“Hay que luchar

La calle es ancha para poder marchar

La historia avanza y no se va a detener

 Es tiempo de comenzar a reaccionar

La historia avanza y ya no puede parar

Es hora ya de empezar a despertar”. 

Miércoles 30 de diciembre. Escribo mi columna semanal a pocas horas del término del 2015, el ventilador mueve un poco el aire caliente que a esta hora de la tarde se vuelve espeso, pesado. Hago un repaso mental de los hechos que marcaron el año: el final de un periodo permite la posibilidad de realizar balances. Lo bueno, lo malo. Esta no es la excepción, sobre todo considerando todo lo que ha pasado en Chile durante estos 365 días. A lo largo de los meses, uno tras otro, el desfile de episodios de corrupción fue descorriendo el velo que durante décadas encubrió la realidad con el cuento infantil que nos mandaba a dormir para soñar que Chile era un país ejemplar. Mentira. Los hechos concretos poco a poco han quitado de los ojos de la ciudadanía aquella venda de hipocresía autocomplaciente y mediocre que pretendía hacernos sentir superiores a nuestros vecinos de barrio. Ese eterno y penoso afán de buscar validarnos en la comparación con quienes siempre hemos considerado inferiores, para así sentirnos un poco mejor. Sin embargo en la OCDE -ese club de países ricos al que aspiracionalmente quisimos entrar para figurar, porque la imagen, las apariencias, nos importan demasiado- somos colistas en varias materias de desarrollo social. La ostentación de la más triste y devastadora de las pobrezas, como es la del espíritu. Patético, de verdad que sí.

Algunos opinan que éste, el que se va por el retrete, fue un mal año, lleno de nauseabundas excrecencias. Y sí, tuvo harto de eso, pero por lo mismo el saldo final es positivo. Me parece bien el destape de las cloacas, el olor a podredumbre aflorando desde las vísceras necrosadas de un modelo en estado terminal hacia la superficie, donde todos y todas puedan ver el dantesco espectáculo de su agonía. Saludable, a pesar del aroma a mierda.

Claro, para la clase política fue un mal año porque quedó en evidencia, fue descubierta y las encuestas tienen a los partidos en el suelo. De “en la medida de lo posible” pasamos a “la política de los acuerdos”, que terminó con los dos bloques coludidos y con gente como Burgos, Correa y etc. absolutamente cooptados por las reglas neoliberales del juego. Los mismos que ahora no quieren competencia de nuevas colectividades para asegurar la concentración del poder, a pesar de no representar a casi nadie, salvo quizás a aquellos que se quedaron “pegados” en la épica del “No” y que cada 5 de octubre vuelven a poner en las solapas de sus chaquetas aquellas chapitas con el arcoíris desteñido, sin lograr entender que en el nombre de la “estabilidad institucional” esos mismos “héroes” a los que son incapaces de cuestionar negociaron la gobernabilidad del país. Así se cocinó el plato. Así nos lo tragamos durante un buen tiempo.

Para la ciudadanía, en cambio, fue un buen año, porque a pesar de enterarnos que nos vienen cagando hace rato, conocer la verdad siempre es y será saludable. Pero no basta con haber confirmado las sospechas. Habrá que ver si, luego de saberla, hacemos algo al respecto o simplemente dejamos que las oscuras aguas sigan corriendo, como lo hacen las del Mapocho, con total y acostumbrada parsimonia bajo los puentes desde los que seguimos, hasta ahora, siendo testigos pasivos del pasar de una historia que nos pertenece y que debemos escribir.

Ya que hablamos de la verdad, en honor a la misma debo contar que no sabía cómo titular esta columna. Hace rato que tengo ganas de ponerle a una “País culiao“, así bien criollo, aunque creo que ahora no será necesario. No es muy académico que digamos, suena fuerte, feo y probablemente habría motivado la sugerencia editorial respecto de un cambio de título, pero da cuenta en síntesis de dos cosas: una, de lo ultrajado que ha sido este país, desde siempre, por parte de una casta de saqueadores que se han hecho ricos, sin asco, sin moral, sin decencia, a costa del empobrecimiento de las mayorías y la violación de sus derechos sociales básicos; y dos, de la rabia legítima, lógica, natural, que llevamos dentro ante tanto abuso descarado e impune en contra, precisamente, de esos millones de chilenos y chilenas que construyen día a día la riqueza del país. Esa que unos cuantos se lleva para la casa a cambio de unas chauchas que, luego del lastre que representa el diezmo legal, quedan aún más reducidas y apenas alcanzan para el té, el pan, la micro y una pieza donde echar a morir cada noche la miseria de la humillación y la indignidad diarias. La rabia contra el cinismo, contra el discurso perpetuador de un modelo que fue impuesto a la mala, “por la razón o la fuerza”, repleto de falacias que buscan disfrazar y justificar el abuso sistemático con argumentaciones llenas de una dialéctica tramposa e ideologizada que hay que desmontar.  

No soy fan de Star Wars, pero el nombre de la última entrega (“El despertar de la fuerza”) me pareció bastante ad-hoc al momento que vivimos como sociedad. Básicamente, la saga nos habla de la resistencia de un grupo de disidentes contra el Imperio Galáctico. De la rebeldía y la guerrilla como un acto heroico de liberación ante el poder totalitario. Pienso en otra película, “La máquina del tiempo” (George Pal, 1960), basada en el libro homónimo escrito por Orson Wells en 1895, en la que el protagonista de la historia viaja al futuro lejano -año 802.701- y se convierte en el liberador de los eloi, una raza de seres humanos despojados de su carácter crítico y a los que todo parece darles lo mismo. Gracias a esta servil complacencia son subyugados y devorados por los morlocks, criaturas que viven bajo tierra. La novela de Wells queda abierta a diferentes interpretaciones, aunque la lectura que en lo personal me parece más evidente es la que ve esta obra como una llamada de atención a la responsabilidad de hombres y mujeres en el devenir de las sociedades humanas. Como sea, en ambas obras cinematográficas los dos George (Lucas y Pal) exponen la idea de justicia, de reivindicación de derechos como el objetivo a alcanzar. El motor de la narración, de la historia. Brindemos entonces para que el año que hoy comienza sea, en este sentido, el inicio de un proceso de cambio profundo y verdadero en el cual los ciudadanos y ciudadanas asumamos el protagonismo extraviado que se requiere para lograr el nuevo pacto social que las mayorías en nuestro país merecen.