Alguien que no siente vergüenza es un sinvergüenza. José Piñera no siente vergüenza ni de lo que dice ni de lo que hace; ni de lo que dijo ni de lo que hizo. Ergo, es un sinvergüenza. La vida nacional está llena de sinvergüenzas como él. La transición política chilena produjo sinvergüenzas a montones.

José Piñera, como Edith Piaf, no se arrepiente de nada. La inmensa mayoría de los que apoyaron a la dictadura de Pinochet no se arrepienten ni sienten vergüenza de sus complicidades. Son todos unos sinvergüenzas. Emilio Cheyre juró que se arrepentía institucionalmente de lo que hicieron sus colegas pero mentía porque no reconoció su participación en la masacre de indefensos prisioneros políticos cuando era un tenientito inmaculado. Los políticos de la época lo aplaudieron y trataron de construir una imagen de militar arrepentido, reformado, republicano y leal. Ahora no dicen nada, no tienen vergüenza. Son  todos unos sinvergüenzas.

José Piñera, nuestra actual sinvergüenza estrella, insiste en defender su diseño de AFP, uno de los pilares económicos de la dictadura y del modelo económico extendido por la Concertación. Lo hace justamente cuando ha explotado como tema de opinión pública. Lo hace jugando, tuiteando, provocando, mintiendo, desde la posición de poder que todavía mantiene a pesar del supuesto desprestigio que tiene la dictadura que él, sin vergüenza, reivindica, con desfachatez e impunidad.

David Harvey, geógrafo marxista lúcido, acuñó el término “acumulación por desposesión” significando con eso, entre otras cosas, la entrega de las posesiones comunes a la avidez empresarial con la participación activa del Estado. El invento de las AFP es un caso paradigmático de tal entrega. Se regaló a grupos empresariales la gestión de los ahorros previsionales de los chilenos para que jugaran con ellos en los mercados financieros mundiales del capitalismo-casino. Se creó entonces un sector económico especulativo, basado en mercados cautivos, altamente regulado y, por lo tanto, con bajísimo riesgo empresarial. El “sueño del pibe” y un regalo privilegiado para el oscuro círculo de empresarios aduladores de la corte pinochetista.

José Piñera lleva más de treinta años, como un cruzado moderno de acuerdo a su propia autoimagen, tratando de vender su invento urbi et orbi. Sin embargo, en ninguna parte del mundo se lo han comprado de la manera en que lo hicieron en Chile porque la implantación de su modelo de desposesión requiere de una dictadura, requiere del terror y del horror de mazmorras y parrillas eléctricas, requiere de fusilados y degollados, requiere de desaparecidos y toques de queda; requiere de una sociedad pisoteada y asustada. En ninguna parte se ha instalado con la brutalidad que lo ha hecho aquí porque su modelo no funciona sin la perversión de personajes como Pinochet, Contreras o Cheyre por citar sólo algunos. Su implantación requiere de su arrogancia, de su maldad y de su sinvergüencería  así como su mantenimiento en el tiempo requiere que las expresiones políticas que debían representar los intereses de los afectados y subordinados,  es decir la izquierda,  queden entremezcladas, sin posibilidad alguna de distinción, con las expresiones políticas que representan a los dueños de las AFPs  y a otros dueños del país. La pervivencia del modelo necesita que políticos, concertacionistas antes y nuevamayoristas ahora, imbriquen sus vidas profesionales en los directorios de las Administradoras de Fondos de Pensiones en una urdimbre perversa e inmoral. Pero requiere también de la esquizofrenia colectiva, requiere que la masa de partidarios de “centro izquierda” se “indignen”  frente a estas aberraciones pero  sigan votando por la coalición que actualmente los representa. Requiere que lo intolerable de difumine cada vez más y quede como queja sorda mascullada en el silencio de los espacios privados o estalle como furia callejera ciega ritual, impotente y funcional al mismo sistema de dominación.

Dentro de una ideología de exterminio como la neoliberal una orden de fusilamiento o un paper de los Chicago Boys tienen el mismo poder performativo, es decir, la misma capacidad de producir realidad, de producir dolor. El funcionamiento de una dictadura necesita de una división del trabajo entre las armas, la ideología y la economía, todos ellos al servicio de la misma estrategia de dominación. Cuando las armas físicas se acallan, momentáneamente, comienzan a funcionar las armas ideológicas y económicas, las mismas anteriores pero más sutiles y subrepticias. La ideología se transforma en sentido común e invade el lenguaje que se llena entonces de eufemismos que tratan de dulcificar y embellecer el espanto de la dominación. Los despidos se llaman “desvinculaciones”; los desastres ecológicos se llaman “externalidades negativas”; la subordinación a los mercados internacionales se llama “inserción del país en el mundo”; la precarización del trabajo y al endeudamiento masivo; “reducción de la pobreza”; la sustracción de una parte de unos sueldos de miseria para financiar unas pensiones de miseria se le llama “capitalización individual; a los trabajadores y ciudadanos se les llama “clientes” …

La ideología triunfa cuando todo lo llena de lenguaje “técnico”; es decir cuando se templa, se suaviza y se convierte en ponderados y desapasionados argumentos para debatir entre “expertos”. Su carga de horror se diluye en cientos de debates fragmentarios e inocuos, condenados al empate. Cuando es sólo un ingrediente más del espectáculo mediático. Este el segundo momento del triunfo de una ideología de exterminio: aquí es cuando atrapa a sobre todo a aquellos que, supuestamente, se oponen ella, cuando la telaraña de la neutralidad técnica enreda a todos; cuando se acepta  “conversar” y ofrecer “pactos nacionales”, proponer “AFPs estatales” etc. con los herederos de aquellos que impusieron su política a sangre y fuego, cuando la  voluntad alcanza cotas excelsas de servidumbre. Cuando los subordinados hablan el lenguaje del amo y el consentimiento se hace más descarnado.

Las AFPs son antes que nada un negocio. Un suculento e inmoral negocio basado en la “capitalización” individual de los trabajadores chilenos, es decir, hermana ideológica de  la “cultura emprendedora”, de los seguros de salud, de la educación privada, del transporte y  de las carreteras concesionadas, de las costas privatizadas, en fin, de todas las políticas neoliberales iniciadas por la dictadura, corregidas y aumentadas por la Concertación y la Nueva Mayoría. Son una parte, central no cabe duda, de una constelación de prácticas que se han naturalizado y devenido sentido común incluso para una supuesta izquierda incapaz de sacudirse de los vínculos, personales, pecuniarios, valóricos, ideológicos con la derecha de diferente raigambre pinochetista. Cualquier proyecto de izquierda, autónomo, radical, potente, tiene que desembarazarse de estos vínculos porque le hace zancadillas a unos mínimos ideales de emancipación.

El debate de las pensiones debe comenzar con el cuestionamiento el robo generalizado efectuado sobre el trabajo social creador de riqueza por parte de  la dictadura y continuado a lo largo de más de veinticinco años.  Debe comenzar con el cuestionamiento de un mercado de trabajo incierto y precario en el cual se “está perenemente obligado a dar lo máximo a cambio de lo mínimo”. Debe comenzar por el análisis de la relación capital/trabajo no cabe duda, pero también debe abrirse a la posibilidad de explorar formas de solidaridad horizontales y comunitarias más allá de la disyuntiva entre Estado y privados. La reconstrucción de una sociedad autónoma, participativa, activa, cooperativa, requiere de comunidades con capacidad de enunciar sus verdades, diseñar sus proyectos comunes y enfrentarse a los dueños del país. Sólo entonces las probabilidades de que aparezcan viejos y nuevos sinvergüenzas serán menores.