Los preparativos para la futura contienda electoral municipal de octubre son ya una realidad al interior de la Nueva Mayoría y Chile Vamos. A los diagnósticos sobre los municipios en riesgo, aquellos posibles de conquistar y las expectativas respecto a los porcentajes de votación a obtener por parte de cada agrupación política, se suman los tecnificados cálculos y decisiones de ingeniería electoral conducentes a maximizar lo más posible el –se presume- escaso caudal de votación efectiva a repartir el día de las elecciones. De este modo es como, por ejemplo, mientras en Chile Vamos especulan en torno a las ventajas de levantar tres listas a concejales, promoviendo con ello un mayor número de candidatos capaces de generar un mayor número de votos; en la Nueva Mayoría deliberan acerca de las ventajas y costos de presentarse en dos listas de concejales que incentiven la competencia intra-alianza o de incorporar a otras fuerzas políticas para “despeinar” la oferta frente a lo que se prevé como un complejo escenario abstencionista.

En ambos casos, lo que parece primar es el cálculo y la viveza táctica por sobre las decisiones programáticas o ideológicas. Movimientos de candidatos y estrategias electorales dadas a la tarea de optimizar el beneficio propio en el marco de una ciudadanía que, es lo más probable, mirará desde la distancia la primera competencia electoral desde la apertura de la caja de pandora del financiamiento electoral. Triste espectáculo, anticipamos, de una élite política que pareciera no ser capaz de procesar en su justa dimensión el impacto que ha tenido, para una gran mayoría de chilenos, el encontrarse cara a cara con lo peor de las malas prácticas y con la oligarquización desenfrenada que décadas de política elitista han generado en nuestro sistema político.

Dado este contexto, ¿qué podemos decir de las organizaciones sociales y políticas ubicadas en la periferia izquierda del campo político?; ¿qué formulas ensayan, qué estrategias buscan desplegar para revertir su muy posible mantención en condiciones de exclusión respecto a las instancias de representación y gobierno local?

Más allá de las variadas evaluaciones relativas a la importancia de la disputa electoral –discusión por lo demás eterna en el heterogéneo mundo de la izquierda-, resulta clara la presencia de un progresivo reconocimiento de su importancia como instancia no solo de visibilidad política, sino que también como oportunidad para la construcción de una masa crítica con capacidad programática y de interacción con el mundo social. Los recientes ejemplo de PODEMOS en España, sumados a los no tan recientes casos de movimientos políticos de izquierda que, en América Latina, emergieron como alternativa de poder luego de décadas de construcción en el ámbito de los gobiernos locales, muestran de qué manera la disputa por el poder y la representación municipal es un terreno clave para la construcción de alternativas capaces, viables y cercanas con el mundo social que sean capaces de disputar eficientemente el poder político. Y es que, a fin de cuentas, el ámbito de la política municipal constituye un lugar clave a la hora de producir la articulación entre el lugar abstracto de los principios y el lugar concreto de las necesidades y aspiraciones locales o, para decirlo de otra forma, el lugar en el que el sentido de lo político adquiere inmediatez y proximidad.

Disputar el poder y la representación política a nivel de los espacios locales, sin dudas, no se reduce a la disputa por la obtención de sillones edilicios ni de cupos en los concejos. Son muchos los ejemplos de liderazgos locales que han sido capaces de generar efectos concretos sobre la vida de las comunidades sin la necesidad de ocupar un lugar en la institucionalidad comunal. Y sin embargo, lamentablemente son igual de claros los ejemplos que dan cuenta de los límites que dichos efectos tienen cuando la propia institucionalidad local no se encuentra articulada con dichas acciones. Por ello es que, necesariamente, la búsqueda por hacer de la democracia una práctica cotidiana en los espacios locales, incentivar la participación de las comunidades locales en la toma de decisiones institucionales, ser capaces de anteponer el interés social por sobre el empresarial, ser un instrumento para la defensa de los derechos sociales y promover proactivamente el buen vivir en el espacio local, constituye un horizonte solo posible de materializar en la medida en que se tenga la capacidad de acceder al espacio institucional representado en el poder comunal.

Pero la importancia de la disputa municipal, evidentemente, no solo se reduce a la escala local. Pretender ser una alternativa de poder con capacidad transformadora y no un puro instrumento de reproducción de lo dado implica, entre otras cosas, manifestar prestancia para traducir los principios en acción concreta, y expresar por otro lado una voluntad efectiva y no solo retórica de articulación política y construcción de mayorías. ¿Cómo es posible, si no, construir un proyecto de sociedad alternativo?; ¿cómo podrá gobernarse un país si no se manifiesta experiencia ni capacidad de gobernar un municipio?; ¿cómo construir una mayoría por los cambios si no existe capacidad de construir acuerdos con el vecino?

Ahora bien, ¿cómo se ha hecho cargo la izquierda de estos desafíos asociados a la disputa por el poder comunal? La observación del escenario previo a la configuración del marco definitivo dentro del cual se gestará la próxima elección municipal no deja lugar al optimismo.

En primer lugar, no es posible avizorar la existencia de una orgánica política que sirva de fuerza gravitacional para articular en torno suyo a la diversidad de liderazgos y organizaciones con pretensiones de participación electoral. Concretamente hablando: no existe la posibilidad formal de constitución de una lista de cobertura nacional que exprese la confluencia de aquellos actores identificados con las ideas de transformación y democratización sociopolítica. A más de 25 años del retorno a la democracia político-electoral, la producción de una identidad política sólida, permanente y dotada de un instrumento formal para la disputa político-electoral sigue siendo una tarea pendiente que obliga, periódicamente, a la generación de estrategias ad-hoc para las coyunturas político-electorales, estrategias cuyo común denominador ha sido, inexorablemente, su ineficacia.

Como consecuencia de lo arriba señalado, lo más probable es que las elecciones municipales de octubre próximo sean el escenario de un estallido de candidaturas e iniciativas que generarán el doble y negativo efecto de 1) estimular una intra-competencia con el previsible resultado de reducción de las posibilidades de éxito y 2) exponer un cuadro heterogéneo de iniciativas y ofertas difícilmente identificables por parte de la ciudadanía.

Más allá de uno que otro éxito en el levantamiento de iniciativas electorales capaces de activar la movilización de los ciudadanos y de generar confluencia y articulación, es altamente probable que el día posterior a las elecciones municipales no tengamos mucho nuevo bajo el sol: un escenario en que la Nueva Mayoría y Chile Vamos atraigan a la gran mayoría de los electores efectivos, con un nivel de abstención cercano o superior al 50%, y con una izquierda ubicada exactamente en el mismo lugar de impotencia e irrelevancia, prometiendo que, ahora sí, el futuro será distinto.

 


Académico de la Universidad Los Lagos