El pasado martes y a los 72 años falleció el empresario estadounidense Douglas Tompkins, mientras navegaba en kayak por las temperamentales aguas del lago General Carrera, ubicado en  la región de Aysén donde estaba radicado hace ya varios años. Desde siempre apasionado por el contacto con el entorno paisajístico natural, quien fuera el fundador de la compañía de ropa outdoor The North Face conoció por primera vez la Patagonia en los años ‘60, durante un vuelo realizado en avioneta desde Bariloche a Ushuaia. La impresión que le produjo lo descubierto acrecentó sus innatos ímpetus aventureros y en 1968 decidió regresar a territorio patagónico para escalar, junto a un grupo de amigos, el monte Fitz Roy (existe un interesante documental que se realizó respecto de este viaje, llamado Mountain of storms) Dentro de la expedición iba Yvon Chouinard, a quien 47 años después le tocó estar presente en el penoso viaje realizado esta semana entre Puerto Sánchez y Puerto Ibáñez y que costó la vida a su amigo debido a una severa hipotermia. El fuerte oleaje, que aquel día martes agitó las aguas en el sector norte del lago, no tuvo respeto por el ecologista que hizo del respeto a la naturaleza su bandera de lucha.

Sin duda que sus experiencias en torno a la vida al aire libre fueron determinantes para sus actividades como conservacionista y activista medioambiental, por las cuales fue admirado pero también cuestionado. Afincado en la Patagonia desde que en los años ’90 decidió comprar un campo de alerces en nuestro país, Tompkins utilizó su millonaria fortuna generada como empresario textil para adquirir a partir de entonces miles de hectáreas en Chile y Argentina, creando en territorio nacional parques privados como Pumalín, Corcovado y Yendegaia, entre otros. Asunto que le acarreó tanto aplausos como pifias. Y claro, pues en el fondo del debate se ponían en contraposición posturas filosóficas antagónicas, como son las de la explotación de los recursos naturales en nombre del desarrollo versus las que se oponen a la lógica extractivista como la que nutre el modelo actual. Por una parte, sus adherentes apoyan su obra, justificada en la conservación y defensa de ecosistemas de una abundancia y pureza tan escasas en el mundo que representan una verdadera joya, y vulnerables por ello mismo a diversos apetitos comerciales; otros, en cambio, ven en este discurso la fachada para algo más.

Se cuestionó, por ejemplo, el hecho que un millonario extranjero pueda haberse apropiado de grandes extensiones de territorio nacional. Así como están las cosas, pretender que la privatización de bienes y recursos nacionales, más allá de cuales puedan ser sus propósitos, no despierte al menos alguna suspicacia, sería de una candidez lamentable. Sus detractores también siempre le criticaron el hecho de impedir la conectividad terrestre entre la Décima región y la Undécima. En efecto, el Parque Pumalín, que cubre casi 3.000 km2, se extiende desde la costa del Pacífico hasta la frontera con Argentina. Es decir, entre Chile -ese que llega sólo hasta Puerto Montt- y Aysén, una región históricamente aislada, desconectada del resto. Desmembrada, abandonada, y por ello con varios atrasos comparativos respecto de otras. Pero también, y por lo mismo, con el privilegio de poder trabajar por oportunidades de desarrollo distintas. Varios sindicaron al empresario como el gran opositor al desarrollo y progreso de la región de Aysén. Para otros, en cambio, fue el protector de una belleza virginal, tan sagrada como codiciada.

Sin embargo, existen otros cuestionamientos que van más allá de este escenario simplificado y clásico de dos fuerzas en pugna. Aristas que, en la estrecha dinámica que permite esta mirada, podrían quedar ocultas, precisamente en la pura dialéctica binaria como construcción arquetípica de sistemas definidos únicamente por la oposición de dichas fuerzas. La pregunta que aparece, entonces, es: ¿preservación para qué, o para quiénes? Interrogante que molesta a los que acusan de ignorancia la sola consideración de este asunto como duda legítima. Hacerlo es justamente lo contrario; agrega nueva información, amplía los elementos de juicio para el análisis, correcto o no. Para la libre y democrática definición de opinión personal.

