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A lo mejor (ya nunca lo sabremos) tendríamos que haberla escuchado cuando dijo que no quería volver. Por entonces estaba lejos, ocupada en los asuntos del planeta, con amores y proyectos, disfrutando del anonimato en la paz de Nueva York. ¿Para qué iba a volver? Le había entregado el país a la derecha y casi nadie se lo reprochó, al menos a juzgar por las cifras, que como efecto del contraste la empinaron por encima del ochenta por ciento de adhesión. Esos puntos los saboreó en silencio, sin decir palabra, convencida de que cualquier cosa que hiciera lo echaría todo a perder.

Por lo que el malentendido proviene tal vez de que ese silencio nadie lo sopesó y una porción importante del país lo interpretó más bien como parte de una coquetería, propia de quien se autoescatima sin otro fin que el de extremar el deseo de los feligreses. Pero tal vez no era así, tal vez Bachelet sintió con razón que había cerrado un ciclo y que ese ciclo solo le había servido para zambullir en vano los sueños de la militante herida en el destino aciago del drama político nacional. Hasta ahí el drama no había pasado de ser el padecimiento callado del político encendido que va perdiendo capas de pasión a medida que se enfrenta con los inesperados chantajes de la historia.

Lo cierto es que no sabemos si en aquel silencio enviado desde el norte (su eterno telegrama mudo) preveía ya un repertorio de fracasos, si estaba suficientemente al tanto de que la tragedia, cuando se repite, es farsa -como dijo Hegel y rememoró Marx. No lo sabemos, pero es improbable que una militante socialista de su estirpe, que seguramente consultó trechos consistentes del Dieciocho Brumario de Marx y ojeó alguna vez las célebres páginas de la Fenomenología del espíritu, no estuviese al tanto de lo que se le venía. Por eso en un escalón anterior al de la farsa –y en uno posterior al de la tragedia- eligió lo que le quedaba: el silencio.

Lo eligió, claro, pero no le resultó, en buena medida porque en el compromiso con el poder hay telarañas de las que es arduo zafarse y no fueron pocos los que la presionaron. Pero así y todo, Bachelet está a punto de repetirse el plato dejándole nuevamente el poder a la derecha. Si además incurre en la desdicha de dejárselo una vez más a su vecino del lago Caburga, lo que a estas alturas no sería tan improbable, entonces la farsa ni hablar que se duplica, en el sentido de que pasaríamos a vivir en un país en el que el poder simplemente se lo rotan los vecinos de un lago en el sur. Esto es lo que acaso Bachelet intuía, su drama interno, su precipicio: tener que estacionar –voluntariamente o no- a Chile en el corazón de una parodia.

Esa parodia está hoy suficientemente anticipada en un conjunto de reformas que Bachelet promulga con la misma severidad con que las da de baja, en un gabinete al que dota de la misma responsabilidad cívica que dos pasos más allá desacredita, en el programa de una supuesta educación pública al que le agrega todos los días una enmienda o una rectificación.

Es lo que le falta a esta historia: detalles, pormenores, rectificaciones. La oración que acabo de colocar en cursivas le pertenece al Borges del Tema del traidor y del héroe, donde redondea otra sentencia suya que evoca a la perfección la situación de nuestros días: la del acontecimiento como inminencia de una revelación que no se produce.

En el Tema del traidor y del héroe, un breve tratado sobre la coincidencia de los opuestos –es decir, un tratado con rémoras de Nicolás de Cusa aplicado en esta ocasión a la vida de Irlanda-, hay filigranas, probablemente involuntarias, del Dieciocho Brumario de Marx, salvo que en este caso la mitad trágica de la historia y la mitad cómica o farsesca conviven en el mismo personaje, Fergus Kilpatrick, un héroe que leva infinitamente a cabo una revolución de cuyo fracaso él mismo se encarga. La mitad trágica de la historia es interrumpida por su otra mitad, la cómica, que así confluyen en el drama interno de quien sólo tenía como salvación su silencio.

Pero a la salida de ese silencio, cuando fue descubierto, Kilpatrick tuvo que ser juzgado. La pregunta es ¿juzgado por qué? ¿Por ser un revolucionario? ¿Por ser un traidor? No se sabe, y precisamente por eso lo único que Kilpatrick solicita es que lo juzguen privadamente como el traidor que fue, pero como revolucionario ante el espacio público. Es la única solución que se le ocurre: quien ha traicionado en privado la revolución que agita en lo público, debe ser juzgado en lo público por una traición que debe mantener su carácter privado.

Así que Kilpatrick fue ultimado en un teatro, pero de teatro hizo también la entera ciudad, y los actores fueron legión, y el drama coronado por su muerte abarcó muchos días y muchas noches.