El pasado mes de julio, la radio militar israelí, Galatz, dedicó un espacio a la poesía del palestino Mahmud Darwish (1941-2008), donde se leyó uno de sus poemas más famosos: Carnet de identidad. La radiodifusión causó un enorme revuelo en Israel, especialmente por el pronunciamiento de autoridades de gobierno al respecto. La Ministra de Cultura israelí, Miri Regev, dijo que la radio estaba loca y que “Darwish no es israelí y sus textos no son de Israel. En esencia, se oponen a los valores centrales de la sociedad israelí”. Aún más impactante fue la reacción del ultraderechista Ministro de Defensa Avigdor Lieberman, que comparó la obra de Darwish con el texto Mi Lucha de Adolf Hitler. Para Lieberman, una frase del poema que dice “la carne del ocupante será mi sustento”, debe ser leída como una amenaza a los judíos.

Como dice Regev, en efecto, Darwish no es un israelí, sino precisamente un palestino, la identidad que Israel ha tratado de borrar por todos los medios posibles. Por eso, la segunda afirmación también es certera: sus textos no son de Israel, porque Darwish es un resistente al proyecto sionista, justamente por ser aquel un cierre de la identidad judía, un programa de esencialización de lo judío que se cierra hacia su entorno árabe. Darwish no parte su poema, sin embargo, diciendo “soy palestino”, sino precisamente con una identidad de base más amplia: “Escribe/ que soy árabe. / Soy nombre sin apodo. / Espero, pacientero, en un país / en el que todo lo que hay / existe airadamente. / Mis raíces, / se hundieron antes del nacimiento / de los tiempos, / antes de la apertura de las eras, / del ciprés y el olivo, /antes de la primicia de la yerba”.

“Escribe que soy árabe” es el mensaje que Darwish le da a un soldado israelí en un puesto de control. Le da su identidad genérica, que es la identidad de una resistencia contra el colonialismo europeo. Y ese nombre sin apodo no es el del individuo, sino el del árabe que espera pacientemente en medio de su catástrofe. Y espera porque no puede sino hacerlo, pues su existencia se encuentra comprometida con el destino de todo un pueblo. Darwish no es israelí, está claro. Pero tampoco es Hitler, precisamente aquel que exterminó a millones de personas, entre ellos muchos poetas, músicos y artistas. Lieberman parece sacar a colación al líder nazi precisamente para sacarse de encima la propia comparación, pues es él quien busca prohibir el discurso del poeta por representar un peligro para una sociedad imaginariamente pura, racialmente superior y religiosamente destinada a regir sobre un territorio.

“Escribe que soy árabe” es el mensaje de Darwish frente a quienes buscan su desaparición. Árabe, de ahí en más, significa sólo resistencia. Un modo de vida que se opone, a través de la forma de la multitud, a un proyecto de limpieza étnica. Árabe es lo inapropiable por el Estado de Israel, no una identidad esencial como el sionismo quiere la judía, sino como un flujo que se sitúa como el resto amenazante, siempre al asecho de una posibilidad de enfrenar la violencia estatal. El poeta enuncia una fuerza inagotable, que es capaz de sobrevivir a todo porque es la propia vida que el poder ha capturado a través de un estado de excepción permanente. Aún así, para existir, el poder incluye esa vida a través de una exclusión. La incorpora como mera vida para producir una vida cualificada que es la israelí. El poeta es la voz del magma que hierve bajo los cimientos de un Estado colonial, indicándole que siempre está a punto de estallar. No con odio, sino con la indiferencia de quien, al quedar despojado de todo, tiene la primera opción de transformarlo todo. Por eso el poeta es un revolucionario y Lieberman y Regev lo saben.

Es entendible la rabia de los políticos sionistas para con Darwish. Pero el poeta no se muestra vengativo, sino necesitado. Tiene hambre de justicia, de libertad, de una vida digna. “Escribe, pues… / Escribe / en el comienzo de la primera página / que no aborrezco a nadie, /ni a nadie robo nada. / Mas, que, si tengo hambre, / devoraré la carne de quien a mí me robe. / ¡Cuidado, pues!… / ¡Cuidado con mi hambre, / y con mi ira!”

La ira de Darwish, como él bien indica, no es una ira contra los judíos, ni una que pueda, incluso, ser identificada con el odio. La ira es un estado momentáneo, una rabia encolerizada que aparece en los momentos en que la injusticia se siente de la manera más profunda. Como cuando un país es ocupado, su población expulsada y asesinada a millares y su territorio colonizado. Como cuando un pueblo entero es condenado a vivir en condición de refugio y exclusión. Ahí aparece la ira de esa identidad tan difusa como persistente que es la del árabe, la del poeta Darwish. En un poema de madurez, Darwish hace aparecer a su pueblo como la antítesis del proyecto sionista. Si éste es un proyecto museificante de la identidad, el árabe es la resistencia viva; si el sionismo está dispuesto a sacrificar la ética por un triunfo nacional, el árabe se deja ver como aquel que sueña libertad sin codiciar lo del otro. “Nosotros también gritamos cuando nos traga / la tierra. Pero no atesoramos nuestras voces / en tinas ancestrales. No inmolamos carneros / en el Muro, no reivindicamos reinos de polvo, / nuestros sueños no codician las uvas del vecino / ni quebrantan la Ley” (Darwix, 2000)

No es casual que el otro país donde los poemas de Darwish han sufrido censura sea Arabia Saudita. También allí, en 2014, el Ministro de Cultura e Información argumentó que los textos de Darwish atentaban contra las leyes del reino, específicamente por ser blasfemo. Blasfemia para los wahabíes que se traduce en peligro para los israelíes. Para ambos el poeta Mahmud Darwish representa una fuerza incontrolable, el punto de fuga en el que la teología política se desvanece ante una palabra encendida.

 


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile