La narrativa política es un concepto escurridizo. Suele interpretarse como la suma de las declaraciones públicas que hacen los distintos funcionarios y eventualmente se le agrega la publicidad oficial. No es simplemente esto. La narrativa es la epopeya del gobierno, según el diccionario: “Composición literaria en verso en que se cuentan las hazañas legendarias de personajes heroicos, que generalmente forman parte del origen de una estirpe o de un pueblo.”

La narrativa política, entonces, puede verse como un mito original en tiempo presente.

La narrativa claramente feminista, ubicada en una tradición universal, se abría paso absorbiendo las demás corrientes de pensamiento y diluyéndolas; hasta temas ríspidos como la reforma educativa confluían en el gran torrente de las demandas de género y aunque no se perdían del todo se sobrellevaban con cierta solvencia, por ejemplo: en el inmenso debate de la educación pública se incluía el libro “Nicolás tiene dos papás” y esto generaba un remolino en el río del pensamiento colectivo que empezaba a girar en torno al debate por el debate mismo, a favor o en contra, desde el sentido común o la teoría académica, siempre con vehemencia. Otra ejemplo de este tipo fue el anuncio de un proyecto sobre el aborto con indicaciones para la tenencia de mascotas, desató comentarios burlones que llenaron muchos minutos de debate, pero nadie señaló que se tratase de la fuerza de atracción de la narrativa.

Así el gobierno remontaba la contingencia como en un crucero fluvial que se veía atractivo desde las orillas, pasajeros y tripulación se mostraban dichosos llenando de sentido cada momento cotidiano.

Pero un día esta situación discursiva acabó repentinamente y digo situación discursiva a secas porque no es que, como ciertos personajes de leyenda, el gobierno ingresara en tierra desolada (desolación discursiva) en donde lo favorable se convierte en adversidad dando lugar a la lucha del protagonista que lo llevará al desenlace feliz, sino que acabó y punto.

Trascendió que el hijo de la presidente había obtenido de un banco privado un crédito exprés por varios millones de dólares, con la sola garantía de su palabra, pues la S.R.L. con que lo recibía apenas contaba con una oficina alquilada y un par de computadores de garantía y se revela, simultáneamente,  sobre un negocio inmobiliario pues con esa misma plata habría comprado unos terrenos poco antes de que se modificara el evalúo fiscal de la zona en que se encuentran y que había vendido obteniendo una ganancia de unos dos millones de dólares.

Un hecho que apenas podría calificarse como “especulación con información de privilegio” y que en Argentina hubiera pasado casi desapercibido, de hecho Néstor Kirchner fue encontrado culpable de esto mismo por especular con dos millones de dólares anticipándose a una devaluación de la que, sin dudas, tenía conocimiento.

Nadie se acuerda allá de aquel hecho que apenas ocupó algunos espacios durante unos días y finalmente cayó en la trivialidad. Incluso al actual presidente y a su entorno se lo acusa desde el parlamento de haber especulado de este modo comprando dólares a futuro por una cifra cercana a los doscientos millones de dólares.

Sin embargo en Chile, este solo acto significó el fin de la narrativa que tan bien venía, como si en el medio de la película se hubieran encendido las luces de la sala cortándose la “suspensión del inverosímil”, que básicamente consiste en un acuerdo  implícito con el espectador para que deje su incredulidad de lado y pueda sumergirse en la ficción. El gobierno siguió, tal como siguen las películas con la luz de la sala encendida, pero la narrativa ya no era verosímil. La presidente había quedado completamente despolitizada y esto fue evidente para todas y todos.

¿Qué fue lo que causó la despolitización de Michelle Bachelet? ¿Las dudas sobre su integridad? ¿Las dudas sobre los patrones morales de la clase alta? ¿Las cifras que se manejaban? ¿El puritanismo chileno que no admite nada de esto? ¿La habilidad de la derecha para volcarlo a su favor? ¿El reflote de las teorías sobre populismo y corrupción?

Nada de esto, sino que fue un “clic”; en el sentido que se le daba antes a la onomatopeya: algo como el castañeo de los dedos del mago, y si hubiera que buscar un responsable no es la prensa sino quien tuvo la idea de inducirla al rol de “dueña del hogar”.

Recordarán que por momentos daba la impresión de que se iba derivando hacia la teleserie, con detalles como el de su nuera impidiéndole que viera a sus nietos o la posición de madre en la que se hizo énfasis desde todos los ángulos incluso para agredirla, la ambientación del estudio en donde Don Francisco le hizo el reportaje cuando anunció el recambio del gabinete remitía a un espacio casi hogareño, para colmo cuando demanda a la revista Qué Pasa también se juega con la línea divisoria entre el espacio público y su espacio privado, pues hace la demanda como una ciudadana común pero fija domicilio en el Palacio de la Moneda, incluso más: cuando los estudiantes secundarios invadieron el patio, desde distintos sectores de la Nueva Mayoría -si bien algunos reconocieron que las demandas eran atendibles- reprocharon al unísono que no hubieran respetado “la casa de la presidente” convirtiendo a la sede administrativa del gobierno en un domicilio privado  violentado.

Se borró la línea que separaba el espacio público del espacio privado, tal como los presenta Hanna Arendt en La Condición Humana, y fue despolitizada al grado que la prensa especializada la calificó de “anémica”.

Al borrarse la línea que separa el espacio público del privado, se puso en contacto el calor del hogar con el frío de la calle y se produjo la muerte térmica de una narrativa, la entropía de un conglomerado político, la despolitización de una líder de proyección continental y -con los hackeos de computadores,  las interferencias telefónicas y la vulneración de nuestra información sensible- la despolitización nos acecha a todos desde hace tiempo.

 

 

 


Guitarrista de punk rock