Se dio a conocer la CEP y Bachelet ya está al borde del abismo. El gobierno frívolo comienza a pagar las consecuencias de la ambigüedad con que manejó sus principales promesas reformistas: pierde apoyo entre su electorado de centro izquierda y popular.

Es curioso (pero muy comprensible) que los medios tradicionales en vez de poner en el foco del problema al sector conservador del  Partido Demócrata Cristiano (PDC) – Burgos, el dúo Walker-Martínez, Perez Yoma, Zaldívar -, quienes desde un comienzo han sido los francotiradores de sus reformas, a página completa, les permiten explicar la crisis que contribuyeron a gatillar.

Todos, desde que Burgos habló hace un par de semanas han vuelto a su intento por restituir “la concertación chica” (sin el PC, Navarro y Aguiló). Ello provocó la segunda renuncia de un presidente del PS a la tienda y la expresión de diversos protagonistas de la Nueva Mayoría que señalaron que hay una “fisura en la coalición, ya insalvable”.

En la crisis, además de la incompetencia política y del neoliberalismo del dúo Eyzaguirre-Valdés, ha sido clave este sector del PDC cuyos principales actores – sin ser mayoría -, y como ya ocurrió en el pasado han permitido arrastrar al conjunto del PDC a la condición de “chantaje” que Walker, Burgos y Martínez ejercen periódicamente.

Y no es que en el PDC no exista, como ocurrió en la época de Allende, un polo progresista, aunque al igual que hoy, heterogéneo y desorganizado a diferencia de su sector pelucón, más pequeño pero compacto y con mucho financiamiento empresarial (¿se acuerdan del chef Zaldívar y los Walker?) y, por lo anterior, con mucha resonancia mediática como tuvimos posibilidad de volverlo a observar este fin de semana.

La operación “concertación chica”, que han encabezado, por ahora ha sido exitosa aunque terminé por vaciar a la coalición de su contenido reformista y la enriele definitivamente en la pura administración del poder fiscal sin amagar ni meterse con el gran empresariado. A pesar de las críticas y fieles a su estilo luego de la CEP, han reafirmado sus dichos y el documento aprobado por su junta recogió esa visión crítica.

Aunque aún les falta una batalla por ganar y en ella están poniendo todo su esfuerzo: hegemonizar el relevo ministerial y reducir al máximo la presencia del mundo crítico – Navarro y el PC – en el nuevo gabinete que resultará clave en el derrotero del gobierno en el año y medio que queda, y en los desafíos electorales que se avecinan.

En el núcleo duro de Bachelet lo saben así como son conscientes del problema en que se ha transformado Eyzaguirre-Valdés para el giro reformista que planea el ejecutivo. Esta semana, seguramente, sabremos quién ganó esa batalla.

El eje concertacionista

Los más entendidos en los vericuetos del poder, han leído en las declaraciones de los líderes conservadores del PDC – antes y después de la CEP-, solo aquello que había de operación política en ese hecho comunicacional: restablecer la hegemonía del bloque conservador de la coalición en torno a la figura de Lagos.

Tal vez sin proponérselo, han vuelto a poner a un segmento significativo del PDC – ayer fue el trio Frei-Zaldívar-Aylwin; en tanto hoy es el eje Burgos-Zaldívar-Walker-Martinez– con mucha resonancia mediática, nuevamente, como agentes anti reformas.

EL PDC: Del estatuto de las Garantías Constitucionales al programa de Bachelet

Si bien, George Grayson se fascinó en los 60’ con la atracción que ejercían los demócrata cristianos sobre la juventud chilena que se expresaba en el control de las principales federaciones de estudiantes, lo cierto es que ello es pasado: el PDC hoy no tiene ninguna presencia allí y su único vicepresidente en la CUT se conflictua siempre con su directiva.

Era la época de la guerra fría, cuando John Kennedy se obsesionó con ellos al punto que, después de Cuba, los falangistas fueron un modelo para detener el avance de los movimientos comunistas en América Latina.

