galeanoConocí a Eduardo Galeano en el antiguo aeropuerto de Carrasco, en Montevideo, Uruguay.

Era noviembre de 2008 y yo esperaba el vuelo de la Miti y la tía María Rosa, que me iban a visitar por unos días. El avión estaba todavía en Santiago, y no me quedó otra que quedarme en el aeropuerto a esperar. Para pasar el rato, salí a fumar un cigarro al sector donde se bajan los pasajeros antes de entrar al recinto.

Sentados junto a la puerta, estaban los hombres que ayudan a llevar maletas a cambio de unas monedas. Bastó un breve intercambio de palabras para entrar en una entretenida y fugaz amistad. A los tipos les causó gracia que fuera estudiante de Comunicación en la Udelar, que fuera chilena y que viviera en el paisito.

Obviamente que, como todo en Uruguay, el flujo de pasajeros un martes por la tarde no era el de los grandes terminales aéreos del mundo. Entonces, tiempo libre había. La conversación fluyó junto a las horas, que pasaron amenas e imperceptibles. Entre historias y mates, me contaron de los personajes chilenos que conocían: Viviana Núnez y su marido, el dirigente y empresario del fútbol, Ricardo Abumohor; uno que otro futbolista y, por supuesto, el arriero de San Fernando que salvó a los uruguayos sobrevivientes de la llamada Tragedia de Los Andes, en 1972.

Mis amigos conocían a un montón de gente. De los urugayos de renombre, me dijeron hasta sus equipos de fútbol predilectos. Le habían llevado las maletas a cuanto personaje famoso del mundo uno se pudiera imaginar. Actores, cantantes, escritores, futbolistas, modelos. Uno de ellos, Rubén Darío, hizo varias veces hincapié en que su nombre se debía al escritor nicaragüense, y me preguntó mucho sobre literatura y poesía de Chile y Uruguay.

 

-Chee, vos que sos periodista, ¿conocés a Galeano?

 

Obvio que conocía a Galeano. Lo leí siempre. En el colegio, en la universidad, en la casa. Galeano era un referente del pensamiento Latinoamericano que moldeó nuestras ideas, nuestra visión de mundo, nuestras luchas y sueños. Galeano se leía, se citaba. De hecho, antes de viajar al Uruguay, conocí el paisito a través de las obras Benedetti y del mismo Galeano, además de viajar imaginariamente con las historias de mis primeros amigos uruguayos en Santiago; la Valeria González, la Sarah y el Bacho.

A pesar de lo que dice en su libro “Fútbol a sol y sombra”, donde se confiesa hincha del llamado bolso, cuadro rival de Peñarol, para mis amigos, Eduardo Galeano no era de ninguno de los dos planteles más grandes de la República Oriental. A su señora, también amiga de mis amigos de las maletas, le gustaba mucho el fútbol, e incluso seguía los partidos de Danubio, uno de los planteles medianos del país, y cada vez que viajaba, comentaba de actualidad deportiva con Rubén Darío. –Es una genia, decía él.

Así avanzó la tarde y el retrasado vuelo proveniente de Santiago de Chile, despegó. Sentados sobre los carritos que llevan las maletas, Carlos, uno de los chicos, entró a ver las pantallas. Al volver donde nosotros nos dijo:
-Bo, está Eduardo, traé a Daniela.

-¿En serio está Eduardo? ¡no me jodas!, exclamó Rubén Darío.

-¿Qué Eduardo?, pregunté yo.

-¡Eduardo Galeano, boluda! ¡Vení!

Y me llevaron. Yo, sintiéndome medio ridícula, medio afortunada, medio absurda y medio incrédula, terminé por ser todo eso cuando lo ví.

-¿Me esperás que haga una llamada?

-Sí (qué otra cosa le iba a decir?)

 

Ahí lo ví, hablando por teléfono en una cabina transparente. Con sudadera negra, bolso de mano y un diario doblado bajo el brazo.

Al salir del locutorio, se me acercó, y no sería exagerado de mi parte afirmar que fue galante, mucho más que simplemente cordial.

-Eduardo, ella es periodista de Chile, ¡colabora en Brecha!, le decían mis amigos, orgullosos de presentarme. Y yo muerta de vergüenza sin saber cómo explicarle que apenas era estudiante, y que todavía no mandaba mi primer artículo al Semanario, pero que moría de emoción saber que publicaría en el mismo medio que él y que gran parte de las letras del periodismo y la literatura de nuestro querido paisito.

Nos metimos en una cafetería del aeropuerto. Esos 30 metros que caminamos juntos me hicieron sentir afortunada, y fue muy difícil disimularlo. Igual que los siguientes 30 minutos que compartimos. Dos jugos de naranjas recién exprimidas para ese calor húmedo de Uruguay en pleno noviembre y un momento inolvidable.

Me contó, entre otras cosas, que una de las veces que vino a Chile en los 70, acompañó a Salvador Allende poquito después de asumir como Presidente, a una reunión semi clandestina con los militares en Con Cón, donde Allende les habría tratado de explicar que la inminente nacionalización del Cobre los beneficiaría también a ellos, y les habría hecho un llamado de autoridad ante posibles intenciones golpistas. Increíble.

Seguimos hablando y compartimos la visión respecto a la modorra mental de los chilenos, y la desmemoria que se apoderaba de la sociedad. -Los Jaguares del continente, bromeó. Me dijo no entender el socialismo chileno, ni a sus últimos presidentes, cuyos discursos parecían estar peleados con sus acciones. Comentamos también la política de represión al pueblo Mapuche y lo contradictoria que era la militarización en la zona, con la defensa de Derechos Humanos que hacía la entonces Presidenta Bachelet.

Fue hermoso. Como una cita con el más grande e inalcanzable de los galanes. Un caballero que irradiaba energía y juventud, humor y seriedad. No me dejó pagar la cuenta. “Las chilenas buenas mozas tienen prohibido pagar aquí”, dijo. Después de bromear con la garzona, se despidió. Tenía que viajar hasta La Plata, en Argentina, para inaugurar la Feria del Libro.

Mientras tanto, en Carrasco, el vuelo retrasado de mi familia tocaba tierras uruguayas. Y mis amigos de las maletas me abrazaron felices de haber sido autores de aquel fugaz encuentro.

Después de esa experiencia, el Mate supo más amargo, y los bizcochitos, infinitamente más dulces.