Un presidente ideal, sea un hombre o una mujer, debe ajustarse a cierto perfil compatible con el mundo de hoy. Un perfil ideal debiera considerar ciertas competencias básicas y una sólida experiencia para enfrentar los delicados problemas que afronta la especie humana en la hora presente. Hay cuestiones económicas, políticas, militares de nivel mundial -para no mencionar el calentamiento global, las migraciones y un largo etcétera- que deben ser encaradas con inteligencia, sensatez y serenidad. Un presidente debiera contar con una consistente mirada histórica y una vida personal austera fundamentada en el amor a su pueblo y, por extensión, a toda la humanidad.

Un presidente ideal debiera ser uno de los mejores entre los suyos, un hombre o una mujer capaz de conjugar la grandeza, la sensibilidad con la lucidez y la determinación en las horas complejas. Este ideal se torna tanto más delicado cuanto más determinante es el país que se dirige. De hecho, la historia registra el ocaso de grandes naciones en manos de líderes corruptos, fanáticos, idiotas o simplemente incompetentes. Por ello, la elección de un primer mandatario no es una cuestión menor, después de todo, el rostro de ese hombre o esa mujer será el rostro ante el mundo de una nación entera.

En la actual disputa electoral estadounidense se impone, como nunca antes, el contraste entre la figura ideal de un estadista de la primera potencia mundial y la triste realidad de los aspirantes a la Casa Blanca. No se trata, tan solo, de un problema de “decoro nacional” -que también lo es- sino del eventual curso de la política mundial. Es cierto, ni Hillary Clinton ni Donald Trump se ajustan plenamente al perfil, pero en el caso de este último habría que decir que no solo no se ajusta al ideal sino que se instala en la antípodas. En efecto, sus bárbaras y toscas ideas, sus ademanes vulgares y su bufonesca actuación lo hacen incompatible con la dignidad que debiera tener la primera magistratura de los Estados Unidos.

Y sin embargo, este demagogo ha logrado convertirse ya en el triunfador de las primarias republicanas. La verdadera preocupación no reside tanto en la mediocre existencia de Donald Trump, sino en el hecho de que un segmento importante de norteamericanos se identifiquen con él. Su éxito pone en cuestión la seriedad del Partido Republicano y, más grave aún, pone en entredicho la consistencia de las instituciones democráticas en los Estados Unidos. La presencia de un candidato que ha hecho del odio y la insensatez su discurso político, no solo hace de su figura el hazmerreír en todo el orbe sino que degrada una contienda electoral a un decadente circo mediático que compromete el “decoro nacional”. Imaginar a Donald Trump como presidente de los Estados Unidos haría realidad aquel lejano capítulo de Los Simpson, sumiendo al país en un grotesco cartoon de alcance planetario.


Académico