papa-francisco-vaticano-romaSiempre que vemos los múltiples gestos del papa Francisco quedamos conmovidos por los aires de renovación que son comentados y valorados por un mundo -tanto eclesial como laical- que espera estas expresiones de libertad. Sin embargo, pareciera que toda esa parafernalia mediática no sirve para Chile, pues ya son varias las decisiones (de las cuales él es responsable) que han impactado nuestra realidad provinciana. A saber: la asignación de la dignidad cardenalicia a un obispo tan cuestionado como Monseñor Ezzati, el nombramiento de Monseñor Errázuriz como uno de los ocho miembros del comité destinado a reformar la curia romana, y la reciente destinación de Monseñor Barros a la diócesis de Osorno.

Muchos quisiéramos creer que “el santo padre que vive en Roma” está demasiado lejos para enterarse de la cocinería eclesiástica local y que, desinformado incluso por los reportes parciales que supuestamente le llegan, queda eximido de algún modo de los errores que comete. Sin embargo, al menos dos razones nos hacen pensar lo contrario: en primer lugar, su histórica cercanía a la iglesia chilena y al episcopado latinoamericano y el haber corrido carreras paralelas con los obispos cuestionados (no olvidemos que hasta hace apenas un par de años era colega directo de Errázuriz y de Ezzati), y, en segundo lugar, por grande que parezca la Iglesia Católica, en realidad se hace muy pequeña en su cúspide, en virtud de su estructura piramidal. En Roma se sabe más de lo que se piensa, y de esto da cuenta la prontitud con que se sometieron a examen y corrección la doctrina y acción de Casaldáliga, Leonardo Boff y Ernesto Cardenal. Sería ingenuo pensar que se mantienen en la ignorancia con respecto al escándalo Karadima, quien, como un Rey Midas inverso, ensucia todo lo que toca, entre ellos los mencionados obispos chilenos.

Sobre el caso del nombramiento de Monseñor Barros como obispo de Osorno, me atrevo a pensar que, a menos que haya una decisión personal de renunciar a dicho nombramiento, no habrá un desestimiento por parte de Roma. Desafortunadamente, esta institución ha mostrado ser muy arrogante con respecto a sus decisiones y ya son repetidos los casos en que prefiere hacer oídos sordos a las bases, no solo para el nombramiento de obispos sino también para el de responsables de instituciones que dependen de ella.

Sin embargo, más allá de este caso en particular, y llevado simplemente por razonamiento inductivo al sumar una decisión tras otra, comienzo a vislumbrar que, detrás de la figura de Francisco, no hay más que un gatopardismo desilusionante que terminará dando la impresión de que, al final de su magisterio pontificio, nos convenceremos de que este Papa ha intentado cambiarlo todo para que todo siga funcionando exactamente igual. Francisco quedará como una paloma que se posó sobre la jaula vaticana y que, de vez en cuando, se la dejaba volar por sobre los tejados de San Pedro para aterrizar oportunamente sobre el cuerpo de un lisiado, de un niño o de un anciano y estampar un beso proveniente de su pontificial misericordia. Pero, lo que realmente importa, lo que significa el porvenir de su iglesia en el mundo seguirá estando atado a los mismos oficiantes de siempre, a las mismas estructuras y, sobre todo, a la misma paralizada doctrina que parece persistir a pesar de sucesivos “aggiornamentos” y repetidas primaveras eclesiales.

Un pontífice que, en la espontaneidad de las masas, se muestra liberal, comprensivo, magnánimo, renovador, etc., pero que en la intimidad de la reflexión termina tomando conclusiones que lo desmienten, nos hace pensar que o no es consciente de la caricatura en que lo convierte su falta de consistencia o que su verdadero ADN teológico retrocede, en los momentos decisivos, a su conocida trayectoria conservadora cuando era arzobispo de Buenos Aires. Así, Francisco, termina siendo apenas un “papa bueno” pero no un pastor confiable; no un profeta del porvenir destinado a sacudir las viejas estructuras eclesiales y a expulsar del templo aquellos que han hecho de él comercio de mercaderes (por no usar las palabras duras que salen en el Evangelio).

Sin embargo, a veces incluso lo de “papa bueno” no resulta creíble; pues, de tanto en tanto, nos sorprende la errática inconsistencia retórica que manifiesta en sus apariciones públicas o en sus entrevistas: un día se siente autorizado para limitar la libertad de expresión frente a cuestiones religiosas (caso Charlie Hebdo), otro día dice improvisadamente que el castigo físico a los niños puede ser necesario, y otro, que los trans son comparables a las armas nucleares. Expresiones de este tipo las permitimos al abuelo de la casa, pero no a uno de los líderes espirituales más importantes del mundo.

Nunca pensé decirlo, pero a estas alturas ya estoy prefiriendo la confianza que me daba Benedicto XVI, el aparente papa de hierro que demostró que, a veces, una doctrina consistente y estable, aunque sea discrepante con lo que uno piensa, genera más estabilidad y posibilidades de transformación en el futuro.