Captura de pantalla 2015-08-11 a la(s) 0.07.19Habló Piñera. Tras más de un año escapando a los altos niveles de exposición pública con que ha acostumbrado a los chilenos durante décadas –salvo algunos períodos de enclaustramiento forzado por las curiosas circunstancias de su carrera político-empresarial-, Piñera parece estar cambiando su estrategia en vistas a alcanzar el premio mayor de su retorno a La Moneda. El ex (y aspirante a futuro) Presidente asistió, el pasado 30 de julio y en calidad de oyente, al XIII Seminario Internacional sobre inversiones organizado por Moneda Asset Managment, instancia en la cual aprovechó de instalar, en un “improvisado” punto de prensa, un conjunto de ideas y frases que parecen anticipar, en el fondo y en la forma, el carácter que asumirá su posición en la ya pronta vorágine electoral que iniciará con las elecciones municipales del año 2016 y culminará con la presidencial de finales del 2017.

No resulta casual el lugar elegido por Piñera: un encuentro de la élite financiera, ejecutado en el lenguaje empresarial, y en el que se esperaba con elegante expectación la intervención del Ministro de Hacienda Rodrigo Valdés. “Mi compromiso es trabajar para fortalecer el crecimiento. Esto implica adoptar buenas políticas y estar abierto al diálogo para el perfeccionamiento de ellas. Esto, por supuesto, incluye ser responsables fiscalmente”, subrayó el Ministro, logrando destacar lo dicho repetidamente por el gobierno desde su decidido giro al realismo sin renuncia.  “No soy de la línea de buscar atajos raros en la política fiscal”, agregó el Ministro, interpelando a quienes aún tienen dudas acerca de la magnitud del giro gubernamental fruto del fracaso de la agenda reformista de la dupla Peñailillo-Arenas. “La seriedad en la política fiscal de Chile se premia”, remató el doctor del MIT, “y yo estoy aquí para seguir en esa senda”.

La escena generada tras estas palabras no podía ser mejor para Piñera: rodeado de empresarios y disfrutando la urgencia gubernamental por retomar las confianzas de dicho sector para convertirlo en su aliado en la búsqueda por recuperar el tiempo perdido, Piñera podía prescindir del uso de artillería pesada contra el gobierno. Y es que, a todas luces, el adversario había bajado sus armas y presentado de cara a los representantes del poder económico reconociendo errores, entregando la agenda  y aceptando con templanza que, hasta ahora, este ha sido un gobierno que se merece las críticas de la élite económica.

Al atender a sus palabras, las que naturalmente no fueron fruto del acoso periodístico ni de una improvisada compulsión retórica, es posible observar un conjunto de ideas fuerza que posicionan la opción presidencial de Piñera como la mejor aspectada, a poco más de dos años del fin del gobierno de Bachelet.

En primer lugar, Piñera logra agenciarse sintonía con el clima político y clavar una estocada de difícil respuesta: “En poco más de 16 años el daño que se le ha producido a este país es tan grande, que qué sentido tiene perseverar por un camino que produce resultados negativos”. A confesión de partes, pareciera decir reglón seguido, no es necesario mayor abundamiento.

“Las tres principales reformas estructurales que está llevando a cabo este gobierno, tributaria, laboral y educacional”, continuó, “están basadas en un diagnóstico equivocado, creo que tienen una implementación equivocada y que generan efectos muy negativos”. Si la propia Presidenta ha reconocido errores en la implementación del programa, si la antigua élite concertacionista se ha solazado criticando las competencias técnicas y políticas de la dupla Peñailillo-Arenas, los problemas de gestión, técnicos y políticos de Piñera parecen juego de niños, toda vez que ellos no fueron impedimento a la mantención, durante su administración, de niveles de crecimiento económico aceptables, de tasas de creación de empleos estables en el tiempo y de una regularidad en el rendimiento de los indicadores macroeconómicos.

La venganza es un plato que se sirve frío y se come despacio, resuena como un insufrible eco de las palabras de Piñera. Cuestionado en sus capacidades, superado en ocasiones por la protesta social, obligado a rehacer su gabinete una y mil veces, las palabras de Piñera son una defensa de los mismos valores con que, a menos de la mitad de cumplido el mandato de la Presidenta Bachelet, su actual equipo político y económico  quisiera ser identificado: prudencia, gradualismo, ponderación frente a las demandas y realismo para enfrentar la voz de la calle, son parte del léxico piñerista repuesto en este segundo tiempo.

Piñera habló, y sus palabras siguieron resonando a causa de la confabulación temporal con el estreno de la película “Los 33” y el nuevo aniversario de los hechos que derivaron en el rescate de la mina San José. Piñera se prepara, sabiendo que su flanco derecho se encuentra razonablemente cubierto, que sus potenciales aliados no tienen ni la fuerza ni la capacidad de salirle al paso, y que la Nueva Mayoría no tiene ni figuras ni argumentos como para competirle con ventaja: ¿dirán acaso que su gobierno fue malo (fracaso de Bachelet mediante), que se quiere repetir el plato (con una Presidenta que lo saboreó dos veces), que es aliado de los empresarios (con altos dirigentes financiados directa e irregularmente por el poder económico) o que tiene un profuso historial de irregularidades (SQM mediante)?

Piñera, a fin de cuentas, representa un sentido común mucho más amplio del que pensábamos. Un sentido común que en tiempo de dislocación e incertidumbre, preferirá probablemente un diablo conocido que un diablo por conocer.

El tiempo lo dirá.