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Fotografía: Koen Wessing

En todos los períodos dictatoriales, diversos actores se ven impactados por la opresión y la persecución, y al igual que las personas e ideales políticos, los libros, como artefactos de transmisión de corrientes de pensamiento, se tornan en objeto de censura y destrucción.

En Chile, a partir del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, los libros comenzaron a seguir ese trágico destino compartido con la humanidad perseguida. No es la primera vez que el libro ha sido reprimido en Chile, pero sí lo fue en una extensión y profundidad nunca antes vista.

El único esfuerzo editorial del Estado de Chile en toda su historia y el intento de extender la cultura a todas las personas a través de los libros, fue destruido en Dictadura: la Editora Nacional Quimantú. Los libros Quimantú fueron quemados, guillotinados, picados y trasladados a la papelera para ser “reciclados”. Sus archivos y bodegas totalmente destruidos. La Dictadura le cambió el nombre por Editora Nacional Gabriela Mistral, para transformarla en un apéndice propagandístico y dejarla morir rematando sus bienes y vendiendo sus libros “por kilo” en 1982.

Por las calles, universidades, poblaciones y en las casas se encendieron las hogueras para arrojar ahí los libros considerados subversivos como la literatura marxista, que la Doctrina de Seguridad Nacional de la junta cívico militar comenzó a prohibir. Por todo Chile se extendió una “operación limpieza” para erradicar de los chilenos y chilenas las lecturas subversivas, para instalar el miedo a pensar libremente, para terminar con el pensamiento crítico en las universidades, para borrar de la memoria ciudadana la búsqueda de un mejor porvenir.

La distopía neoliberal que se impuso en Chile por medio del terror, tuvo como uno de sus dispositivos la censura que se aplicó en las bibliotecas universitarias, las bibliotecas públicas, el control a la edición y publicación que ejerció la DINACOS, incluso, el miedo fue tal que muchas personas enterraron o quemaron libros en sus casas para evitar ser perseguidos.

La escritura es el registro del conocimiento y del pensamiento que se ven reflejados en los libros y bibliotecas. La censura y destrucción son por lo tanto formas de combatir la memoria atesorada en los libros y sus saberes. Cuando estas acciones se producen de forma brutal por medio del miedo, la represión y el shock, como sucedió en Chile, resulta evidente el mecanismo de olvido intencionado que se pretende imponer. El olvido como instrumento político del poder, busca implantar una forma de pensar al censurar otras, siendo el artefacto simbólico de memoria más inmediato: el libro. Perseguido, quemado y censurado, siendo sus portadores presos, torturados y asesinados.

A 42 años invitamos a no olvidar y a terminar con todos los pactos de silencio. A sobrepasar la voluntad política de olvidar y silenciar que impuso la postdictadura potenciando la investigación y la memoria en torno a estas problemáticas.

El Grupo de Estudios del Libro y la Lectura, Fahrenheit 451 (GELL), saluda la memoria viva de aquellos libros, bibliotecas y lectores víctimas de la Dictadura Cívico Militar.

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Fotografía: Koen Wessing