La ostalgia es un fenómeno cultural en el que se siente nostalgia por ciertos elementos pertenecientes a la vida en los sistemas socialistas del este de Europa (principalmente por la ropa, comida, arquitectura, diseño gráfico, etcétera) propio de la generación post-Guerra Fría, que en la medida que las redes sociales se masificaron, logró pasar de ser algo radicado en las poblaciones de los ex-estados socialistas, a una tendencia general, pero que al mismo tiempo perdió parte de su profundidad histórica (al transformarse en parte de la mercado turístico). La imágenes de monumentos, objetos de consumo, arquitectura, libros, etcétera producidos en los países del Bloque del Este, llenan perfiles de Tumblr, Facebook, Pinterest y páginas como Hyperallergic, pues han adquirido un estatus de culto, son algo “especial” en la medida que da cuenta de gustos sofisticados. Podríamos decir derechamente que la estética soviética hace tiempo que despierta fascinación en un público masivo (ya no es de nicho), sin embargo, esto no se traduce en alguna idealización febril de la vida en las repúblicas socialistas, pues el interés en el diseño soviético se fundamenta únicamente en el goce que las formas producen y por qué no decirlo, el romántico encanto de la ruina que John Ruskin teorizó. Ahora, habría que ser justos y decir que el gusto contemporáneo por la ruina exhibe características mucho menos metafísicas que durante la época victoriana, pues en gran parte es funcional a la estetización y adelgazamiento de la historia y el recuerdo del pasado.

IMAGEN 1 (Pie de foto - Monumento a los Partisanos de Kosmaj que combatieron en la IIGM, Serbia)

Monumento a los Partisanos de Kosmaj que combatieron en la IIGM, Serbia

Podríamos decir que es sobre la ruina que Camila Ramírez intenta construir su último proyecto Alzada y Caída, expuesto en el Museo de Arte Contemporáneo Sede Quinta Normal (MAC QN), en el la artista explica que “Es una síntesis histórica del alzamiento y caída de las utopías, materializadas en formas que se ponen de pie a pesar de un eventual derrumbe. Son figuras sin armazón que contienen la fragilidad de una ideología”. Ramirez realizaría dicha operación en dos salas contiguas, mediante la reproducción de monumentos de la antigua Yugoslavia con estructuras inflables rojas (similares a las de los juegos de niños) y trabajos bidimensionales donde se perciben las siluetas de los mismos. El espacio donde se ubican los inflables deja muy poco lugar al espectador, pero me temo que eso es un problema del museo y no tanto de la artista; mientras que la segunda sala es mayormente irrelevante, con trabajos de un carácter sutil y un tanto galerístico (comercial) que poco tienen que ver con la dimensión evidentemente instalativa de los inflables. Parece haber de entrada una desconexión entre esas dos salidas materiales del proyecto y si bien eso podría ser atractivo en otro contexto, la sobredeterminación política que la misma artista hace de su obra en la misma exposición, y también en lo que se escribe de ella en el muro y en la prensa le juegan en contra.

Reproducción Inflable de un Monumento yugoslavo

Reproducción Inflable de un Monumento yugoslavo

Monumento a la Revolución del Pueblo de Moslavina, Croacia

Monumento a la Revolución del Pueblo de Moslavina, Croacia

Si bien el tema y las imágenes que Ramírez utiliza en esta exposición son extremadamente interesantes, pues en si mismas permiten reflexionar en torno a la historia (no lo digo yo, lo dice el mismo Ruskin cuando afirma que en la ruina se hace visible el paso del tiempo y cómo este nos afecta), la exposición tiene serios problemas de coherencia en lo que respecta a su propuesta y materialización. Parece haber una excesiva pretensión intelectual en el trabajo que sobrepasa cualquier medida, principalmente porque en tanto que contemporáneo a Ramírez, tengo total claridad de la superficialidad y banalidad de la nostalgia de la que somos afectos ambos (a mi también me fascina el diseño soviético). Recuerdo de hecho el post donde vi por primera vez dichas imágenes y no era precisamente una página sobre pensamiento contemporáneo, cinismo o siquiera política a secas, era una más de las infinitas páginas web hechas para procrastinar y por qué no decirlo, “parecer” más cool de lo que somos.

