iglesia católica chilena            Monseñor Pedro Casaldáliga, obispo emérito de la diócesis de Sao Felix de Araguaia, ubicada en el Mato Grosso, Brasil, es un hombre excepcional. Pertenece a esa generación de pastores que dio a América Latina hombres de la talla de Monseñor Helder Camara, Monseñor Oscar Romero y, más cerca de nosotros, al Cardenal Silva Henríquez. Nació en Cataluña en 1928 y, cuando tenía cuarenta años, en 1968, llegó a tierras de misión siendo religioso claretiano. Allí descubrió que su vocación de fe, destinada a proclamar “la gloria de Dios”, no podía desprenderse de una singular y heroica lucha por salvaguardar la dignidad del Hombre. Así, su ministerio en defensa de los derechos a la tierra de los humildes “poseiros”, en oposición a la ambición desmedida de los “fazendeiros”, hizo honor a la convicción de San Irineo, quien en los albores del cristianismo había dicho: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Casaldáliga aceptó el duro caminar descalzo “sobre la tierra roja”, sabiendo que portaba una esperanza inclaudicable, sostenida por esa fe trágica que, de tanto en tanto, ha hecho de algunos seguidores de Dios verdaderos profetas, contra quienes no puede ni la prudencia, ni la conveniencia, ni el acomodo que ofrece la cercanía al poder. La fe de estos hombres bailotea peligrosamente sobre el filo de la aguzada frontera que divide la razón y la locura, como la de Kierkegaard cuando habla del Caballero de la Fe, como la de Unamuno cuando invita a sumarse a la cruzada en búsqueda del sepulcro del quijotesco Caballero de la Locura. Conocerlos produce espanto, a veces cercanía, a veces lejanía, molestia, incluso envidia, pero nunca indiferencia. Y por eso están tan cerca de la muerte como de la santidad.

Curiosamente, el profeta que fue Casaldáliga se vio en la encrucijada de aceptar el nombramiento episcopal. Lo admirable es que lo hizo sin transar con su estilo de vida. En el notable poema que escribió, “Mis insignias episcopales”, destaca que su “mitra” será “un sombrero de paja sartanejo, / el sol y la luna, / la lluvia y el sereno”, que su báculo “será la verdad del Evangelio / y la confianza de tu pueblo en ti [en Dios]”, que su anillo “será la fidelidad a la Nueva Alianza del Dios Liberador / y la fidelidad al pueblo de esta tierra”, que no tendrá otro escudo “que la fuerza de la Esperanza / y la libertad de los hijos de Dios”, que no usará otros guantes “que el servicio del Amor”.

Esta forma de ser obispo confirma la antigua vocación del pastor, lejana al modelo que, tras la romanización del cristianismo, terminó por atiborrar el servicio pastoral de símbolos y prácticas que incorporaron a la Iglesia romana usos que heredó del Imperio. Tras la constantinización de la Iglesia, el mundo se hizo cristiano, pero, como afirma Simone Weill, “el cristianismo se hizo mundano”. Leonardo Boff, en su discutida obra Eclesiogénesis,plantea no hay una posible tercera posibilidad: o la Iglesia se configura desde las bases comunitarias o se jerarquiza perdiéndose la comunicación entre sus líderes (papa, obispos) y las comunidades cristianas. Cuando esta desintegración se da, la iglesia jerárquica termina acercándose más a los otros poderes de la sociedad y las bases terminan rearticulando los contenidos de su doctrina, sus prácticas morales e incluso su liturgia. Tal separación se hizo particularmente grave en el siglo XIII europeo cuando la institucionalización medieval del clero desarrolló tantas diferencias entre e la jerarquía y el pueblo que éste, en variadas ocasiones terminó desligándose de aquella a través de opciones que se concretaron en herejías que concluyeron en graves persecuciones, anatemas, juicios y condenaciones a la hoguera (véase, por ejemplo, la historia de los cátaros en Francia). Entiendo que opciones como las de Casaldáliga y, en términos generales, como lo fue la Teología de la Liberación, pretenden salvar esa gran disgregación con una propuesta que reclama una vuelta a los orígenes del cristianismo: “un solo señor, un solo bautismo, una sola fe”.

