Decenas de miles de refugiados provenientes de remotas regiones devastadas por la guerra, la miseria, la hambruna, llaman a la puerta de la gran casa de occidente. Confían en que al otro lado de la puerta encontrarán condiciones favorables, aquellas que les han sido negadas en su tierra de origen, para vivir una vida digna de ser vivida. Pero los visitantes han tomado por sorpresa a los dueños de la casa, ahora improvisados anfitriones, que se quedan mirando pasmados por el ojo de la puerta mientras los golpes y los gritos no dejan de atronar allá afuera. Los dueños de casa van de un lado a otro, confundidos, malhumorados, gritando que ya van a atender; que abrirán luego. Son maniobras dilatorias. Mientras tanto preparan la compra de más candados, trabas y cerrojos. Tarde o temprano, advierten, no tendrán más remedio que abrir la puerta para dejarlos entrar o para soltar a los perros.

Un párrafo como el anterior puede servir para ilustrar la actual crisis de refugiados, esa que tiene por las cuerdas a los líderes de la Unión Europea y que, se nos dice, es la más grande desde la segunda guerra mundial. Pero también serviría para ilustrar otra crisis de refugiados mucho más antigua, aquella que por los siglos IV y V fustigó al Imperio Romano, en lo que popularmente se conoce como invasiones bárbaras. No es ocioso detenerse a analizar los paralelismos entre ambos fenómenos. Pienso que las simetrías históricas pueden resultar muy útiles en la medida en que quien las proponga no se quede entrampado en una suerte de resignada constatación de un mal entendido eterno retorno a lo idéntico. La historia no se repite, decía Mark Twain, pero rima. Y si miramos al pasado en busca de una rima apropiada nos es dado, como indicaba Umberto Eco, disponer de una imagen histórica con arreglo a la cual podremos medir tendencias y mirar mejor nuestro propio tiempo. En eso consistirá el ejercicio propuesto a continuación.

Refugiados de antes y de ahora: los bárbaros de siempre

Hacia el año 370 d.C., el emperador Valente recibía una noticia inesperada: un aluvión de gentes presionaba la frontera militar del Imperio romano en el río Danubio, clamando por asilo. Como cabría esperar, la primera reacción fue de estupor ¿Quiénes eran?  Bárbaros eran, sin duda. Porque por entonces esa palaba ?“bárbaro”? era de gran utilidad; evitaba complicaciones. Servía para motejar a todo otro, todo aquel que no perteneciera al ordo romano. Para el caso, se trataba de godos. Pero, ¿qué los movía?  ¡Otros bárbaros! Los godos sostenían que se habían visto obligados a emigrar desde sus tierra empujados por la llegada de otro pueblo nómada desconocido hasta entonces, los hunos, que había alcanzado el otro lado del Danubio. Su avance era arrollador y no parecía detenerse.

Compárese este escenario de una doble crisis: crisis de seguridad, por un lado, y crisis humanitaria, por otro, con lo que acontece por estos días. Ambos, los refugiados del siglo XXI y los del siglo IV, claman por la apertura de las fronteras y la oportunidad de comenzar una nueva vida. Encontramos también la sombra de otro actor aún más difuso que los ya indeseables intrusos que aguardan junto a la puerta. Llámese ISIS,  llámese Al Qaeda, son los nuevos hunos, esos bárbaros de los que muy poco sabemos. Pero una cosa debiese parecernos obvia: son los enemigos declarados de la civilización, los enemigos de occidente.

Por cierto, hay una simetría más fundamental que enlaza la crisis que observamos hoy con aquella que debieron afrontar los romanos. Me refiero al abismal desconocimiento respecto a aquellas gentes que están al otro lado de la puerta. Todo lo que envuelve a la actual crisis de refugiados es algo de lo que se sabe en verdad muy poco. Los medios de comunicación administran esta ignorancia. No nos dicen más que aquello que los cronistas romanos, antojadizos tejedores de leyendas negras, escribieron respecto a los bárbaros. Se nos dice, por ejemplo, que los refugiados proceden de Siria, Palestina, Irak ¿Conocemos bien las causas de los conflictos que han asolado a estas naciones? Pensamos vagamente en las gentes que habitan esas exóticas regiones de medio oriente. Pensamos, sin pensarlo, que árabe y musulmán son palabras sinónimas.  Que ser musulmán es ser fanático y, de ahí en más, terrorista. Que la crisis es una condición hereditaria y esencial de estas extrañas gentes. No en vano ellos son los otros de siempre, nuestros enemigos de siempre ¿Sabemos, por otro lado, que muchos de los refugiados provienen de África, de Yemen, Sudán, Somalia, Eritrea, Sudan del Sur, Nigeria, República Centroafricana? Pero, ¿es que África tiene alguna importancia para occidente? ¿Alguna vez la ha tenido?

La crisis no es de los refugiados.