Entonces, conscientemente, la DC chilena se alineó tempranamente con uno de los bloques de la Guerra Fría por origen – el Partido Conservador – y por ideología – su ferviente catolicismo que incluso lo llevó a flirtear con el falangismo español, como lo recogió su himno Brilla el sol.

Triunfaba la revolución en libertad y el freísmo prometía gobernar 30 años aunque apenas alcanzó para seis y concluyó su gobierno con el PDC dividido y con una asonada militar a la que se opuso incluso Allende.

Como se sabe Allende y Frei tuvieron una relación bastante amistosa que se rompió para siempre con la elección presidencial de 1970. Los testigos señalan que “Salvador, después que ganó la elección y antes de ser confirmado por el Congreso decidió visitar al presidente Frei… [pero] se encontró con un energúmeno… Allende conversó largamente conmigo a la vuelta de esa visita y me dijo que, en lugar del amigo, de siempre se había encontrado con un personaje que no conocía, que lo increpó indignado por lo que ‘había hecho’, porque su gobierno iba a ser un fracaso, porque nada resultaba andando por ahí con los comunistas”(Memorias, Gabriel Salazar).

Ya sabemos lo que hizo su ministro de Hacienda, Andrés Zaldívar, antes de que la UP asumiera y cómo se comportó su sector conservador como lo evidencia la documentación desclasificada por EE.UU., y el relato del general Viaux en la entrevista concedida a Florencia Varas. El general recuerda que “en la primera semana de octubre… el presidente deseaba que se diera el golpe”… supe de labios del señor Nicolás Díaz Sánchez, un recado que me enviaba el presidente Frei, a través del sacerdote Ruiz Tagle, diciéndome que tenía luz verde para actuar, pero que lo hiciera en buena forma, con completa seguridad de éxito, pues de otro modo se vería en la obligación de proceder en mi contra” (Florencia Varas, Conversaciones con Viaux).

El error en el asesinato de Schneider hizo fracasar la iniciativa y el PDC concluyó – como más tarde con el programa de Bachelet– firmando el estatuto de garantías como una manera de ganar tiempo y de salir del lío en que los había metido el presidente, esperar y luego organizar la oposición para la que se dispuso de muchos dólares frescos. Frei y Aylwin se negaron una y otra vez, incluso a instancias de Prats y el cardenal Silva Henríquez, a un diálogo profundo y cuando éste se alcanzó (delimitar las áreas de propiedad social), el PDC lo desechó.

Si bien existía un mundo progresista que apoyaba la reformas, por su falta de cohesión interna, por error de la propia UP y el apoyo financiero de la CIA solo a aquellos protagonistas DC que se alineaban con el freismo, el sector progre del PDC solo jugó un rol testimonial en la caída de Allende a través de la famosa carta de los 13 en que se opusieron al golpe de Estado que apoyó su sector conservador que encabezó Frei.

Frei aparecerá junto a Pinochet en el Te Deum de 1973 y le explicará en una larga carta al presidente de la internacional democratacristiana, Mariano Rumor, las razones de su apoyo al golpe. Lo mismo hará en una extensa entrevista al diario español ABC.

Después de un breve periodo de colaboración con el régimen el grueso de los democratacristianos abandona la administración de la junta.

Luego, encabezará el acto multitudinario en el Caupolicán cuando, como el virtual jefe opositor, llamó a votar NO en el plebiscito para aprobar la constitución del 80’.

Después de las chambonadas de los chicagos boys que profundizan la crisis y logran que la dictadura pierda su apoyo en el mundo popular y se inicien las protestas. Resurge, entonces, en los 80’, un PDC más popular y con Yerko Ljubetic y German Quintana en la FECH, o Tomás Jocelyn Holt en la FEUC, logran controlar las dos principales organizaciones estudiantiles. También se hacen fuertes en el sindicalismo con Manuel Bustos.