En la cotidianidad del siglo XX, nos encontramos nuevamente con esta problemática. Para el caso de la Iglesia Católica chilena, vemos manifestarse una división que ciertos intereses quieren hacer ver como artificial, pero que cada vez se hace más visible e irredargüible. Por un lado, vemos el discurso de gran parte de la Conferencia Episcopal y, por otro, de algunos ministros que se han destacado en los últimas décadas (Felipe Berríos, Mariano Puga, José Aldunate, Monseñor Infanti). Los primeros llaman al equilibrio, a la cordura y a la defensa institucional de ciertos valores que consideran intransables. Los segundos invitan a revisar viejas estructuras que afectan, incluso, cuestiones de orden disciplinar como lo son las uniones entre homosexuales, la situación de los cristianos divorciados y otras tantas. Más allá de estos aspectos epifenoménicos, la cuestión principal es el norte que guía la posición de ambos sectores, es decir, ¿qué está en juego, la sobrevivencia de la Iglesia como institución y los privilegios y derechos adquiridos, o la construcción del Reino de Dios? Sin duda, la primera preocupación apunta a una dinámica de conservación, mientras que la segunda a una dinámica de renovación. La segunda critica a la primera de reaccionaria, mientras que la primera acusa a la segunda de disgregadora, relativista, mundana. Obispos como Casaldáliga se vieron bastante libres ante los frenos de la institución eclesiástica, quizás porque han sido favorecidos con el don de la anticipación, que es, en definitiva, la cualidad que distingue a príncipes de profetas.

CA menudo la jerarquía se asusta frente a los pronunciamientos y las prácticas de sus profetas. Y, como parece haber sucedido recientemente con la denuncia de Monseñor Ezzati ante el Vaticano en contra de los sacerdotes chilenos Felipe Berríos, José Aldunate y Mariano Puga, activa sus mecanismos de vigilancia y de control.

En una Iglesia fraterna estas diferencias no deberían incomodar tanto y, al contrario, constituirse en la base dialéctica sobre la cual se construye su misión en la tierra. Sin embargo, a menudo la jerarquía se asusta frente a los pronunciamientos y las prácticas de sus profetas. Y, como parece haber sucedido recientemente con la denuncia de Monseñor Ezzati ante el Vaticano en contra de los sacerdotes chilenos Felipe Berríos, José Aldunate y Mariano Puga, activa sus mecanismos de vigilancia y de control.

Para el caso de Casaldáliga esa fue una batalla permanente. Fue perseguido por los poderes fácticos y fue citado por el Vaticano para dar cuenta de “sus desviaciones”. Si no fuera por la protección directa que le ofreció el papa Paulo VI, quien dijo “tocar a Casaldáliga es tocar al Papa”, quizás qué hubiera sido de su suerte. Sin embargo, durante años, él esperó la muerte, la misma que había alcanzado a algunos de sus compañeros, la que espera a los profetas de todos los tiempos. El poema que expresa su disposición se ha constituido en un verdadero manifiesto del hombre creyente que sabe que el Reino que predica “no es de este mundo”, testigo de Cristo, incómodo para las duras fronteras que el egoísmo fratricida ha construido.

 

Yo moriré de pie, como los árboles:

Me matarán de pie.

El sol, como testigo mayor,

pondrá su lacre

sobre mi cuerpo doblemente ungido,

y los ríos y el mar?se harán camino de todos mis deseos,

mientras la selva amada

sacudirá sus cúpulas de júbilo.

Yo diré a mis palabras:

No mentía gritándoos.

Dios dirá a mis amigos:

Certifico que vivió con vosotros?esperando este día.

De golpe, con la muerte,

se hará verdad mi vida.

¡Por fin habré amado!

 

Casaldáliga el profeta, el poeta, el sacerdote, el creyente, a pesar de todos los vaticinios, no ha sido sorprendido por la muerte martirial, bendecido casi como el último de los apóstoles (Juan, el visionario) con la larga vida y la serena vejez. Pero sigue estando de pie, siempre fiel a su promesa.