A primera vista, el titular de esta nota podría corresponder a un avance importante en materia de transporte y comunicaciones, o incluso a una película de ciencia ficción. Ahora bien, no es más que un llamado de atención sobre una impactante realidad por la que atraviesa América Latina. En efecto, en nuestro continente, en pocos minutos podemos transitar de territorios con niveles de ingresos equiparables con los de las naciones más avanzadas del mundo, a otros con ingresos propios de un país en vías de desarrollo.

Tristemente, lo anterior no es una excepción, sino la regla general. El nuevo proyecto de Rimisp-Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, llamado “1 PAÍS, 1000 Y 1 REALIDADES”, refleja claramente este fenómeno. Al cotejar los niveles de Producto Interno Bruto (PIB) per cápita de distintas unidades sub nacionales con sus equivalentes a nivel internacional, logra mostrar de manera muy gráfica la falta de cohesión territorial que nos afecta.

Así, en Colombia, el departamento de Bayaca, cuyo PIB per cápita es equiparable con el de Turquía, colinda con Magdalena, con un PIB comparable al de República del Congo, el país con el PIB más bajo, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Otro caso revelador es el de los estados vecinos de Campeche y Yucatán, en México. El PIB del primero es como el de Luxemburgo, el país más rico del mundo, mientras que el del segundo es semejante al de Botsuana. La situación no es distinta en Ecuador, donde el PIB de las provincias petroleras de Orellana o Sucumbíos se asemeja al de Singapur y España. Por el contrario, las situadas en la Sierra, como Azuay y Cañar, se acercan a Turkmenistán y Marruecos.

En Chile, a lo largo de sus regiones podemos viajar desde Mongolia (la Araucanía) hasta Suiza (Antofagasta), pasando en el trayecto por Chipre, Jordania o Hungría, países con niveles de ingreso claramente disímiles. Chile está lejos de alcanzar el alto desarrollo que algunos anunciaban. De mantener los patrones de crecimiento, únicamente cuatro regiones lograrán dicha meta. No son de extrañar entonces, las crecientes disputas territoriales vividas en el país.

Un caso fue el de Aysén en 2012, cuando la región se levantó en reclamos por los altos costos de vida, el desempleo, las deficiencias en la salud pública y el deterioro ambiental al que están expuestos. Por otra parte, este año se produjeron repetidas protestas por disputas socio ambientales en Arica, así como permanentes reclamos de Calama, quienes a pesar de vivir en una región con ingresos equiparables a los de Suiza, no ven un correlato de éstos es su calidad de vida. En la misma línea podemos citar la Araucanía, que, más allá de los conflictos étnicos, no converge ni en sus niveles de ingresos ni en sus indicadores de calidad de vida con el promedio nacional.

Estas desigualdades nos enseñan que la lucha no es solo contra la discriminación, por una mejor repartición de los ingresos provenientes de la actividad minera o por subsidios que mitiguen los costos reales de vivir en zonas aisladas. Más bien, es por un cambio en la visión país que tenemos. Es por pensar en un desarrollo donde ningún territorio quede rezagado, integrante de un país descentralizado y con políticas públicas que tomen en cuenta la heterogeneidad de los territorios. Finalmente, es por mejoras reales en las condiciones de vida que nos permitan hablar con propiedad de un solo Chile, desarrollado y con cohesión territorial.

 

 


Investigador de Rimisp-Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural