El barroco colonial, aliado a la ciudad letrada, constituyó desde su imposición inicial ese horror vacui que se traduce en un horror al vacío, pues el exceso propio del barroco es también su acontecimiento sin fin. Un horror que puede ser el mismo horror a la identidad o al propio mestizaje en nuestro paisaje inaugural de país. Y un horror tan actual en nuestro mapa de migraciones y racismos que se vive tanto en dimensiones cotidianas como de alta complejidad cultural. Escenarios y efectos que todavía no hemos pensado mucho. Quizás la puesta en escena de “Inútiles”, reciente obra de teatro estrenada días atrás en Sidarte por la compañía de Teatro Sur y dirigida por Ernesto Orellana, nos entrega algunas señales o pistas posibles para pensar “lo actual” desde los momentos fundacionales del país, comunidad “imposible” o “imaginada” que algunos llaman Patria, otros Chile, otros República, todas estas denominaciones diferenciadas que apuntan a nociones diversas y contradictorias de comunidad, ideologías e idearios conservadores o libertarios. Un territorio donde la elite ha funcionado como una pequeña genealogía de batallas más bien obscenas y donde históricamente, los expulsados del poder son la base diezmada de esos triunfos.

Foto:Felipe Fredes/Fundación Teatro a Mil

Foto:Felipe Fredes/Fundación Teatro a Mil

Una doña que no es doña, sino una hipérbole del patriarcado inscribiendo a una mujer aristócrata, viuda de un coronel en una perturbadora versión de lo femenino perverso que distorsiona la realidad, es un acierto. Actuada magistralmente por Tito Bustamante, la Doña traduce con una eficacia paródica interesante, bufonesca, hilarante, una torsión necesaria para ver lo que hace el poder en su configuración de lo femenino, es decir cómo se construye ese arquetipo de mujer-no mujer en el poder. Recuerdo esa premisa magistral deleuzeana: un devenir mujer nunca es mayoritario. La decisión que sea un actor quien da realidad a la doña, es lucida y efectiva en la medida que se esboza o se descubre esa mueca masculina escondida por la institucionalidad que no requiere ningún cambio. La doña perversa, conservadora y barroca a la vez, no es Lucrecia Borgia, ni Ana Bolena, ni la Quintrala, más bien es la herida en la superficie de un miedo, de un pánico constante para seguir conservando el poder. La doña funciona además como espejeo de otros nombres de la historia política-paródica de Chile y recordable finalmente en el imaginario de la dictadura como Lucia Hiriart, el icono mayor en ese registro.

Me interesa además destacar la estrategia del director en su trabajo dramatúrgico, es decir re-construir discursos de los personajes de “La patria”: héroes canónicos, políticos de salón, curas coloniales y neo-liberales, políticos actuales y muertos en vida. Es decir, el discurso de la nación como un pastiche, el discurso de la identidad agraviada por la lujuria del dominio, de la posesión. Quizás la historia de Chile es finalmente una postal recortada y pegada según los intereses del “Armador” de turno. Una historia que imaginariamente en la obra de teatro funciona en “La Frontera” en el siglo XVIII, que cita a la frontera construida por el Estado Chileno y su “Pacificación de la Araucanía”, impresionante eufemismo de la guerra y genocidio avalado por la historia nacional contra los mapuches.

“Inútiles”, toca otra frontera, la literaria y en ese campo permite un alcance, no solo semánticamente con un texto de Jorge Edwards, “El inútil de mi familia”. Es curioso que la razón de Edwards de re-construir la historia de uno de los cronistas destacados de la oligarquía criolla, su tío, pueda servir para pensar en Joaquín Edwards Bello como un autor desclasado, repudiado por su clase, y que su familia despreciaba sutilmente dándole el calificativo de inútil. A los dandis se les ha catalogado en la historia como inútiles. Cuestión que se relaciona quizás en un ánimo de época, donde la emergencia burguesa y la modernización capitalista requieren utilidad corporal y eficiencia de clase de todas capas de la sociedad. En esa perspectiva, se puede leer que creadores o artistas rechazaron esa productividad material en beneficio de una productividad simbólica, es decir, inútil. Aunque lo simbólico tiene efectos materiales. La idea de los inútiles fundacionales en la obra es quizá uno de los puntos que me parecen más cuestionables. La metáfora es bella y confusa, requiere abrirse más, aunque sabemos que el poder o los poderes, han construido formas y estrategias para integrarnos hegemónicamente en metáforas de inclusión, diversidad y utilidad.

Foto:Felipe Fredes/Fundación Teatro a Mil

Foto:Felipe Fredes/Fundación Teatro a Mil

 

Por otra parte, los personajes del obispo y el hacendado, son excelentes lugares del engranaje posible, entre el acuerdo y la sucesión de poderes, el contrato espiritual y la posibilidad de apoyo mutuo entre lo factico y el “alma” (como emprendimientos que apuntan al mismo designio hegemónico: dominio de almas y territorios) Las actuaciones de Guilherme Sepúlveda y Nicolás Pavez, son notables, frescas, y entre varios elementos, hay aciertos en tonos de voz identificables con el habla estereotipada (el cuico-hacendado y el cura español de consenso, todos estos, elementos y coloquialidades que identifican modos e ideologías) La invisibilidad del mestizaje, su puesta en escena decorativamente y luego como chamana o voz de la tierra, configuran un espectro, actuación de Tamara Ferreira, que logra con su voz resaltar una pena de extrañamiento y una presencia perturbadora. El esclavo-mozo y el monstruo, Eric Melo y Tomás Henríquez, dan cuenta de una relación actual con el racismo y la cultura del emprendimiento y ascenso dentro de la miseria del sistema. La pelea brutal entre estos dos personajes, es un signo o más bien un síntoma de una pervertida relación entre una cultura abiertamente individualista y temerosa del “otro” no legítimo.

“Inútiles”, es sin duda una tormenta cuestionadora de los mitos fundacionales de esta comunidad imaginada que llamamos Chile. Nos advierte, nos reímos de nuestros propios males y perversiones. Chile es una sátira, no es necesario siquiera pensar en el género convocado en la obra. El logro del montaje es su alcance político y sus preguntas transitan sobre lo que soñamos de nosotros como comunidad imaginada y finalmente en que nos hemos convertido.

FICHA TÉCNICA

  • Compañía: Teatro Sur
  • Dramaturgia y Dirección : Ernesto Orellana
  • Elenco : Tito Bustamante, Nicolas Pavez, Guilherme Sepúlveda, Tamara Ferreira, Eric Melo y Tomás Henríquez.
  • Diseño integral y gráfica : Jorge Zambrano.
  • Vestuario : Muriel Parra y Felipe Criado
  • Composición Musical : Marcello Martínez.
  • Maquillajes : Camilo Saavedra.
  • Producción : Teatro Sur

Más info en www.teatrosur.cl