chile-decida-educacionEs imposible pensar la crisis de la educación de manera aislada a las transformaciones que han acontecido a la sociedad en la que vivimos. Tanto la educación como la sociedad se desarrollan de modo tan solapado, que explicar cuál acontece como causa de la una y consecuencia de la otra, nos llevaría a seguir reelaborando una discusión demasiado amplia.

Limitémonos a la siguiente idea: hoy vivimos en una sociedad que apuesta al consumo como gran objetivo. Al ponerse el consumo en el centro de la cotidianidad, ya no hablamos de una sociedad disciplinaria como la pensó Foucault, con sus cárceles, hospitales y psiquiátricos que producían un “sujeto de obediencia”, sino que hablamos de una sociedad del rendimiento¹, donde las delimitaciones de lo normal y lo anormal dan paso a una inclusión simulada al mundo de la oferta y la demanda. En esta nueva sociedad, aparece un “sujeto del rendimiento”, que ya no se ve coartado por la prohibición y el deber, sino que aparece ante él la posibilidad, “el poder ser” y el “poder hacer” dentro de un mundo de movilidad y positividad.

En esta sociedad del rendimiento, la competencia es desenfrenada, bajo la lógica de que el consumo presenta una oferta restringida para una demanda ilimitada. Y en este sentido, la competencia supone que el sujeto ya no es explotado por otro, sino que se auto-explota. Este sujeto del rendimiento, auto-explotado, ya no se desenvuelve en la vieja institución que lo disciplinaba, diciéndole qué podía hacer y qué no podía hacer, qué era correcto y qué no; ahora este sujeto deambula por grandes centros comerciales, se tonifica en gimnasios o sale a trotar religiosamente a las seis de la mañana, confía su solvencia económica a un banco, y ve el éxito mirando hacia arriba, a los grandes edificios residenciales donde aspira, ojalá algún día, comprarse un bonito departamento pagado con los ingresos que le permiten su profesión, esa que tanto le costó obtener. Todo es positividad pura, todo es “posibilidad de hacer”, porque para consumir, debes hacer, y para hacer, debes consumir. Es este mandato, el que nos muestra que el sujeto del rendimiento sigue disciplinado, porque la sociedad del rendimiento no se instala como reemplazo a la sociedad del disciplinamiento, sino como una continuidad complementaria.

reforma-educacional-1-620x330La educación de hoy en día tiene mucho de rendimiento, de producción de un “sujeto del rendimiento”, que se auto-explota a sí mismo a través de las posibilidades que se la abren o cierran a lo largo de su proceso de escolarización, en la obtención de calificaciones que se le van acumulando en su hoja de vida, casi como un prontuario, lo que refuerza una relación con la educación en torno al éxito o al fracaso escolar.

Al estudiante no sólo se le posibilita a hacer, sino que se le motiva a hacer cuando no hace, pero esta positividad del hacer, esta liquidez de la actividad, está cimentada en una condición teleológica de la educación, es decir, la consecución de logros, de objetivos de aprendizaje. Ya no es el “vamos, tú puedes hacerlo”, donde el hacer adquiere un valor en sí mismo, independiente del resultado; sino es “vamos, tú puedes lograrlo”, dando así una totalidad cerrada al camino de la educación, la consecución de objetivos, la obtención de una nota ponderada, un puntaje PSU y, ojalá, el ingreso a estudios superiores. Porque ahí radica el éxito escolar en la educación de hoy en día: en el logro, no en el hacer; en el aprendizaje, no en el aprender; en la obtención de conocimiento, y no en permanecer en la curiosidad; en definitiva, finalizar el camino, pero no caminarlo.

“Una educación que piensa el éxito escolar como posibilidad de desenvolvimiento en la sociedad de consumo, donde la obtención de buenas calificaciones se traducirá en un capital cultural e institucional que permite el acceso a una mejor remuneración, a un lugar determinado de la configuración social, y con ello, a un lugar aventajado al consumo de la oferta limitada”.

Es en esta educación teleológica, de consecución de objetivos, donde se desarrolla el estudiante del rendimiento y su auto-explotación. Una educación que piensa el éxito escolar como posibilidad de desenvolvimiento en la sociedad de consumo, donde la obtención de buenas calificaciones se traducirá en un capital cultural e institucional que permite el acceso a una mejor remuneración, a un lugar determinado de la configuración social, y con ello, a un lugar aventajado al consumo de la oferta limitada. De esta manera, el estudiante del rendimiento se ve inmerso en una competencia al interior de la escuela: el éxito, la consecución de logros académicos, no es para todos, tal como en la sociedad del consumo, la oferta no es universalmente accesible.

En este sentido, la educación ya no apunta exclusivamente al disciplinamiento del estudiante, a volverlo un “ser civilizado” y adecuado a las normas sociales; sino que apunta a su libre desarrollo, o más específicamente, a una libertad obligada de maximizar su rendimiento, para que, una vez terminada su escolarización e inserto en la sociedad que lo obliga a consumir, lo haga de manera obligadamente libre. Aquí es donde se produce su auto-explotación: el estudiante ya no es explotado por otros (por sus padres o sus profesores que le exigen), si no que se somete a una guerra contra sí mismo, ya que esta explotación va acompañada de un sentimiento de libertad. Es el “yo puedo lograrlo”, piedra angular para la conformación de una sociedad individualizada y, en su prescindencia del otro, tremendamente competitiva, pues el otro se vivencia como una amenaza a esa libertad.

Esta es nuestra educación, que transita a la par con la sociedad del rendimiento, nutriéndose ambas, de forma complementaria. Una educación donde prima el “totalitarismo del resultado”, la fantasía del éxito, y donde prolifera el sentimiento de una libertad paradójica, en la que el estudiante es movilizado hacia la consecución de logros académicos en base a su capacidad de agencia individual, con la finalidad última de que se alce como un sujeto capaz de rendir, y en consecuencia, obtener el confort que le propone el objeto de consumo.

Una educación que se enmarca en la era del capitalismo post-industrial que privilegia la ley de mercado y que exige rendimiento, producción eficiente, consumo y oferta de productos anestésicos de la angustia que deviene del sentimiento de auto-explotación, obturando así la falta generadora del deseo por aprender. Una educación cegada en los objetivos de aprendizaje y no en los procesos, donde el exceso de estudio y trabajo al interior de la escuela se agudiza ante la ansiedad que representa una evaluación y el eventual fracaso; sobrecarga que a la vez imposibilita sumergirse en la contemplación, en caminar el camino y en la posibilidad de detenerse y pensar, imaginar, crear.

En definitiva, la educación del rendimiento está produciendo un tipo de subjetividad particular: sujetos del rendimiento que operan como verdaderas máquinas de rendimiento autista, donde quien egresa de la escuela aparece en el ulterior mundo laboral ya cansado. Donde el aislamiento del yo producto del esfuerzo en pos del éxito escolar, conforma una sociedad dividida, en la que el cansancio se vive como violencia, porque destruye toda comunidad, toda cercanía. Estamos construyendo, paulatinamente, una sociedad del dopaje.

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¹ Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Herder Editorial, 2012