El lunes 22 de junio internet trajo la noticia de que ha muerto, sola, pobre y olvidada, la actriz italiana Laura Antonelli. Hay, en el caso del fallecimiento de los artistas, un sobre-entendido que establece la lamentación general y la pena global ante su partida pero en este punto hay algo que conviene aclarar. ¿Por qué ante la muerte de un artista que ha sido referente se debería reaccionar con pena o con tristeza, máxime cuando tal o cual creador ya se encontraba en plena senilidad y alejado de su producción estética?

De lo que se trata, cuando está presente lo afectivo, es sentir viva dentro de uno esa energía activada a partir de la obra de esos artistas.

Como me sucedió hace poco con la muerte de Ornette Coleman, tal vez el único músico free que realmente me ha conmocionado con su obra como ningún otro de ese campo.

 

Laura Antonelli fue mi mayor fantasía erótica cinematográfica en plena pubertad con su performance en “Malicia”. Me atrevo a asegurar que no hay hombre de mi generación, los nacidos a principios de los sesenta, que no haya iniciado el ejercicio de la masturbación sin tener a Laura en su mente después de haber visto esa película.

Gracias a su figura, percibida clandestinamente en el rotativo de mi barrio, el cine Egaña durante un nebuloso sábado de 1975, pude salvar dentro de mi persona un sentimiento de belleza espiritual frente al sexo en un momento en que el mundo se caía a pedazos. No hay que ser un erudito para entender que en ese año entrábamos a la mala en el cine donde la censura nos dejaba afuera por la edad, gracias a la generosidad del Frankenstein, el acomodador del cine al que llamábamos así por su cabeza afectada por la acromegalia, y donde los desnudos de Laura eran saludados con aullidos por la platea repleta de todos los chicos del barrio en esos sábados de cine por la tarde, durante una pubertad sacudida por la mojigatería de la dictadura, la televisión y del colegio, el toque de queda y muchos otros males más.

Sólo por eso, debería-deberíamos- amar su recuerdo y su figura despampanante de actriz italiana, ya que ella nos despertó y nos inició al salvajismo sagrado del sexo, tan intenso y duradero, que fue a través de ella que supe de la misteriosa dignidad y del humano encanto que tienen las mujeres para nosotros los varones heterosexuales, con esa magia natural que a partir de allí nos abriría puertas y no las cerraría.

Fue junto a Laura que amé en mi soledad de adolescente a todas las mujeres inscritas que había y hubo en mi futuro y que  espero, siga habiendo. Siempre con el deseo de la pasión pero con la inteligencia y el juego que sólo los años traen consigo. Laura Antonelli fue un referente erótico para mi generación en una época donde las diosas del sexo no usaban silicona ni efectos digitales y que además por su talento terminaban filmando con genios como Visconti o Scola.

Es esa emoción que los artistas provocan lo que vence a la muerte y que debería importar más allá de las tristezas o frases coyunturales para la galería cada vez que alguien de ellos se va.

La Laura que hoy falleció no era ciertamente la actriz que nos inició en la voluptuosidad de la adolescencia en los 70 pero su talentosa sensualidad tan luminosa como animal ya no nos abandonará. Es en nombre de ese big bang corporal que aún hoy me sigue originando universos que beso su recuerdo y le rindo mi emocionado, y ardiente, tributo.