. El desafío comenzará por seguir profundizando el proceso boliviano al día siguiente de las elecciones. Para eso ya hay preguntas que rondan en el ambiente y que serán debatidas. Por ejemplo si Evo irá por la reforma constitucional que le permita presentarse nuevamente como candidato, o cómo proyectará su popularidad en el MAS y los movimientos sociales, o algún otro liderazgo que permita continuar el proceso más allá del mismo Evo. ¿Hasta qué punto llegará la expansión de la fase industrializadora de Bolivia con la política de explotación sustentable de recursos naturales? y por sobre todo: cómo el sujeto popular mantiene su intensa actividad frente a las nuevas condiciones materiales que la estable revolución boliviana está entregando… en fin, son muchísimas las preguntas, y el debate está abierto.

Lo que ocurrirá el Domingo no deja de ser simbólico para Bolivia y toda Latinoamérica. Que Evo Morales, el primer presidente indígena del mundo, gane su tercera elección consecutiva un día 12 de octubre, es algo tremendamente movilizador porque es esperanzador para los bolivianos y también para los países como Chile, que aun con gobiernos declarados de centro izquierda como el de Bachelet, han quedado cómodamente presos de las fuerzas conservadoras en los albores del período, aun con todo el repertorio transformador que se propagandea en los eufóricos tiempos de campaña. Bolivia nos da lecciones siendo el laboratorio de biopolítica, mientras otros son los perversos del neoliberalismo. Se ha podido desprender de los lastres de siglos de sometimiento, con movilización social, organización y con la voluntad política de quienes encarnan los anhelos de cambio de los comunes y corrientes, con Evo, uno más entre todos los bolivianos, conduciendo este proceso. Lo mejor es que hay Evo para rato, porque Evo es el pueblo.

Jallalla Evo!!

Luis Jaqui es administrador público militante de Convergencia de Izquierdas, miembro del Colectivo 12 Puntos y de la multiplataforma Poder Social Constituyente.