Las opiniones del diputado democratacristiano Pablo Lorenzini, emitidas en una entrevista por la radio Sonar hace ya dos semanas, parecen no haber dejado indiferente a nadie. El mismo día y los que le siguieron inmediatamente se le acusó tanto por medios de prensa como también por redes sociales, con diversos grados de vehemencia, de machista y retrogrado. Las afirmaciones que causaron este maremágnum de críticas, acusaciones y molestias son aquellas en las que el diputado afirma: “¿Qué es violación? Producto de algo que no quiso. Hay miles de casos de mujeres que tienen relaciones porque, a lo mejor, tomaron un traguito de más o estaban apenadas, o por las circunstancias que pasan en la vida, que el hombre es muy hábil y las convenció y ella no quería, en ese caso ¿es violación también?”. Al leer tales afirmaciones, pero con mayor nitidez, al escucharlas atentamente, no se dejará de recordar por los detalles de tono, timbre, fuerza, y acento los mejores momentos de teleseries como “Los Pincheira” o “El señor de la querencia”; allí donde  se representaban a esos latifundistas y peones que construyeron a golpes y violencia el patriarcado en el que hasta hoy seguimos sumidos hasta el tuétano de nuestra historia. Las palabras escogidas –entre tantas posibles- y la actitud de a momentos chancera, socarrona y fanfarrona en su empleo, refuerzan esta impresión. La conclusión hasta allí parece obvia: el diputado Lorenzini es no sólo un fiel representante del conservadurismo de su partido, sino que también representa perfectamente al hombre promedio de nuestro país y nuestra Latinoamérica; un macho indolatino que se monta en el mundo como patriarca, que domina sin mediar reflexión a la mujer. Sin embargo, ¿es esto lo que generó la reprobación de tantas y tantos por los diversos medios sociales? En parte sí y en parte no. En parte sí, dado que un segmento de las críticas apuntaban a lo ya mencionado. En parte no, debido a que el grueso de ellas se centraban en la acusación de que el senador estaba sugiriendo que –mediante sus ejemplos torpes y relativamente mal construidos– al menos una parte no menor de las mujeres potencialmente violadas era ella misma la responsable de esa violación.

Esperando que alguna otra persona relativamente interesada en el feminismo, como yo mismo, se hiciera cargo de esta cuestión pasó una semana de invariable inercia en los comentarios. Frente a ese ambiente de silencio relativo y omisión es que me formulé la tarea de pensar la pregunta que a mi juicio nadie contestó: ¿Es la anterior imputación sobre los dichos de Pablo Lorenzini efectiva o cierta? A mi juicio no. Resulta simplemente una ilegítima lectura e interpretación, producto de una absolutamente legítima rabia e impotencia frente a la constatación de que el machismo aún no desaparece ni siquiera del espacio público.

Y es que en efecto, no puede negarse que Pablo Lorenzini fue machista en la forma de sus afirmaciones, pero de ahí a sostener que el contenido de lo dicho por el diputado sugería de modo explícito o implícito la responsabilidad y culpa de la mujer, es una sobreinterpretación y salto lógico que parece inexplicable.

La vía de entrada que puede resultar más obvia para algunos los detractores de Lorenzini  (y así imputarle al diputado y a su coalición su flagrante machismo), es la de cuestionar y criticar que la postura que éste sostiene acerca de la despenalización del aborto se limita tan sólo a aquellos casos en los que por cuestiones involuntarias el embarazo resulta inviable dado el daño que provocaría a la madre en caso de dar a luz. Así, eso sería machista y retrógrado pues no permite a la mujer la decisión soberana de elegir frente a las causas o efectos de una acción que se relacionen con ella misma. Sin lugar a dudas que podemos discutir, entonces, que el proyecto es limitado desde el punto de vista de los derechos de la mujer o desde los derechos liberales de propiedad sobre el cuerpo. Eso es efectivo, y sin concesión razonable alguna dentro de los próximos años la batalla deberemos concentrarla en ese horizonte. Sin embargo, esa imputación resulta a mi juicio estéril y miope en un contexto en donde las reglas y lineamientos de un proyecto de ley que se viene tramitando desde hace casi veinte años están lo suficientemente pulidas y aceptadas. Estéril porque cuando se discute desde un pesimismo radical no se comprende el avance que ha implicado, como paso estratégico,  estar ad portas de promulgación una ley en los términos actuales para seguir avanzando en los años venideros en una ley mucho más justa; es en definitiva querer echar todo el esfuerzo por la borda dado que la ley no es perfecta. Miope, fundamentalmente, porque se implica en esa crítica un desconocimiento histórico de lo que ha sido la historia de los intentos de despenalización en Chile, y sugiere que, por tanto, mucho no se entiende la política profesional frente a los embates de los estrechos marcos jurídico-institucionales que nos heredó la dictadura y que la Concertación y la Alianza reprodujo por décadas. Por tanto, acusar a Lorenzini como machista en términos que van más allá de estos contornos si bien puede resultar legítimo e incluso justo, resulta a lo menos un poco inadecuado y descontextualizado dentro de la discusión que nos importa en este momento, y donde todas las cartas están en juego.

A mi modo de ver, en este caso parece más sensato que la crítica se atenga al argumento que sostuvo el diputado Pablo Lorenzini, más que a enconarse meramente con el trasfondo ideológico y hegemónico que éste presupone. Ello, no debido a que eso sea irrelevante: los que sentimos cercanía con las luchas feminista debemos denunciar este tipo de cuestiones cuando son naturalizadas por nuestras sociedades. Sino que dado a que considero que discutir ese trasfondo cada vez que alguien enuncie un argumento empantana la discusión más relevante, que es la de la promulgación de la ley de aborto.

