La historia política de Chile ha abundado en propuestas movilizadoras exitosas y fracasadas. Desde la ‘revolución en libertad’, que hoy estaría a la izquierda del anarquismo a la inolvidable sátira del ‘Vamos bien, mañana mejor’ y la perfección elástica de la ‘Justicia en la medida de lo posible’.

La conciencia del lenguaje es necesaria para decir la verdad y para mentir. De hecho, solo podemos reconocer la carga ética de los discursos, cuando adivinamos la conciencia en sus engaños. ‘Renuncia’, al igual que trampa y muerte, moviliza connotaciones negativas que son convocadas con la palabra aunque sea para negarlas. El ‘a parar la guerra civil’ es una nuestra de la forma en que la negación da existencia operativa y afirma una posibilidad que no existía.

Las buenas síntesis, son las que tienen la forma de una paradoja; las que reúnen términos antagónicos en un encuentro que re-articula sus sentidos y los alcances mismos de su antagonismo. Revolución y libertad son un buen caso de connotaciones opuestas y rejuntadas en una sopa de significaciones que se derraman en el mantel de nuestra cena diaria.  En cambio la ‘justicia en la medida de lo posible’, lleva el conflicto dentro de la justicia misma y su tensión interior actúa en el trasfondo enigmático del lenguaje político.

Siendo la aplicación de una medida, la justicia es además desmesurada. Ella no recibe su encargo de afuera y ni siquiera su límite. Es ella la que define la frontera de lo posible y de lo imposible. Incluso en lo que respecta a la ley. En la práctica, no es la ley la que pone límites a la justicia sino la justicia la que pone límites a la ley. La justicia, en este contexto, es la condensación práctica, institucional y cultural de los enfrentamientos políticos.

Pedir ‘toda la justicia que se pueda’ o ‘justicia hasta donde se puede’, son frases prácticamente idénticas y proposiciones completamente opuestas. En la primera, la consideración de los límites es posterior al envión; empujamos y llegamos todo lo lejos que podamos. En la segunda, es un límite previo y determinado; empujamos hasta el cerco.

Entre las lecciones no aprendidas está reconocer que en política todo se reduce a la justicia.  Incluso cuando discutimos sobre crecimiento económico, lo que ponemos en juego es la promesa de justicia de la economía. Cuando hablamos de las relaciones de consumo, de amistad cívica o de libertad de emprendimiento… hablamos de justicia. Incluso para la derecha, aunque no lo entienda, todo trata de la justicia, en primer y último lugar; como recurso, medida y finalidad de la convivencia.

En el caso de la ‘justicia en la medida de lo posible’, los historiadores deberán aclarar los pactos implícitos o explícitos de la Transición. Pero no hay duda de que la aplicación de la ley cambió en democracia, pasando de una interpretación auto-impotente de los jueces en la aplicación de la ley, a una interpretación activa y cuya búsqueda no se limitaba al cumplimiento formal sino al intento de justicia. La anulación práctica de la ley de amnistía, pertenece al dominio de un imposible jurídico que, sin embargo, se hizo posible por la determinación de jueces y la valentía política recuperada en democracia.

Entre las lecciones no aprendidas está reconocer que en política todo se reduce a la justicia. 

La justicia de lo posible, fue equívoca, pero permitió abrir caminos. Sin paralizarse a priori ante el límite pero sin desconocer sus apariciones y enfrentándolas en su ‘mérito’. El nudo debe ser desatado cada vez. Pero la función del llamado a la prudencia en la política no dice relación con una verdad de los límites sino con la movilización social. Se trata de calmar a los amenazados por la justicia y pedir un acto de fe a las víctimas.

La frase que reduce la justicia a cantidades manejables, pone a consideración del público el conflicto inevitable entre la inconmensurable necesidad de justicia y la infinidad de sus restricciones. Aunque eso es banal, consiguió alejar a la gente de la política, usando el enorme capital de confianza que fue el legado del horror de la dictadura a quienes la derrotaron.

La concesión ciudadana que marcó la transición fue la autorización al Gobierno para decidir el punto de lo posible. La caducidad de esta concesión es lo que marca el fin difuso e inconcluso de la transición. El desafío actual es devolver la ‘soberanía’ a la ciudadanía; más precisamente, construir una democracia ampliada en la paradoja misma de una soberanía ciudadana y democrática.

La realidad a la que nos enfrentamos es, a la vez plena y vacía, lo que quiere decir que no necesita nada pero lo incorpora todo. El realismo al que se nos convoca, en cambio, es puro desprendimiento y renuncia. El ‘seamos realistas, pidamos lo imposible’ que nos debemos, ni miente ni distorsiona; busca el ajuste de la realidad en otro lugar, en el otro lado del espejo. Este no es un lugar utópico ni infernal, ni siquiera pide más sino, tal vez, menos y otra cosa, pero ahora.