La reciente derrota de la fórmula chavista en las elecciones legislativas en Venezuela y el ocaso del kirchnerismo en la Argentina obligan a revisar críticamente el imaginario y los supuestos sobre los que se ha construido la “razón populista”  – en rigor, “neopopulismo posmoderno” – en América Latina en este siglo.

1.- El pueblo se puede cansar…

 La primera observación que habría que plantear a los regímenes neopopulistas dice relación con el modo de instalarse en la sociedad. En la sociedad actual prima lo que se ha dado en llamar una cultura “psicomórfica”, eso significa que la subjetividad marca el clima social y cultural de las naciones a escala global. Esto es fundamental para entender que no basta con tener presente “las condiciones objetivas” de una realidad. Así, entonces, promover un clima social confrontacional inspirado en la mentada “lucha de clases”, genera un clima tan adverso a la pretensión de cambio social que se proclama como a la noción misma de sistema democrático, mucho más cuando la televisión muestra cada día una retahíla de hechos que escenifican una degradación de la convivencia ciudadana. Es más, una población sometida a las arengas agresivas, violentas y combativas de los gobiernos neopopulistas – esgrimiendo la ingenua coartada de que “nosotros somos los buenos que vamos a salvar al pueblo” –   termina cansándose, hartándose del supuesto “ethos” revolucionario que es interpretado como puro resentimiento cuando no mera amargura y, finalmente, una forma de demagogia, ineptitud y autoritarismo sin sentido. Frente a este estado de crispación política, cualquier canto de sirena que clame por la unidad, el entendimiento y el diálogo es muy rápidamente aceptado con un suspiro de alivio. Así, entre la figura de Cristina Fernández y la diva televisiva argentina Mirtha Legrand, ésta última es capaz de ejercer su seducción de manera mucho más poderosa y eficiente, mucho más cuando almuerza con Mauricio Macri…

2.- La Revolución inalcanzable…

Una de las características de las democracias republicanas es la alternancia en el poder. Cada tantos años, los rostros que encarnan el poder se renuevan, creando la sensación de soberanía de un pueblo y de participación ciudadana en las grandes cuestiones del estado. La democracia representativa, fórmula llena de vicios y debilidades, logra, no obstante, evitar males peores.

En América Latina no es novedad que en el seno de una democracia surja cada cierto tiempo el neopopulismo, un sector político – a izquierdas o derechas del espectro político – que presume de revolucionario y se inventa un Proyecto, una revolución que reclama para sí la “trascendencia histórica y social” en un plazo incierto. La historia nos muestra, empero, que la trascendencia ha de habérselas con la mucho más prosaica calendariedad republicana que impone plazos perentorios y límites jurídicos a las pretensiones revolucionarias del neopopulismo. De suerte que las expectativas revolucionarias suelen verse frustradas por un evento electoral adverso. Tal ha sido el caso del kirchnerismo en Argentina y de la “revolución bolivariana” en Venezuela. Ante una hecatombe en las urnas, el relato revolucionario debe explicar por qué la mayoría del “pueblo” ha renunciado al “proceso revolucionario” Una mayoría  es rápidamente tildada de “pueblo traidor” y toda crítica acusada de “reaccionaria” Digamos de paso que ante el “riesgo eleccionario” existen, básicamente dos estrategias para enfrentarlo: la primera es no hacer elecciones, esto es, apostar por un régimen autocrático o dictatorial. La segunda, de la que abundan ejemplos en toda la región, es intentar perpetuar al “caudillo” mediante reelecciones indefinidas.

El neopopulismo en el poder pretende articular reformas desde arriba, es decir, gobernar desde el aparato del estado, orientando las políticas públicas en contra de enemigos reales o ficticios que amenazan la revolución y, como se sabe, cuando un estado va en busca de brujas que alimenten la hoguera, suele encontrarlas… Para asegurar el “proceso” se buscará la hegemonía plena, en pos de una utopía revolucionaria que carece de tiempos definidos y, en tal sentido, se trata de una revolución inalcanzable, siempre en nombre de “il popolo” tal como hizo el fascismo de Mussolini.