Se organiza la oposición a Pinochet y el ideologismo conservador DC – hoy, vuelto a reflotar – y el militarismo del PC,  hacen imposible la convergencia. Se constituyen las dos oposiciones y luego del atentado a Pinochet, Estados Unidos se asusta y a través del embajador Barnes, con la colaboración estrecha del sector conservador del PDC, se decide el camino de retorno a la democracia: en los marcos de la constitución del 80’.

Vino la transición y se guardan en un baúl los documentos críticos sobre el modelo hechos en Cieplán, aunque la época le depara al PDC un destino glorioso: se alinean con el consenso de Washington y empieza el desmalezamiento del Estado, pero no como en Concón. No se trata solo de meter las manos: se extirpan funciones básicas del Fisco y se continúa con la venta de empresas públicas, tampoco se cuestionan las privatizaciones de la dictadura, dándose inicio a la corrupción a gran escala: demócratas y autoritarios se topan. Menos se cumple el mínimo programa reformista.

Con Frei Ruiz-Tagle y sus Nuevos Tiempos, se evidencia el fin del ánimo reformista y tal como lo relata Escalona, apenas transcurridos seis meses el gobierno cambia su eje desde las reformas políticas a los de la Modernización (Escalona, “Una Transición de dos caras”).

Enseguida vino la debacle a fines de ese gobierno, y ya no hubo mucho que hacer. Es en esa época cuando uno de sus diputados realizó un duro balance sobre el futuro del PDC: “Sostengo la íntima convicción  de que la Democracia Cristiana, tanto en Europa como en América Latina, enfrenta un dilema –renovarse o morir- de formulación drástica, que no admite soluciones intermedias, retoques cosméticos, o simples acomodos tácticos” (Ignacio Walker, El futuro de la Democracia Cristiana).

Y aquí, estamos hoy, con un PDC que no comprenden la realidad y se vuelve contra ella, viviendo desde 2008 a costa del subsidio de Escalona, cuyo partido, no solo ha enfrentado la fuga de connotados militantes, sino incluso de dos de sus ex presidentes.

El dilema DC ¿Conservar el pasado o abrazar el ánimo social de cambio?

Y si bien, tanto ayer como hoy, surgen voces discrepantes al interior del falangismo, lo cierto es que sus socios controladores no solo han respaldado las declaraciones de Burgos sino incluso, algunos han ido más allá poniendo más bencina al fuego como ha sucedido post CEP.

Y es que más allá de sus congresos y declaraciones pro reformas o el rol de algunas de sus figuras – Provoste, Chaín, Goic o Saffirio quien acaba de renunciar -, en el sector hegemónico del PDC prima aún un anticomunismo trasnochado que expresa muy bien Burgos, la deslealtad con un gobierno con el cual, en su conjunto, se suscribió un programa reformista (aunque Walker ahora lo niegue), que luego, punto por punto, se dedicaron a destruir y minimizar, propinando una estocada por la espalda a una Presidenta que ya no se sostiene por sí misma.

Esa tendencia hegemónica en la DC ayer se expresó conspirando abiertamente para hacer caer el gobierno de Allende, en alianza con Patria y Libertad y con financiamiento de las agencias norteamericanas, o negándose, como ocurrió con Aylwin y Frei a cualquier diálogo posible aunque éste fuese patrocinado por Prats o Silva Henríquez.

Hoy, esa variante se expresa en su intento por derrumbar no solo las pequeñas reformas comprometidas en el programa sino, además, con lo poco que queda del gobierno introduciendo, componentes que agudizan su crisis de deslegitimidad y rehuyendo su propia responsabilidad en ella, aunque queriendo aumentar su peso en el gabinete.

Y a pesar de que no pocos le advirtieron a la entonces candidata que en Chile el horno no estaba para bollos, o que “los segundos platos se servían siempre fríos”, ésta no hizo caso porque tampoco se imaginó que los principales adversarios al proceso de reformas provendrían de su núcleo más íntimo, ni menos que serían seleccionados por ella misma.

Bachelet jamás se imaginó que su caballo de Troya, sería el propio PDC.


Dr. En Historia.