Regresemos, una vez más, al siglo IV. Tras largas cavilaciones, el emperador Valente, lo mismo que Angela Merkel y otros líderes europeos de la actualidad, decide preliminarmente acoger a los miles de refugiados que solicitan asilo al Imperio. Pensándolo bien, estas gentes podían serles convenientes. Muchos godos estaban ya “romanizados” (muchos profesaban el cristianismo arriano y no pocos sabían griego y el latín), de modo que podrían servir en el ejército (de hecho, varios individuos provenientes de diversos pueblos bárbaros conformaban ya el ejército romano). El truco estaba en planificar su integración. Así también, la Unión Europea, con una tasa de natalidad muy baja, precisa de mano de obra para seguir siendo competitiva. Los refugiados bien que pueden servir a esos propósitos ¿Por qué no abrirles la puerta?

Se sabe, sin embargo, que la política humanitaria de Valente fracasó, por razones más ligadas a la impericia diplomática demostrada por los romanos que a una actitud belicosa de parte de los godos. Lo cierto es que aquel episodio del Danubio concluyó en una gran rebelión de los refugiados y en una inesperada derrota del ejército romano. Era la primera de muchas otras que vendrían hasta la desintegración del Imperio en occidente.

La caída de un orden sigue siendo la peor de las pesadillas para los anfitriones del presente. Y por eso no es casualidad que en la escuela nos enseñen a memorizar que los llamados “bárbaros” fueron los responsables de la decadencia y caída del Imperio romano. Pero, si miramos con atención, el ingreso de los “bárbaros” a Roma solo vino a precipitar una crisis preexistente, una crisis estructural del orden sociopolítico y económico imperial, una crisis que se arrastraba desde siglos atrás. Lo que hicieron los bárbaros fue poner en evidencia al sacrosanto orden romano, supuestamente macizo, indestructible, dejando ver lo que en realidad escondía: el desesperado intento de avasallar un mundo complejo, demasiado inestable, demasiado diverso y, sobre todo,  conmocionado desde dentro y desde sus orillas ¿No es eso también lo que esta crisis le enrostra al orden actual?

Tiendo a pensar que la crisis no es de los refugiados. Son los refugiados los que nos muestran la profunda crisis en la casa de occidente. Esta casa viene tambaleándose desde hace rato; es insegura, tiene grietas, está sucia, salpicada con infinidad de colores, desordenada, impera la desconfianza, se pierden cosas, algunas para siempre, está toda revuelta, da claustrofobia, es estresante, interesante, insufrible, fría, muy fría,  húmeda, poco iluminada, poco acogedora,  en ciertos rincones es prácticamente invivible. Y ahora más que nuca corre peligro de derrumbe inminente. Es violenta, cada día más violenta desde todo punto de vista. La principal violencia es doméstica. Y eso los latinoamericanos, occidentales a regañadientes, por obra y gracia de un secuestro, lo sabemos bien. O debiésemos saberlo bien ¿O se nos olvida que, no hace tanto, los anfitriones de occidente, con el pretexto de que nos estábamos portando mal dejándonos barbarizar por ideologías bárbaras, decretaron, geopolíticamente inspirados, la tortura, la desaparición y el exilio de millares de personas por estas tierras? ¿Se nos olvida que, no hace mucho, nos obligaron a ser refugiados? ¿Qué les prohíbe volver a hacerlo?

Volvamos por una última vez al siglo IV. No se olviden que estábamos rimando, y la rima consiste en saber hacer coincidir, pero siempre con una diferencia.

En favor de los romanos puede decirse que ellos no provocaron directamente la crisis humanitaria de los godos en el Danubio. En cambio, sí es posible afirmar que los actuales anfitriones de occidente son los principales responsables de la crisis humanitaria de la que tanto se lamentan. Aquellos que diplomáticamente amontonan muebles detrás de la puerta, los países ricos y poderosos, los mismos que asolaron África, los que invadieron Irak, los que últimamente amenazan con levantar un muro para los mexicanos, esos que se martirizan por tener que lidiar con el tremendo peso de los emigrantes que huyen de la miseria, esos mismos son los responsables directos de haber creado esta crisis, los responsables de destrozar todas esas vidas en mil pedazos. Los actuales anfitriones de occidente son los que día a día esparcen la miseria sobre el mundo, obligando a millones a echarse a andar por los caminos de la inseguridad que ellos mismos han pavimentado, con el insostenible pretexto de que eso es lo que debe hacerse para mantener un orden que es más ilusorio que real.

No basta, entonces, con abrirles las puertas a los refugiados. Hay que ir pensando en reconstruir la casa, hacerla toda de nuevo, desde los cimientos, porque la casa de occidente se está cayendo.


Profesor de Lengua Castellana y Comunicación UAHC. Doctor en Literatura Hispanoamericana y Chilena por la Universidad de Chile.