El condicional del título de esta columna debe entenderse con toda rigurosidad: en términos de la configuración política global que se viene gestando por lo menos desde la arremetida militar norteamericana posterior al 11/S, sistematizada por la administración Bush desde 2003, las coordenadas de análisis son tan líquidas como la realidad que ellas buscan determinar, y cualquier “teoría” que aspire a la fijeza de la fórmula y a la solidez de una axiomática –y ellas abundan hoy por hoy- corre el riesgo de quedar rezagada frente a un estado de cosas particularmente poroso y complejo.

Ya cumplidas dos semanas después de la masacre perpetrada por el grupo Daesh, las reacciones han oscilado desde una comprensible emotividad a flor de piel, hasta un cierto objetivismo con pretensiones de cientificidad que, por lo general, confía demasiado en las capacidades de la razón explicativa: esta confianza no se condice con el alto grado de incapacidad demostrada por las aplicaciones políticas y técnicas de lo que Adorno y Horkheimer llamaron “razón instrumental”. La  “ciencia política”, si pretende entender lo que hay detrás del “terror” que está imponiendo Daesh en el mundo –no sólo el occidental, pues sus atentados y prácticas terroristas en Medio Oriente han sido igualmente destructivos y crueles- debería tal vez limitar su ansia explicativa y avanzar hacia una “comprensión” tal vez más cercana a una hermenéutica capaz de asumir los fracasos de la razón instrumental.

Este fracaso es particularmente significativo en el contexto de una masacre perpetrada en la ciudad donde se gestaron –desde Descartes hasta los Iluministas-  los principios fundamentales de la razón instrumental, aquella que, inspirada en una “mathesis universalis”, pretendía poner a la naturaleza al servicio del hombre (Descartes), asegurando la autonomía y los derechos universales de éste (Ilustración). Se equivocan por ende –y este equívoco, en las redes sociales al menos, colinda habitualmente con la mala fe- quienes sostienen que el revuelo causado por los atentados en París refiere únicamente a un eurocentrismo ciego y sordo ante los sufrimientos y desgracias del resto del mundo. Obviamente que refiere a ello, pero también al hecho de que París representa ni más ni menos que la esencia de la modernidad capitalista –Walter Benjamin así lo creía-, y las “causas” que permiten comprender la masacre perpetrada allí el viernes 13 de noviembre recién pasado, nos ponen ante la “evidencia” de la crisis terminal de este modelo de sociedad fundado en la razón instrumental, convertida desde hace unas décadas en tecno-ciencia.

Gran parte de los esfuerzos de este modelo de pensamiento filosófico, científico y técnico, y su correlato político y social que denominamos genéricamente “modernidad”, estaban enfocados a asegurar la “universalidad” del mismo, intentando recuperar las diferencias de los “otros” –orientales, africanos, americanos- a partir del supuesto de que la filosofía que lo fundaba era verdadera pues era la única capaz de definir la esencia de la “humanidad” asegurando, por tanto, los derechos universales que le competen. La abstracción debía triunfar por sobre los particularismos, pues estos últimos obedecen a los prejuicios comunitarios y sectarios y son la fuente de todas las injusticias. Marx demostró que dicha abstracción humanista se hermanaba a la perfección con aquella propia al movimiento del capital: reducción de toda concreción y de toda materialidad –lo mismo que de toda vida- a la abstracción cadavérica del “valor”. Fue en ciudades como Londres y París donde este fenómeno se consolidaría.

Ahora bien, en términos de políticas públicas, Francia ha aplicado a lo menos desde la Quinta República, como un modo de concreción de aquella esencia de la modernidad, la llamada “integración social”. Es este modelo el que ha fracasado: comprender esto debe llevarnos a desechar de una buena vez la idea de una “lucha de civilizaciones” o de una confrontación –como señaló F. Hollande- entre civilización y barbarie: cuando nos enteramos que varios de los perpetradores de la masacre no sólo eran europeos (de nacionalidad belga y francesa) sino que hasta hace muy poco llevaban modos de vida similares a los de miles de jóvenes europeos descendientes de inmigrantes, sin oportunidades ni futuro, habitantes de la periferia de las metrópolis europeas (dos de ellos, los hermanos Abdeslam, eran dueños de un bar en Bruselas, el que hace algunas semanas había sido cerrado por tráfico de drogas); una vez que comprendemos aquello, debemos asumir que no se trata de un problema de conflicto entre “modernidad” y “barbarie”, conflicto que se solucionaría exportando –guerra mediante- el modelo de las democracias liberales en las zonas “bárbaras”, pues justamente es esta idea la que está a la base del desastre que hoy vivimos, sino que es preciso abandonar el modelo de la “integración”.  Habría que preguntarse, entonces (parafraseando a Barthes): “¿Cómo vivir juntos, pero sin integración, es decir, sin disolución de las diferencias en el universalismo abstracto de la razón instrumental y su correlato democrático neo-liberal?” Este último modelo ha demostrado con creces ser cualquier cosa menos un sistema político democrático: ¿qué democracia es la que abandona, literalmente, a decenas de miles de jóvenes en barrios convertidos en ghettos sin ningún acceso a los “bienes” –educación, salud, cultura- de la modernidad? La desigualdad, la falta de sentido, el nihilismo que inunda a gran parte de la juventud europea y mundial es reflejo del fracaso de esta modernidad. ¿Es posible pensar en “otra” modernidad? ¿Es posible sobrepasarla?

Un modelo no integracionista de convivencia debería asumir que las diferencias son, en verdad, “diferendos”. Hace más de 30 años, el filósofo francés Jean-Francois Lyotard, en un libro homónimo, planteaba la necesidad de redefinir las cuestiones propias a la teoría social y política a partir de la consideración de que en nuestras sociedades –y muy particularmente en nuestras ciudades, en sus metros, en sus parques, en sus servicios públicos y en sus escuelas- deberemos acostumbrarnos a “convivir” con diferencias -que se expresan siempre, como ha agregado J.L. Déotte, en una “cosmética”, es decir, en una apariencia manifestada en modos de vestir, de moverse, en gestos que nos parecen absolutamente extraños- que no son subsumibles en nuestra Igualdad, en nuestra Mismidad: una otredad absolutamente otra, irreductible. Este modelo, en vez de retrotraerse en una actitud de ensimismamiento nacionalista –no otra cosa es el famoso Patriot act que Hollande busca reproducir en Francia- debería asumir, de una buena vez, que hay un modelo entero, una comprensión del mundo, una época tal vez, que ha fracasado, y que es preciso inventar otra: aquí los filósofos, los poetas, los artistas y los científicos deberían contar mucho más que los policías y los militares. Lamentablemente, todo parece indicar que los dirigentes del mundo están a mil leguas de una semejante comprensión.


Académico del Instituto de Filosofía, Universidad de Valparaíso.