Los prisioneros políticos sobrevivientes de la dictadura han sido reducidos todos estos años de post dictadura, a un estado de no ser.

Acorralados en una bruma que los hace invisible, sin un rol específico en la actual configuración cultural, son tratados como una molestia que viene directamente de la memoria de la tiranía que de a poco comienza a desdibujarse de la historia.

País de cordilleras tan grandes como las paradojas que lo definen, Chile ha hecho lo posible por olvidar a ese contingente de personas que quedaron suspendidas en la historia, como si no hubieran existido sino hasta ahora, cuando vuelven a dar su lucha, una más, ahora por el mínimo derecho de ser reconocidos y merecidamente reparados en tanto constituyen un contingente histórico, sin cuya lucha y entrega la historia no sería la que hoy vivimos.

Modesta y simbólica, definió un ex presidente de vergonzosa memoria lo que en su opinión correspondía a modo de reparación para nuestras compañeras y compañeros.

Como si el aporte de los que purgaron largas condenas de la prisión más dura, luego del paso terrible por los sótanos de la tortura y el flagelo, hubiera sido también de naturaleza simbólica y modesta, y no concreta, heroica y terrible.

Cada uno de los ex prisioneros y prisioneras políticos eligieron, elegimos, la dura vida de enfrentarse con todo lo que se pudo para deshacerse del agravio permanente de una dictadura impuesta entre otros, por muchos de los que ahora gozan de los beneficios de esta democracia.

Se olvidan, incluso quienes por moral, por deber, por haber tenido entre los prisioneros a muchos de sus camaradas, por los principios que dicen sostener, que lo que hoy se vive en términos de avances democráticos no habría sido posible sin los que lucharon y que debieron pagar con tortura y cárcel su audacia, decisión y patriotismo.

Se olvidan, incluso quienes por moral, por deber, por haber tenido entre los prisioneros a muchos de sus camaradas, por los principios que dicen sostener, que lo que hoy se vive en términos de avances democráticos no habría sido posible sin los que lucharon y que debieron pagar con tortura y cárcel su audacia, decisión y patriotismo.

Chile tiene un deber moral con sus prisioneros políticos que hoy viven no solo en el olvido y el desprecio, sino bajo las condiciones que el neoliberalismo aguarda para quienes por edad o por salud pasan por dificultades serias para su sobrevivencia.

En el desfile de egolatrías y fortunas, para ellos no hay nada. Salvo, la sensación cotidiana de estar pagando por la audacia de haber luchado.

Ni una de esas heroicas mujeres y hombres que sufrieron la dura condición de la prisión política, hizo lo que hizo con algún cálculo o interés. Cada cual entregó parte importante de sus vidas para deshacerse del oprobio de la tiranía cuya componente civil se pasea hoy como Pedro por su casa, disfrutando de una impunidad que avergüenza y genera comprensible bronca.

La huelga de hambre es un extremo recurso de lucha que muchas veces fue usado desde las celdas de todo el país, y que generaba una respuesta represiva violenta y muchas veces criminal. Hoy se revive de nuevo la HH como arma y como el recordatorio de que por ahí aún anda el enemigo, aunque vestido de ropajes democráticos.

Hoy resulta impostergable que el gobierno atienda las peticiones de los ex prisioneros y ex prisioneras las que se reducen a cuestiones estrictamente de plena y mínima justicia: mejoras en sus pensiones reparatorias, cuyos montos resultan una vergüenza, y un mayor protagonismo del Gobierno en los casos que requieren verdad y justicia si se tiene en cuenta que numerosos torturadores no solo gozan de millonarias pensiones otorgadas con recursos estatales, sino porque, peor aún, se pasean con la más aberrante de las impunidades.

Chile tiene una deuda moral con sus ex presas y presos políticos. No solo tomando en cuenta la reparación necesaria para quienes abandonaros proyectos personales, arriesgaron sus propias vidas y afectaron la estabilidad y seguridad de sus familias, sino por el resultado evidente de su combate: sin la pelea cotidiana de miles de patriotas antifascistas, la dictadura no habría retrocedido tal como lo hizo.

Y cada una de esas mujeres y hombres no merece el trato que reciben de las autoridades, no merecen el desprecio del que son objetos por quienes gozan de posiciones , fortunas y poderes, precisamente por el sacrificio desconocido de miles de compatriotas que merecen infinitamente más de lo que piden, que no es otra cosa que justicia.