FUENTE: Presidencia de la República

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El realismo y la renuncia son proposiciones que, vayan juntas o separadas, rondan en las variaciones de la tristeza. Mientras el realismo llama a la desilusión, la insistencia (la no renuncia) llama a permanecer en el encantamiento de la política. En ‘realismo sin renuncia’, se confiesa un irrealismo que se debe dejar atrás y se afirma el apego a una promesa que ya se ha roto y se ha vuelto un enigma.

Se nos ha dicho que el ‘realismo sin renuncia’ llama a un reequilibrio entre realidad y voluntad. Sin embargo, realidad y voluntad no compiten ni se encuentran porque pertenecen a lenguajes heterogéneos. Una voluntad se mide con otra para apropiarse de los matices en la configuración de lo real. Realismo e idealismo no son visiones de lo real sino formas de apearse en los roces de fuerzas de la política cultural.

Ninguna actividad humana tiende al equilibrio con la realidad, salvo en el autómata y en la muerte. Estamos condenados al descalce, al déficit o a la exageración en nuestros actos y, por tanto, a la búsqueda incesante de una justicia y de un ajuste con lo real que nunca pueden ser plenos y suficientes. Lo que falta no es un mal, ni una carencia; es lo que nos mueve.

La mayor sorpresa del debate reciente ha sido el reconocimiento unánime y celebrado de que la realidad existe y actúa, independientemente de los relatos que circulan en su nombre. No hay nada más idiota que la realidad pura. Cada vez que nos oponemos a ella caemos, no en contradicciones sino en incompatibilidades. Sabemos de la realidad por su brutalidad no por nuestra armonía con ella. La realidad se esgrime en el discurso como amenaza de golpes, tropiezos y caídas. Cuando aparece como promesa, su forma es el apocalipsis.

Porque la realidad es muda, el realismo siempre debe suplementarse con un ‘pero’; ‘con generosidad’ o, ‘…sin renuncia’. Este ‘pero’ que es un agregado y un recorte de sentido, está puesto ahí para desmentir la esencia autista de la realidad y para negar que el realismo llame a la parálisis o a la suspensión de la voluntad.

El realismo lanzado como argumento dice oponer sueños a realidades pero en la práctica, somete a las versiones minoritarias de lo real y elude sus desafíos por la titularidad de lo real. No opone lo real a lo virtual, el presente al futuro ni lo voluntario a lo automático. No dice la verdad sino que señala la determinación tendenciosa de un camino de pesimismo, y negatividad.  El realismo no está en la realidad; está en una política de la renuncia, la resignación y la pena. El realismo llama a la obviedad objetiva que es siempre una coincidencia con la visión del más fuerte.

El realismo sin renuncia es la deflación de una propuesta por medio de la suma de negaciones que no hacen una positividad.  Primero, la renuncia debe ser restada (sin) del realismo. De ese modo se reconoce que le pertenece y que se nos ofrece un realismo sin realidad. Luego, la petición de realismo se presenta como negación de la velocidad y del compromiso; anuncio de un desencanto y denuncia de un ilusionismo que hay que conjurar. El ‘sin’, que es una sustracción en lo real, es también negación de la renuncia que viene y, en esa medida, agrega el encubrimiento y la mentira a la pena de la pérdida.

En este giro, salimos de la confusión para entrar en el vacío.