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El domingo 5 de julio se realizó en Grecia un importante referéndum de una sola pregunta: ¿Tenemos que aceptar el proyecto de acuerdo que fue presentado por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional en el Eurogrupo del 25/06/2015, que se compone de dos partes y que constituyen su única propuesta?

La historia del monumental NO griego ya es bastante conocida. Añadamos, solamente, que la apuesta del gobierno griego rindió frutos importantes: además de obtener un respaldo popular enormemente mayor al porcentaje con que había ganado las elecciones, el referéndum constituye un ejercicio de fortalecimiento de la democracia que funda un lugar de enfrentamiento a la lógica neoliberal.

Allí donde se quería imponer el silencio inmovilizante del poder económico, el pueblo griego, como lo hiciera antes el chileno, pronunció un inequívoco No por toda defensa de su voluntad de habla.

Pero vistas las cosas desde nuestro contexto, y más allá de las importantes consecuencias de la coyuntura para el Euro y la Unión Europea, la batalla que se libra en Europa tiene connotaciones igualmente relevantes en el campo de la producción estratégica: hace algunas décadas otro griego, el sociólogo Nikos Poulantzas, analizaba las derrotas de la Revolución de los Claveles de Portugal y el proceso chileno de la Unidad Popular, intentando hacerse cargo de las complejidades que registraban aquellos intentos de transformación social en los 70. Cuarenta años después, pese a la diferencia de contextos y correlaciones, el problema parece ser el mismo: la difícil construcción de condiciones de viabilidad para los procesos de transformación social impulsados por gobiernos de izquierda.

CONTROL SOBRE LA ECONOMÍA

Hace algunas semanas Pablo Iglesias publicó en España una columna con un título gigantesco: “¿Qué es el cambio? Una vez inaugurada la era neoliberal como una en la que asistiríamos nada menos que al “fin de la historia”, la pregunta de Iglesias dibuja una de las interrogantes mayores de nuestro tiempo. Bien pensada, no se relaciona tanto con la emisión de un listado de deseos (que la vieja izquierda suele confundir con la idea de “programa”), como con una cuestión de estrategia, esto es, con la producción de una política que haga posible un proceso efectivo de cambios.

Se trata de un requisito que nadie que quiera poner en práctica un proceso de superación del neoliberalismo puede ignorar, a menos, claro, que opte por alguno de los desvíos que hoy pueden hallarse en la izquierda chilena: dirigir sus energías a la estabilización de un gobierno que, más allá de su discurso reformista no tiene un verdadero sentido transformador; o ignorar la necesidad de los procesos de transformación del Estado en pos de un movimientismo ensimismado, cuyo contrasentido está en que mientras reduce sus acciones a la crítica de prácticamente cualquier cosa que haga el gobierno, no alcanza a construir una voluntad efectiva de acción en el campo de la política.

Un par de semanas después de la columna de Iglesias, Íñigo Errejón defendía en una entrevista la falacia del debate “reforma o ruptura” en  constituir una estrategia política. “Todo proceso de transformación”, decía, “es una combinación de las dos cosas. ¿De qué depende de que haya más peso del factor ruptura o del factor reforma? De la fuerza de cada uno que empujan las cosas”.

En el caso griego, en particular, se ha puesto en cuestión una de las formas específicas de la correlación que menciona Errejón. Se trata de la capacidad de una fuerza de cambio para ejercer control sobre la economía desde el Estado, condición absolutamente fundamental para llevar adelante cualquier agenda de transformación. El propio García Linera lo comentaba en el encuentro que sosteníamos con él el pasado 2 de julio, mostrando los modos en que el gobierno boliviano había tomado control sobre los recursos naturales a través de procedimientos judiciales y tributarios que tenían como punto fundamental de apoyo una amplia capacidad de movilización popular.

En Chile tenemos a la mano una experiencia controversial: la Renovación socialista. Si bien el término llegó a significar, con toda razón, rendición al poder del adversario (muchos “renovados” terminarían convirtiéndose en los más auténticos militantes de la “vía democrática al neoliberalismo”), el presente nos conduce de nuevo a ese punto en que la izquierda fue impactada por la complejidad de los procesos políticos contemporáneos, requiriendo esta vez un impulso verdaderamente democrático, que se haga cargo, como no lo ha hecho este gobierno, de las complejidades de un auténtico proceso de transformaciones con la gente organizada y con un Estado efectivamente democrático, que supere aquel “realismo” conformista que terminó por naturalizar los pobres marcos de lo existente.

La encrucijada actual de Grecia –y España mira hacia allá, preocupada– muestra que si la cuestión electoral constituye uno de los factores importantes de esa estrategia, la edificación de un proyecto de transformación del Estado, con capacidad efectiva de movilización social, con control sobre la economía, y con un verdadero sentido democrático, son fundamentales.

La pregunta entonces, en este contexto marcado por una de las mayores aperturas económicas del mundo, tiene que ver con la posibilidad de levantar un proyecto político que esté dispuesto a pasar por lo que está pasando hoy Syriza, que esté dispuesto a mirar de frente las dificultades de nuestro tiempo y construir nuevos cursos de pensamiento y acción política para su apropiación.

UNA NUEVA IMAGINACIÓN POLÍTICA

Si quienes han de asumir la tarea de edificar una nueva concepción de la transformación no quieren reincidir en la chatura de un presente extendido por más de dos décadas, si hay aún una posibilidad de cambio a partir de las próximas elecciones, si hay una efectiva renovación de las alternativas y los liderazgos, será porque se ha desencadenado una fuerza decidida a cerrar el ciclo neoliberal más longevo del mundo desde una propuesta de transformación del Estado y la economía.

Si la salida de la crisis actual no conduce a la reinstalación del “partido del orden”, debería abrir paso entonces a nuevas fuerzas políticas con nuevas concepciones de la transformación social. Esa es la verdadera contradicción del presente, y será esa confrontación, que no asume aún una forma visible, la que defina el carácter de unas reformas que están apenas empezando.

Dicho en términos de Poulantzas, se requiere pasar de la idea simple de “hacer pedazos el Estado” a hablar de hacerlo “en la medida en que estamos todos más o menos convencidos de que un socialismo democrático debe mantener las libertades formales y las libertades políticas, transformadas ciertamente, pero en todo caso mantenidas en el sentido en que lo exigía Rosa Luxemburgo frente a Lenin”. Grecia, qué duda cabe, ha dado el pasado domingo un impresionante ejemplo de ello.