perSONAS Y BANDERA

Los actores sociales se sitúan como en un estado de adormecimiento, ocurre una crisis y la ciudadanía no se ve. Los chilenos aceptan en el campus de la política, un espectáculo que nos sitúa en un realismo que tiende a una conformidad con pérdida de asombro.

Esta perplejidad, es una supuesta ausencia de dolor, en realidad es un dolor conductual que se incorpora a la epidermis, es parte de nuestros órganos sociales, se vuelve un dolor con el que hay que vivir. Es la naturalización de una violencia primaria, la exclusión, pero también una sociedad programada que vive una vida maquineada por el mercado, su majestad.

Escandalo tras escandalo las instituciones siguen funcionando, funcionan con los modales institucionales corporativos, la fe pública puede ser leída hasta como un problema corporativo, esta fe pública puede ser un cosmético constituyente, como la oportunidad del marketing político, un proceso escénico con letra chica y encerrona. Como siempre ha sido.

El  capital se mueve como un patrón de fundo del alma de Chile y sigue marcando la hegemonía final a pesar del topo de la historia

Entre la “gobernabilidad” y “política en la medida de lo posible” nos tuvieron veintitantos años, y el país es uno de los más desiguales del mundo e íbamos a crecer con igualdad. Hay una bipolaridad entre el discurso y la realidad que puede ser la trama lingüística de una bipolaridad social, una que nos tiene con índices preocupantes de salud mental en nuestro país.

Iban los estudiantes, los trabajadores y era lo posible, solo posible, que es mucho decían, lo posible ya es demasiado, no vayamos a poner en riesgo la gobernabilidad, que ése es otro paradigma que levantaron nuestros intelectuales sociólogos fundacionales de la transición, siempre bien ubicados en la panóptica del poder.

Los estudiantes rompieron el rito masoca y sacaron la cara por Chile, se pusieron a la altura de los primeros guerreros de la tierra e hicieron temblar Chile el 2011. Multitudinarias marchas apoyaron a la ciudadanía de Aysén y Punta Arenas, los conflictos locales escalaron a nivel nacional, se estableció un cambio en la subjetividad. La ciudadanía ensancho las alamedas y se habló de Asamblea Constituyente, de nuevo pacto. La ciudadanía hizo un giro en la hegemonía, disloco hacia la soberanía popular.

Se llegó a escribir sobre el derrumbe del modelo, y el modelo sigue allí, nadie daba un peso por él, y sigue allí, una cosa es que nos demos cuenta y otra cosa es que cambiemos el orden del juego.

Esta ideología mercadotecnica todo lo expresa como mercancía, la vida es una mercancía, y la muerte también, y la vida después de la vida también es una mercancía. Crea mercancía donde no la hay, capitalizando un mercado inmobiliario voraz, que gentrifica lo espacios barriales nacionales como ejemplo paradigmático.

El  capital se mueve como un patrón de fundo del alma de Chile y sigue marcando la hegemonía final a pesar del topo de la historia. Este conductismo se transforma en una cultura.