Señor Martín Larraín

He decidido enviarle esta carta porque usted me ha salvado. Así como lo oye. Hacía días que no sabía sobre que iba a escribir esta columna que me gustaría que se transformara en un hábito. Tantas cosas suceden, tantas reformas, tantos escándalos financieros que remecen a las altas esferas, tantos dimes y diretes vacíos entre los políticos. Necesitaba algo que me impulsara y fue esta absolución conseguida por usted y sus abogados lo que me gatilló a escribir esta carta columna. Porque habría que ser muy desconsiderado para no darse cuenta que usted ha superado la barrera de los caradura en Chile y eso en este país es difícil. Caraduras en este país hay por cientos, quizás hay más caraduras que poetas, yo mismo soy un pequeño caradura, así como soy un pequeño burgués. Miento más de lo miente un sujeto normal, pongo rostro de aflicción cuando corresponde y a veces obtengo alguna pequeña ganancia indebida cuando regateo un precio o pido rebaja sin boleta.

Quién iba a pensar que esta absolución iba a ser el resultado del juicio. Yo creo que nadie, mejor dicho casi nadie; supongo que su padre y la galaxia de abogados que lo asesoran sabían lo que se venía, pero el mérito es suyo. Porque una cosa es escribir un papel, hacer análisis legales y revisar la jurisprudencia, otra cosa es moverse en los medios de comunicación, diseñar estrategias hacia la plebe, aconsejar que opte por el silencio y se vista de corbata; pero otra cosa muy distinta es poner la cara en el tribunal y decir lo que dijo.

“Solo quiero detenerme en la palabra “afectado”. Yo una vez atropellé un perro y lo maté. Nunca se me hubiese pasado por la cabeza llamarlo “afectado”, también esa vez fue imposible evitar el accidente, pero yo me caí. Detuve el auto y tomé en brazos al pequeño perro.”

Muchos de mis amigos hablan de lo podrida que está la justicia, que el sistema se rinde ante los dueños del poder, que las influencias de su padre son extensas y fuertes, que este país está perdido, pero nadie ve su mérito. Usted tiene un talento. Imagínese que fue absuelto. Esa es una palabra muy grande. ¿Usted se lo pensó en algún momento?

Lo comparo con mis aburridos enfrentamientos con la ley y no hay punto comparación. Hace unos meses Carabineros me detuvo mientras conducía mi auto. Iba con la licencia vencida en cinco días. Solo eso: cinco días. No hubo caso de disculparse. La ley es una sola y se debe cumplir. Quedé citado al tribunal de policía local. El juez que me correspondió ni siquiera me miró a la cara. Apenas alcancé a balbucear unas pocas palabras, temeroso porque pensé que si hablaba mucho me podían aumentar la multa y finalmente terminaría como “El prisionero de Kiev” (Una película vieja que no es necesario que vea). El juez me rebajó la multa y solo tuve que pagar $40.000, pero usted no paga nada. Dígame si eso no es talento. Es cierto que tuvo que cancelar los honorarios de los abogados, pero supongo que eso lo paga su padre, o quizás alguien que su padre tiene contratado para esos fines tan pedestres. Aún así, su talento no decrece.

Creo que nadie podría decir lo que dijo en tribunal con esa calma. Eso quedará grabado a fuego en la antología de los caraduras, que usted no inaugura, pero me parece que lleva a una de las cumbres más altas. Ese párrafo es de antología. ““Quiero manifestar mi más sincero apoyo y comprensión a la familia del afectado. Sobrellevar un accidente con estas consecuencias es muy difícil y doloroso. En estas audiencias han quedado demostrados los hechos tal como ocurrieron, dejando claro que se trató de un lamentable accidente imposible de evitar”.

Solo quiero detenerme en la palabra “afectado”. Yo una vez atropellé un perro y lo maté. Nunca se me hubiese pasado por la cabeza llamarlo “afectado”, también esa vez fue imposible evitar el accidente, pero yo me caí. Detuve el auto y tomé en brazos al pequeño perro. Incluso sentí pena y me sentí un poco culpable. Hasta hoy no me lo perdonaba, pero viéndolo a usted me perdono todo. No era necesario llamar por su nombre a la víctima, eso era ponerle rostro al dolor de una familia. Y el dolor y todo eso suena a gente pobre. Usar la palabra “afectado” estuvo bien, a quien le importa que el “afectado” se llamara Hernán Canales y ese fatídico 18 estuviese celebrando como seguramente usted también lo hizo.

La justicia en este país es un chiste para unos pocos, para la mayoría es una burla.