PSUTodos los años, desde hace ya demasiados, un tema se toma la agenda noticiosa entremedio de las fiestas de fin de año, empañando el panorama estival de muchos y muchas estudiantes que buscan hacer realidad sus sueños universitarios: los resultados de la sacrosanta Prueba de Selección Universitaria. Y con ello, parten los dimes y diretes entre quiénes afirman que el problema del “fracaso” de muchos y muchas se encuentra en la prueba misma y su metodología. Hay quienes tildan de flojos y flojas a estudiantes que obtienen bajos puntajes; otros y otras, culpan de ello a la incompetencia docente y un largo etcétera de razones que no dejan de sacar ronchas en medio de un debate cuyo contenido es mucho más complejo.

Sin embargo, no pretendo aquí desmembrar una por una estas tesis. Me limitaré a responder a la que quizás sea la más odiosa de todas: la de la flojera. No pretendo tampoco hacer sátira de nadie que tenga el coraje de vociferarla, al contrario, busco explicar por qué resulta tan natural que tal maraña de prejuicios emane incluso desde sectores de la sociedad que son víctimas directas de la causa: el sistema capitalista (y que me perdone la academia, el reduccionismo, pero no me sitúo desde la intelectualidad en esta ocasión).

Lo que muchos y muchas pasan por alto al opinar sobre el tema, es que existen condiciones externas al estudiante cuya superación no depende ni del esfuerzo individual ni de la predisposición anímica; condiciones cuyos orígenes se encuentran en las profundas desigualdades que vivimos en Chile, y que han sido denunciadas por los movimientos sociales estos últimos años.

La desigualdad de los años ’80 y ’90, ciertamente no es la misma que la del 2014: hoy la pobreza, expresión por excelencia de la desigualdad social, es estructural y viciosa, y no basta con el mito del esfuerzo para superarla. La pobreza estructural no es sólo monetaria, es también cultural, y aquello no es ni será jamás culpa de quien es pobre, sino de quien es rico a costa de quien es pobre. La evidencia de aquello no la encontraremos estudiando una línea de la pobreza, sino en la educación, el sector público que presenta mayores falencias y que es, por ende, el termómetro de la desigualdad de clases, por excelencia. El capitalismo en la educación chilena está más vivo que nunca. Éste ha llevado a la gente de a pie, a creer que la mayor parte de la solución pasa por el esfuerzo individual. ¿Y qué otra cosa podría esperarse?

El capitalismo en la educación chilena está más vivo que nunca. Éste ha llevado a la gente de a pie, a creer que la mayor parte de la solución pasa por el esfuerzo individual. ¿Y qué otra cosa podría esperarse?

Sí es natural y, sin embargo, lamentable, que exista gente que achaque la mayor parte o toda la culpa del problema educacional, al supuesto poco esfuerzo de los estudiantes pobres. La verdad detrás del prejuicio es que está fuera de su óptica entender que ese esfuerzo -que por lo demás es un recurso finito, que quien es pobre nace en un sistema depredador como el que nos oprime- estará siempre al servicio de las necesidades colectivas del grupo familiar y no de las aspiraciones personales. Muchas veces, y a mucha gente, le rinde más trabajar por el mínimo y aportar en la casa, que cursar estudios superiores, siendo estigmatizados y estigmatizadas por ello. Y para qué hablar de la famosa mochila de deudas que acarrean.

No podemos pretender que sea la meritocracia, que este mismo capitalismo propugna, la que lo rompa. No si comprendemos que tiene un sentido de auto-supervivencia. Llama la atención que tanto éste como otros argumentos busquen explicar no el “por qué sí funciona la PSU”, sino el “por qué no funciona”, cuando paradójicamente es lo primero lo que se cumple: seleccionar en base al desempeño demostrado en una prueba estandarizada que busca separar a quienes manejan los contenidos de un currículum de estudios igualmente estandarizado, de quienes no.

La PSU efectivamente, funciona. El problema es que no lo hace como esperaríamos que lo hiciera, por el mismo motivo por el cual los propios afectados arguyen argumentos como el de la flojera: porque el sentido común promedio, infiltrado ideológicamente por ese capitalismo individualista, conviene como natural el menoscabar a nuestros y nuestras estudiantes por haber fracasado forzosamente en un plan de vida predefinido para ellos y ellas, pero para el cual no todo el mundo dará la talla a la hora de los “quihubo”.

psu-2Y a pesar de todo, la cruda realidad de los números y lo irrisorias que resultan medidas como la implementación del ranking de notas o las modificaciones al sistema de corrección de las preguntas en el actual proceso, vaticinan cambios no menores al sistema de selección universitaria. Cambios que no llegan por azar. El sistema no cede porque sí, lo hace luego de constantes presiones sociales que durante todos estos años han movido multitudes en persecución de un sistema educacional justo, equitativo e inclusivo, que ponga en jaque la tesis de la flojera.

El mensaje de la calle es claro, y quienes somos parte de ella comprendemos que nuestro rol es protagónico y, por mucho que la Nueva Mayoría se arrogase nuestras consignas y propuestas, las mismas hoy no son capaces de sacar adelante sin tropezar con el conservadurismo de los propios partidos que la integran; por mucho que la derecha continúe mofándose de ellas, por culpa de un Gobierno que no ha sabido defenderlas con la misma firmeza con que lo hacía durante la campaña.

Lo claro hoy es que la calle no es sólo un mensajero, y sólo un movimiento social amplio sabrá llevar esas demandas y propuestas a buen puerto, donde converjamos todos y todas quienes estamos por construir un Chile digno y con derechos sociales garantizados.