Por consiguiente, preguntémonos seriamente, ¿qué es lo que quería decir Pablo Lorenzini en esas lamentables declaraciones que evidenciaron la empozada resaca de nuestra sociedad de todo eso que freudianamente podríamos denominar ‘inconsciente patriarcal’? En primer lugar, y antes de todo análisis, lo que resulta sensato sostener es que las declaraciones del diputado deben enmarcarse en un contexto de enunciación si es que realmente queremos comprenderlas. Ese contexto concreto es una discusión pública para despenalizar el aborto. Lo que pretendía Lorenzini fue sostener que su coalición no votaría a favor del proyecto en las condiciones que se presentaba. Ello porque la definición del concepto de violación parecía ambiguo y dejaba espacio para la discrecionalidad de los equipos de salud, lo que podía permitir que mujeres de contrabando accedieran a un beneficio que no les correspondía, y al revés, que mujeres que sí les correspondía no pudieran acceder. Este argumento lo sostuvo ocupando ejemplos concretos por razones (mal construidos y de pésimo gusto, insisto), entre los que sostuvo que si una mujer voluntariamente caía en estado de ebriedad y luego terminaba en la cama con un hombre, deseo sexual mediante,  difícilmente desde la sensatez se le podría denominar violación, a pesar del arrepentimientos y dolor de cabeza de la mañana siguiente. El déficit del proyecto se encontraba en la cuestión de la acción voluntaria y/o involuntaria. Si nos damos cuenta, lo que afirmaba Lorenzini era un reparo, un contraargumento, a ciertos detalles del proyecto de ley. Si tal argumento es sólido o no, o si puede ser contraargumentado o es irrebatible me parece que fue lo que lamentablemente desapareció de los cuestionamientos al diputado, dado que se éstos se limitaron a cuestionar tan sólo la ideología y la moral que un político concreto manifestó en sus afirmaciones.

Ahora, alguien podría preguntarse con absoluta legitimidad: ¿el diputado efectivamente dijo lo que expresado aquí de un modo aparentemente más diáfano y claro que él? No, no lo dijo explícitamente así, y allí podrían apuntar los críticos a mi postura. Sin embargo, el asunto es que para comprender a alguien con justicia debemos necesariamente reconstruir no lo que de hecho dijo el hablante sino lo que quiso decir. Y en un contexto argumentativo como éste, debemos partir de un presupuesto metodológico-reconstructivo que asuma una interpretación plausible tal que el argumento reconstruido sea lo más fuerte posible. A este principio metodológico se le denomina en filosofía y en teoría de la argumentación como “principio de caridad”. Cuando hablamos de caridad, no estamos hablando del caritas cristiano frente a la dignidad de Lorenzini como ser humano. Eso resulta irrelevante contextualmente e ideológicamente muy democratacristiano para enunciarlo sin ruborizarse. La caridad se debe dar con la postura y argumentos que son enunciados, dado que ello es lo único que puede hacer que una discusión sea valiosa y seria y, por ello, pueda darse en términos razonables, relevantes y de calidad. Hacer lo contrario, y que a mi juicio fue lo que exactamente ocurrió en el impasse Lorenzini, es bajarle el nivel a la discusión y en suma escoger pugnar con –como le denomina la tradición de las falacias- un ‘espantapájaros’ absolutamente enjuto y delirante. Pienso que eso no se lo puede permitir ningún interlocutor razonable y menos aquellos sensibles o interesados en el feminismo.

Si bien forma y fondo, como habría dicho Paul Valéry, son cosustanciales para la evaluación poética, para la valoración política y argumentativa hay que aceptar a ambos niveles como distinguibles, aunque no escindibles. Distinguir los niveles nos permite ver en profundidad y en sus detalles las particularidades y las diferencias sustantivas de cada cual; escindirlas supone borronear uno, o al menos considerar que están divorciados absolutamente. Es así que hacer esta distinción, y evaluar cada nivel en paralelo, no debe ser entendido como una desactivación de lo político de la discusión. Al contrario: debe ser entendido como parte de una labor que tiene claro sus propósitos y objetivos; no sólo la de denunciar y desactivar el machismo, cuando muestra su tímida dentadura, sino que también continuar con una discusión razonada que igualmente tendrá efectos importantes, como que se apruebe la ley de aborto, en este caso. Que resulta un paso muy relevante para los derechos humanos y el feminismo. De allí que, a mi juicio, la mera denostación exacerbada a un político varón y machista puede hacer que se nos considere o se nos indique como afectivamente enceguecidos, insensatos o con flagrante mala fe, si no consideramos en paralelo el valor que puede tener el intercambio de argumentos para una discusión que parece trascendental para la modernización cultural de un país estancado moralmente en el siglo XIX. Dicho de otra forma: no considero que incendiar públicamente a Lorenzini, tal y como a un muñeco de paja en un ritual, como fin sea el camino correcto, sino que además de ponerlo en tela de juicio, contestarle a todo lo que de razonable pudiera tener su punto en aras de una discusión práctica.

Creo, con humildad, que la construcción de un feminismo serio debe tener clara esa distinción para intervenir con robustez en las discusiones y que deje silenciados a sus detractores. No digo ni insinúo que nuestro feminismo no sea serio, sino que el “impase Lorenzini” mostró un síntoma que como feministas debemos trabajar para contribuir con más fuerza y legitimidad en la arena pública.

*Centro de Estudios del Razonamiento y la Argumentación (CEAR), Universidad Diego Portales