Rodrigo AvilesLa semana pasada supimos todos que habían asesinado a Diego y Ezequiel en una marcha. Pocas horas después se publicaba que a otro muchacho le embargarían la casa por las deudas contraídas para estudiar. Hoy nos golpean las noticias de Rodrigo Avilés, de su resistencia en el hospital, y recordamos las imágenes de un embrutecido policía que lanzó al asfalto a Paulina, una muchacha que participaba de la protesta.

Deberemos cuidarnos de dirigir bien nuestra indignación. Pensar en lo que constituye una voluntad como la que ayer apretó dos veces el gatillo o dirigió la fuerza policial contra el cuerpo indefenso de los muchachos. Salir de la estéril individualización judicial de los “culpables” y confrontar sin distractores los procesos históricos en los que se forma un sujeto que asesina y una convicción que ampara la muerte como mecanismo del orden social.

Nuestro dolor inmenso, nuestra justificada rabia debieran permitirnos salir, al menos por un rato, de la mecánica victimario-víctima con la que se han explicado también las miles de muertes de la represión dictatorial, para intentar al menos observar, como sociedad, los complicados sustentos de nuestra vida común.

Se trata de los valores y los sentidos que por décadas ha metido el neoliberalismo en el cuerpo de los chilenos. El adoctrinamiento en el valor supremo del éxito individual, la estabilidad democrática como valor de utilidad económica, la absoluta importancia de la propiedad, la superioridad social de los que más tienen, el desprecio que un día decide asesinar a otros a nombre de esos valores. Se llama capitalismo, se llama neoliberalismo como régimen que extrema la miseria humana.

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La semana pasada lloró mi hija. Habían conversado en su curso de segundo básico sobre la muerte de Diego y Ezequiel y llegó a la casa contando. Desde una persistente identidad social cargada de sentido, cada vez que se refirió a ellos los llamo “estudiantes”. No podía comprender por qué alguien quisiera matarlos solo por estar pintando, mientras se preguntaba si también eran artistas. Claro que lo eran, pensé en silencio. Y como parece ocurrir con la mente de los niños, todo pareció pasar rápidamente.

Me vino entonces a la memoria la imagen infame de Saturno, tantas veces convocada en la historia reciente de nuestro país. El fondo ominoso que rodea a la bestia enorme con la mirada perdida en un lugar sin sentido, que toma entre sus manos ensangrentadas el pequeño cuerpo de sus hijos y los devora con un gesto idiota. ¿Qué pasa con una sociedad que asesina a sus jóvenes? ¿Cuál es la contextura ética de una comunidad que no logra superar el maltrato a los viejos luchadores que ayer fueron prisioneros políticos de la dictadura, que condena a las mujeres por llevar en su cuerpo embarazos que no desean, que se abalanza iracunda sobre los homosexuales, qué miserias envuelven a una sociedad que cría muchachos para ponerlos luego ante la muerte?

Son preguntas urgentes, ineludibles, y aunque conocemos su importancia, sabemos la incapacidad de las elites para responderlas. Ellos continuarán en el cálculo de sus estrategias comunicacionales, su obligación primera será evitar la sobre reacción, emitir señales de calma a salvo de la rabia que a nosotros nos recorre.

No lo queremos. Queremos liderazgos dotados de sensibilidad y sentido, capaces de experimentar junto a nosotros la rabia y la pena. Queremos dirigentes que cuiden a su gente, que los quieran con amor sincero, capaces de arriesgarse para frenar los impulsos de una policía que ha se metido demasiado dentro el rol de los verdugos. Pero nos hemos acostumbrado a pensar que los gobernantes deben estar dotados de frías herramientas de planificación, dirigir equipos de trabajo capacitados para calcular a qué porcentaje de la población alcanzará el monto disponible de felicidad que permite su mezquina economía de la escasez, a nombre de la cual, además, nos seguirán imponiendo la miserable idea de democracia con que aspiran derrocar la nuestra. No. Ahora hay que recordar que la democracia que queremos podrá requerir procedimientos y actos electorales, pero debe ser sobre todo un régimen de la vida, de la vida bien vivida, de la cuidada vida de todos. Debemos seguir aferrándonos a que la democracia sea un lugar donde el Estado no asesina a jóvenes, bajo ninguna circunstancia, nunca.

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Un rato después supimos que nada había abandonado la mente de nuestra pequeña hija. De pronto abrazó a su mamá y rompió a llorar. Que le daba pena que hubieran muerto los dos chicos, decía, y que le daba mucho miedo también, miedo no saber cómo cuidarse de algo así.

Así que si quieren hablar de reformas hablemos de esto. Si quieren hablar de educación, olvídense por un rato de sus obsesiones financieras y pregúntense por los jóvenes de este país. Por todas y todos, por los que luchan en las calles, por los que regalan generosos trayectos de sus vidas a las organizaciones sociales y las militancias políticas, por los que estudian y por los que trabajan, y por cierto también por esos que bajo un desprecio transversal son discriminados por “flaites”, o son segregados por sus preferencias sexuales. Por todos, porque no queremos más imbéciles capaces de asesinar por el puro instinto de superioridad que les otorga el éxito fútil del dinero, no queremos un país de “emprendedores” obsesionados con la rentabilidad de sus negocios individuales, no queremos esos elegantes hombrecillos abalanzados sobre sus pretensiones de una vida cómoda, capaces de atropellar a un hombre y dejarlo botado a la orilla del camino, moribundo; como tampoco queremos crías de elite excitados tras la vida fácil y los autos de lujo, voraces hasta la inmoralidad. Todos los muchachos que han muerto pertenecían a otra ética. Aunque cortas, las suyas fueron vidas de resistencia al frío mandato egoísta del capital.

Pensando en ellos, en todos ellos, podemos recordar las palabras sencillas de Allende aquel hermoso día de la victoria en 1970, llenas de ternura: “esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria.”