A lo largo de la historia de la humanidad, la manera de ver a la discapacidad y a las personas que la portamos, han ido variando, pero lo que no ha cambiado es que jamás se nos ha reconocido un espacio en el que se nos respete como persona humana y parte de la sociedad. La humanidad, también aquí,  ha necesitado de fuertes golpes que la merezcan para modificar sus  paradigmas y, si bien, con el aumento de las personas que resultaron  mutiladas como consecuencia de las guerras mundiales, y ante la realidad de los muchos veteranos de Vietnam, ya los malvados en el cine no están representados con personajes como el jorobado de Notre Dame, la sociedad sigue sin reconocernos, en su seno,  un espacio de respeto como persona humana.

Felipe diaz britoDesperté con la noticia de que un joven hombre, portador de ceguera, simplemente en este marzo de 2015, en este muy tecnológicamente avanzado y globalizado siglo 21, ante el peso de un trato denigrante, se rindió. Se suicidó.

Felipe trabajaba en la calle tocando su armónica. ¿Sabía que en Chile somos más de dos millones de personas portadoras de alguna discapacidad? Mire en su entorno laboral. ¿Cuántos compañeros o compañeras de trabajo tiene usted o sus conocidos que sean portadores de una discapacidad?.

Es que un porcentaje escandalosamente mínimo, un uno por ciento de personas  con discapacidad hemos podido acceder a un trabajo formal, y un nueve por ciento a un trabajo informal. Y, dentro de ese limitado número de personas con discapacidad que hemos logrado acceder a un trabajo,  a muchos se nos hace sentir constantemente que por muchos logros que objetivamente alcancemos, nuestro valor es muy inferior  al de los demás, que se nos puede faltar al respeto y vulnerar nuestra dignidad, y más claramente todavía, , que  estorbamos. Estorbamos a la celeridad de los procesos de los demás, a la tranquilidad de los demás que están mejor sin vernos, ignorándonos como personas. Y, después, cuando la primavera trae al país una oleada de solidaridad, muchos se sorprenden reflexionando con ojos húmedos, acerca de cómo será la vida de una persona con discapacidad. Quizá sea porque esta ola de emociones y sentimientos, susurra al oído que la vida puede cambiar radicalmente, que nadie está libre y cualquiera puede en cualquier momento cruzar la calle y venir a parar a esta vereda.

¿Será muy quimérico esperar que se nos respete, que no se aprovechen de nuestra ceguera o discapacidad, para públicamente y sin discusiones,  proporcionar a este porcentaje de la población, un trato abiertamente denigrante, y por fin permanentemente y sin estar movidos por el temor de que un día puedan estar de este lado, sencillamente respetarnos como personas, respetar nuestros procesos, dentro de nuestros parámetros de celeridad, nuestras diferencias, respetar nuestra individualidad, entender que somos humanos, con derecho a ser como cualquier persona, que no necesitamos pedir permiso para sentir, ser, pensar, disentir, trabajar, vivir, para ser una persona y tener un espacio en la sociedad?.

En este marzo de 2015, Felipe se rindió. Es que pesa ser tratado como objeto…. ser un estorbo a la  celeridad de los procesos de los demás, blanco de las descalificaciones, ser ignorado como persona, y verificar perplejos que estas actitudes son asumidas con toda naturalidad como si estuviera aceptado sin cuestionamientos, como si los no discapacitados gozaran de un derecho especial y preponderante a arrinconar a los otros hasta hacerlos de nuevo invisibles. Con todo, siento que Felipe no se invisibilizó, se ha colado en la vida de muchas personas. Él y su historia de exclusión quizá logre remecer nuestra sociedad o a una parte de ella, y tal vez promueva un nuevo cambio.