Si es posible establecer alguna correspondencia entre cuerpo e imagen, esa correspondencia estaría en la letra. Una correspondencia paradójica a decir verdad. Puestas en el ejercicio de establecer el juego de intercambios que implica el co-responder, podríamos preguntarnos, a pesar de la extrañeza, por la antelación, la anterioridad, del cuerpo frente a su espectro impreso. En tal caso, y si así fuese, la letra siempre llegaría tarde para dar nombres a contornos, formas y figuras. Entonces, siempre hubo cuerpo, este cuerpo. Pero, tal vez, cabría sospechar de tal antelación y preguntarnos: ¿este cuerpo que nombro como mío es  anterior a los efectos que la letra inscribe sobre él? ¿Cuánto de su materialidad se mantiene visible, inalterable, en la sustracción de su reflejo narrado? Preguntas que no tienen más importancia que la de llamar nuestra atención sobre el “después en el antes”. La letra antes que el cuerpo. Código curioso que anudando la ley del alfabeto y del diccionario no sólo delimita sino que constituye letra por letra un cuerpo. No podemos dejar de advertir que establece, a su vez, un orden de dominio. No hay cuerpo sin letra: solo en la recitación diagramática de nombres y figuras se retienen contornos, se asignan roles, se contienen flujos y se aquietan tránsitos. “La escritura es una máquina de visibilidades e inteligibilidades: una máquina de luz y, por lo tanto, de sombras” indica valeria flores en Desmontar la lengua del mandato criar la lengua del desacato” un diálogo a tres voces con Jorge Díaz y Tomás Henríquez[1].

La letra, así descrita, más que secundaria o parasitaria del cuerpo se constituiría precisamente en esa tardanza, y por qué no decirlo en esa pasividad, en el aparato capaz de fijar contornos, formas y figuras pero, a su vez, de su alteración. La letra como palabra muda, al decir de Rancière, que sin dirección pre-establecida  y con con sigilo comienza a rodar visibilizando e invisibilizando lugares, ocupaciones y cuerpos. Letra errante cuya circulación avanzará “sin destinatario específico, sin un maestro que la acompañe, bajo la forma de esos fascículos impresos que andan por todos lados, en esos gabinetes de lectura con escaparates a la intemperie, y ofrecen sus situaciones, personajes y expresiones a entera disposición de quien quiera tomarlos”[2].

Como este fanzine que en su circulación no busca lectores sino más bien interrumpir la performatividad normativa del cuerpo desde ficciones feministas y cuir, trans y de la disidencia sexual[3]. La letra, sin duda como orden, como mandato, pero también como desorden, como desacato. En esta dirección en que la letra se vuelve lugar de interrupción, Valeria Flores indica que “el estilo no es una cuestión de mera “forma”, supone un modelaje inédito de las palabras que afecta el modo y lo que se dice. Así el estilo es ese hálito que hace un surco en el lenguaje, campo político por excelencia donde se arma el pacto patriarcal heteronormativo racial y colonial, territorio de las imprevistas y febriles alquimias de la subversión”[4]. La letra, así, como un señuelo de cuerpo que en su retardo y artificialidad fija su materialidad pero, también, es vehículo para su metamorfosis.    

Si la letra es la metáfora y transporte necesario de una política de la alteración del reparto de lo sensible, entendido este último como la distribución y la re-distribución de los lugares, las identidades, de la palabra y el ruido, de lo visible y lo invisible; la literatura (entendida en un sentido amplio) es el régimen estético de la alteración toda vez que hallará su mejor descripción en la “indeterminación” y la “disrupción”: señas ambas que se desdoblan de modo decisivo como cuestionamiento y destrucción de la legitimidad de la circulación de la palabra, de la relación entre sus efectos y de las posiciones de los cuerpos en el espacio común[5]. La letra como una particular política de la literatura, esto es, la letra como performatividad que inscribe una política que, en palabras de Valeria Flores devuelve al cuerpo un “escenario escritural de la disidencia y de la escritura una práctica somática, es una táctica guerrera, el ejercicio de una sensibilidad dispuesta a exponerse al/el/un límite, una disposición agonística activada por una erótica de la traición que interpela las narrativas de identidad (sexuales, genéricas, disciplinarias) demasiado segura de sí mismas”[6].

La performance de la letra como un modo de alteración de los modos de inteligibilidad inscritos bajo las señas del sentido y la comprensión. Es precisamente esta cualidad de desdoblamiento lo que convierte a la literatura, en tanto aparato de escritura, en el dispositivo democrático por excelencia instaurando un régimen del arte de escribir donde no importa quién es el escritor y no importa quién es el lector. La literatura, entonces, como el dominio de la escritura, lugar de la palabra que circula por fuera de toda determinada relación de discurso[7]. Prescindiendo de la obvia referencia de la letra/literatura como lugar de subversión, lo relevante de esta política de la literatura es un indisoluble y contradictorio entrelazamiento entre unidad y separación, entre actividad y pasividad y entre continuación e interrupción. Anudamientos del mandato y del desacato que para Valeria Flores se expresan en un exceso, en una apertura en y por la lengua que como bien se expresa en un demasiado: “demasiado intelectual para el activismo, demasiado activista para la academia, demasiado feminista para la poesía, demasiado radical para la pedagogía, demasiado política para ser maestra”[8].

Demasiado, voz del exceso que no solo busca poner en relación a un cuerpo con una norma, sino que a la vez hacer visible la ausencia de toda relación entre ese cuerpo y esas normas. Excesos que revelan un índice de normalización pero sin duda, también, la alteración y la interrupción. He ahí la política de la letra, la política del cuerpo.

 

[1]Ibíd.,  p. 13.

[2] Jacques Rancière, Politique de la littérature, Paris, Galilée, 2007, p. 21.

[3] Desmontar la lengua del mandato. Criar la lengua del desacato, op. cit., p. 13

[4] Ibíd., p. 13

[5] Jacques Ranciére, Le partage du sensible, Paris, 2000.

[6] Desmontar la lengua del mandato. Criar la lengua del desacato, op. cit., p. 15.

[7]Jacques Ranciére, Le partage du sensible, op. cit., p. 21-28.

[8] Desmontar la lengua del mandato. Criar la lengua del desacato, op. cit., p. 18