Fernando-Balcells-recuadroEntre las paradojas del cambio de gobierno, los operadores políticos profesionales desplazan a los ‘aficionados entusiastas’. La crisis política no se ve como un exceso de operaciones fácticas o como un extremo de la a-legalidad del funcionamiento de las instituciones sino como un problema de falta de destreza en el manejo discreto del poder y las platas.

Lo que viene es menos transparencia y más secreto; una recuperación de la política como actividad íntima de los elegidos y los designados.

Hay dos maneras de concebir la democracia y la política. Como un asunto de entrega de soberanía y ‘representación’ de la ciudadanía por la elite o, como un asunto propio, irrenunciable y permanente de la ciudadanía, en todas sus dimensiones (elector, consumidor, vecino y productor cultural).

Mientras no abordemos la segunda posibilidad, tenemos que poner atención al hecho de que la debilidad de la política es la debilidad de la democracia. Más exactamente, estamos en un punto en que algunos sienten que pueden aspirar a un retorno del autoritarismo. Uno se pregunta si los nostálgicos del autoritarismo no esconden una sed de violencia revanchista que no percibiremos hasta que otra vez sea demasiado tarde. No estaría de más empezar a distinguir entre la crítica democrática y la demolición autoritaria de la política.

Necesitamos verdad y ciudadanía; la una depende de la otra.

Necesitamos legitimidad activa de la ciudadanía para actuar legalmente contra la corrupción, capacidad de revocación ciudadana de los mandatos deshonestos, participación vinculante en el Estado, regionalización efectiva; no de maquillaje o duplicando las autoridades para evitar a la gente.

Estamos obligados a exigir la verdad. Aunque no sea fácil distinguirla. La promesa de verdad es el axioma que hace posible la vida en sociedad. Cuando hablo, prometo la verdad –y por eso se exige anunciar la ficción cuando se presenta y, que la publicidad no se confunda con la información-.

La verdad es múltiple y es solo el primer piso de la convivencia social, pero es el cimiento indispensable. Un deber de veracidad, es también, un deber de apertura al riesgo del error y al deber de verificación. No basta decir una verdad; ella debe poder ser verificada y pesada por el público para transformarse en una verdad suficiente. No basta con cohabitar o hacer cosas juntos como andar en metro, para formar una comunidad. La comunidad comparte una memoria y una puesta en común de la verdad. Las comunidades comparten una promesa de justicia y un secreto.

Se debe decir todo lo que compete a la comunidad en la plaza pública y no hay lugar para una retirada fuera de lo político; el hombre y la mujer son ciudadanos de arriba abajo, en todas las horas del día.

La mentira supone discernimiento y por eso es escasa.

Nuestros políticos se han habituado a ser deshonestos pero apegados a la ley. Esta indulgencia es la marca de incompetencia de la política chilena. Este reposo nuestro en la razón jurídica y en la desvalorización de la honestidad no solo nos transforma en un país antipático sino que tiene los efectos perturbadores en la política interna que a los que estamos asistiendo.

A pesar de los alegatos sobre la honra de las personas, los políticos hacen descansar su honor enteramente en la inimputabilidad legal. La deshonra no viene tanto de haberse financiado de maneras desautorizadas por la ley sino de la insistencia en negarlo. Lo importante no son los actos sino la manera en que pasan a formar parte de la convivencia pública. Lo importante no es la falta sino la falta de verdad. Todos sabemos que un porcentaje abrumador de la política chilena ha sido financiada por empresas orientadas por expectativas de dudosa legitimidad. Una cosa es probarlo legalmente y otra es tomar acta política de esa realidad.

Es probable que mucho de esto sea indemostrable. Por eso necesitamos la sinceridad de los políticos involucrados o de los que tuvieron la buena fortuna de financiarse de otra manera. La justicia funciona por azar, por rupturas en las lealtades y las complicidades y por revelaciones imprevistas. –el vestido de Lewinski, garganta profunda en Watergate, el martillero arrepentido en el caso Penta, el mayor Herrera en el asesinato Tucapel Jimenez-. Por eso la justicia es escandalosa y necesaria. Porque hace la comunidad que las complicidades elitistas destruyen.