3.- Caudillo, dramaturgia y melodrama…

 En una novela inolvidable de Alejo Carpentier, El siglo de las luces, el protagonista, Víctor Hugues, un comerciante jacobino, peregrino en América, nos muestra como los ideales revolucionarios se van degradando junto a la siniestra presencia de la guillotina. Esta historia de degradación pareciera ser el sino de las grandes utopías revolucionarias.

El relato neopopulista, digámoslo, carece, en estricto rigor, de la épica revolucionaria propiamente dicha. Ya no se trata de una confrontación dura, propia de la Guerra Fría, donde se jugaba el destino de la Revolución mundial, siempre al borde de un holocausto nuclear. Sea de izquierdas o de derechas, se trata más bien de una puesta en escena más próxima al sainete o la opereta que a otra cosa. Los neopopulismos, ya no entonan la Internacional sino más bien un Bolero sentimental o un nostálgico Tango que no tiene nada de Piazzolla. La estética y el relato neopopulista bascula, ineluctablemente, entre el Kitsch y lo grotesco. Un caudillo ungido como ícono revolucionario con un porte cuasi mesiánico, es elevado por la fiebre de las masas a la estatura de héroe inmortal. Siguiendo el relato mítico clásico, se trata de un héroe que persigue la redención de su pueblo, una tarea que le ha sido impuesta por la historia (cuando no por la Providencia). Ante tal empresa cuenta con “amigos” y “enemigos”. En esta dialéctica, los “buenos” son los que apoyan al gobierno, cristalizados en una entelequia llamada “Pueblo”, y los “malos” pueden tomar muchos rostros (los burgueses, el imperialismo, la oligarquía, los monopolios mediáticos, la contrarrevolución y un largo etcétera)

 4.- Triste, solitario y final

 La contradicción fundamental de los neopopulismos es la brecha insalvable entre el relato utópico y la vida cotidiana. Así, mientras las autoridades tratan de justificar sus errores apelando a la ·”agresión imperialista” o a una “conspiración de la antipatria”, lo único cierto es que no hay papel higiénico en el almacén de la esquina o un grupo de delincuentes controlan el barrio. La pretendida mirada “Macro” nunca alcanza para explicar la vivencia “Micro” de los ciudadanos. Y da la casualidad de que cada uno de los ciudadanos es un elector. Como ya se ha dicho tantas veces, pareciera que un neopopulismo sin amplios recursos del estado no es viable.

Por último, y no menos importante, los neopopulimos prosperan en un clima social de confrontación. Cuando la sociedad se entiende como un universo polarizado entre “amigos” y “enemigos”, la atmósfera cotidiana se torna tóxica. Ya no se trata de un clima de beligerancia que es el preámbulo del triunfo de la revolución sino del estado permanente en que se desenvuelve la vida política. En pocas palabras, la total degradación de la vida pública en que impera la violencia a todo nivel y un turbio clima de corrupción generalizado.

Un sueño frustrado es siempre triste, mucho más cuando ha sido un sueño colectivo. Es cierto, la pobreza existe, la desigualdad y la miseria nos hiere, pero al mismo tiempo reclama soluciones serenas, racionales, viables, concretas y realizables. Carlos Marx, como buen hijo de la modernidad, concibió lo que llamó el “Socialismo Científico”, para oponerse a todos aquellos socialismos utópicos que anteponían el deseo y la voluntad a los fundamentos racionales sobre los cuales construir un nuevo orden social. En la era posmoderna, pareciera – paradojalmente – que ha sido el capital el que ha heredado la racionalidad científica como principio axial, mientras que el llamado “Socialismo del siglo XXI” bajo formas neopopulistas ha sufrido una involución que condena a sus caudillos a un ocaso triste, solitario y final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Académico