Creo que si bien el proyecto es de una pulcritud técnica y de formas alta, eso no se traduce de modo alguno en la “sofisticada” propuesta que antes cité, si bien podemos teorizar acerca de los motivos por los cuales el mundo soviético nos atrae tanto, eso no es necesariamente homologable a elaborar teorías generales sobre los monumentos, la historia y por qué no, de la nostalgia. Por lo demás, la “reflexión” sobre el mundo, llamémoslo “post-histórico”, es algo bastante recurrente dentro del pensamiento europeo, un tópico ampliamente discutido donde ha operado no sólo la Historia, sino que la sociología, la antropología, los discursos de la memoria, del post-trauma, entre otros.

Personalmente, creo que fuera del discurso grandilocuente del artista que quiere hablar la lengua “internacional del arte contemporáneo” y al mismo tiempo, adscribirse a las poéticas que repiensan el proyecto moderno (una de las vertientes que Terry Smith ubica dentro del arte actual), Alzada y Caída da cuenta de cómo ciertos artistas contemporáneos dialogan íntimamente con la cultura de internet, del hipervínculo y el infinite scrolling. Ramírez es de algún modo, una artista que colecciona imágenes inmediatas y descontextualizadas, esto es, formas que a pesar de poseer historia y ser detonantes de memoria casi ineludibles, no ofrecen simbolismo alguno, pues fueron hechas para su consumo instantáneo. Son imágenes propias de la “era transestética” de Lipovetsky y Serroy, donde el “hiperconsumo” es revestido de características culturales o artísticas para así camuflar el deseo como un interés intelectual y no simplemente una pulsión inexplicable.

Otro problema que percibí en la obra, fue la segunda –y quizá más insoportable– pretensión cultural, donde Ramírez opta por repensar a la modernidad desde imágenes absolutamente lejanas a nuestra propia versión residual de lo moderno. Y aquí no es que esté apelando a un chauvinismo populista de “defender lo chileno”, sino que me parece que detrás de dicha opción, se esconde una intención secundaria de “internacionalizar” su proyecto y lograr exponerlo en diferentes lugares (¿bienales?), sin el impedimento lógico que implica trabajar con lo local, es entonces una obra internacional en toda su amplitud. Pero esto, se ve parcialmente explicado por la fuente de la cual provienen los motivos con que Ramírez trabaja, en este caso no hay vínculo con el objeto en sí (el monumento, la historia del bloque del este, la ruptura del orden moderno luego de 1990, etcétera), sino que sólo con su imagen espectacular.

Los grandes cuerpos etéreos que se exponen en la segunda sala del MAC QN, si bien aspiran a simbolizar la disolución de las ideologías en el horizonte contemporáneo, paradójicamente simbolizan lo etéreo de la misma propuesta, donde el discurso grandilocuente parece ser vacío y “lleno de aire”. Pero de cualquier modo, esas son cosas que pasan cuando se aspira a pensar desde la crítica institucional siendo políticamente correcto. Esto debería llevarnos (y aquí incluyo al gremio de críticos, teóricos y curadores) a replantearnos la manera en que entendemos la interacción arte y política, cuando nos vemos cruzados por una cultura totalmente integrada a las prácticas neoliberales, incluso al interior de los campos intelectuales como el propio museo. Los “juegos inflables”, junto con los trabajos bidimensionales de Ramírez, ofrecen una versión kitsch y condescendiente de crítica a la historia y el declive del proyecto moderno, pero al mismo tiempo, lo hace de tal modo que para el turista cultural promedio o el público contemporáneo indulgente, esto parezca satisfactoriamente intelectual. De hecho, durante mi visita el lugar donde más selfies fueron tomadas, fue precisamente en el área inflable.


Teórico y Crítico de Arte, Universidad de Chile