En una fiesta, la Patagonia es la niña más linda. La que todos quieren sacar a bailar. Un territorio tan magnífico, tan único, especial y distinto, que es lógico que pueda atraer las miradas de varios. Porque la niña más linda, por lo general, suele tener más de uno o dos pretendientes, y dicen que en el amor, como en la guerra, todo vale, por lo que las estrategias de seducción podrían ser distintas. El ejemplo más emblemático al momento de representar a quienes desearon poder desflorar este territorio para arrancarle sus tesoros, sin ningún miramiento ni respeto por su entorno eco-social, es HidroAysén. Un proyecto viciado administrativamente, que buscó ser aprobado como se aprueban tantas cosas en nuestro país: de manera corrupta y sin importar lo que pudiera opinar la comunidad regional ni nacional. Tompkins se opuso firmemente al mismo, siendo uno de los principales contribuidores de la campaña Patagonia Sin Represas. Carlos Alvarado García, quien por más de una década trabajó con el empresario ecologista, expuso sus reparos acerca de las motivaciones del filántropo en una entrevista publicada por El Patagón Domingo en 2013, refiriéndose a Pumalín. “Me di cuenta que los intereses de ellos eran más fuertes que el interés global. Están buscando lugares prístinos con agua, con ventisqueros, con bosques, para soportar las futuras crisis sociales, como la del agua”, indicó.

Una de las anécdotas que recuerdo mientras viví en Coyhaique, y que viene al caso, tiene que ver con un llamado que recibí siendo entonces Jefe de Prensa del Diario de Aysén, hace algunos años. Se trataba de un corresponsal de la cadena televisiva Al-Jazeera, quien muy amistosamente me solicitó juntarnos a tomar un café. Durante la conversación, salió el tema de Tompkins y me comentó, entre galletitas, que lo que se decía en su contra en relación con supuestos intereses de asentamiento judío en la Patagonia eran tonterías, cosas que no merecían ser tomadas en serio de manera inteligente. Tiempo después recibí una propuesta suya para entrevistar a la jefa de corresponsales en América Latina de la misma cadena, quien había estado hace poco tiempo haciendo una nota a Tompkins en la Estancia Chacabuco en la que se destacaba su obra conservacionista. La conversación deambuló de manera relajada por diversos tópicos, incluyendo aquellos cuestionamientos hechos a la labor del ecologista y las inquietudes respecto de comentarios que lo vinculaban con una eventual estrategia de ocupación territorial judía en la Patagonia. Pregunté entonces sobre la obra de Theodor Herzl, periodista y escritor de origen judío considerado como el padre del sionismo político moderno y autor del manifiesto doctrinario titulado Der Judenstaat: Versuch einer modernen Lösung der Judenfrage («El Estado judío: ensayo de una solución moderna de la cuestión judía»), publicado en febrero de 1896, así como acerca del Plan Andinia -teoría basada en el libro de Herzl- y que según el cual existiría un complot para crear otro Estado judío en la Patagonia chilena y argentina. Según el texto de Herzl, inspirador de esta teoría, “el plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos”, explicita en una de sus partes, para agregar más adelante “¿Cuál elegir: Palestina o Argentina? La Society tomará lo que se le dé y hacia lo que se incline la opinión general del pueblo judío. La Society reglamentará ambas cosas. La Argentina es, por naturaleza, uno de los países más ricos de la tierra, de superficie inmensa, población escasa y clima moderado. La República Argentina tendría el mayor interés en cedernos una parte de su territorio. La actual infiltración de los judíos los ha disgustado, naturalmente; habría que explicar a la Argentina la diferencia radical de la nueva emigración judía”.

La entrevista salió publicada de manera completa. Llamé al corresponsal para avisarle, tal y como habíamos acordado. Luego de algunos intentos, respondió. Viajaba en metro, sonaba distinto. El tono siempre amable había desaparecido por completo. Ya la había leído. “No me gustó para nada, te llamo después”, pude escucharlo ofuscado en su tono extranjero antes de cortar. Nunca llamó. No fue necesario para entender.