Una tarde, mientras conducía por las calles de San Joaquín junto a su esposa, René Pozo decidió hacer un pequeño desvío en la ruta:

-A ver, pasemos por acá. Te quiero mostrar algo.

Se estacionó en la calle Canadá y vio el monolito que está en el lugar. “A las víctimas de violaciones a los Derechos Humanos en 3 y 4 Álamos”, está escrito bajo las ocho palomas que conforman la estatua.

-Por lo menos hay algo- dijo Pozo.

Ya habían pasado más de cuarenta años desde el día en que llegó a ese mismo lugar en un camión de la Pesquera Arauco, desecho por las torturas que había sufrido en Villa Grimaldi. Una vez más miraba de frente el último recinto en el que vivió como preso político, víctima de maltratos, frío y hambre. También fue donde por primera vez vivió una terapia colectiva con otras víctimas de violaciones de derechos humanos, donde conoció a gente que lo marcaría de por vida, como el histórico dirigente obrero de la construcción Héctor “El Loco” Cuevas y donde incluso forjó con una moneda el anillo de su primer matrimonio. Bajó del auto a tomarle fotos al monolito, pero un gendarme lo interrumpió.

-¡Oiga caballero, este es un centro de reclusión de Sename, usted no puede tomar fotos!

Pozo no lo podía creer. El lugar nunca había dejado de tener presos. Si ayer lo había sido él, hoy lo eran niños y adolescentes infractores de la ley, provenientes de algunos de los rincones de más profunda vulnerabilidad en Chile.

Funcionarios en paro

Foto: Luis García Oteiza

Foto: Luis García Oteiza

El Centro de Internación Provisoria (CIP) San Joaquín es el más grande de los centros de administración directa del Sename, quizás la institución más cuestionada de este 2016 a raíz de la muerte de la niña L.V. (5) y de la posterior revelación de más de 600 muertes de niños y niñas dependientes del servicio.

Este mes, trabajadores de distintos centros han protagonizado paros y movilizaciones. El CIP San Joaquín no fue la excepción. Justo detrás del monolito de ocho palomas, se instalaron mensajes que decían “¡No + calmantes, soluciones ahora!” o “E.T.D (Educadores de Trato Directo) decimos no +”.

Con una población cercana a los 280 niños en un lugar que no soporta más de 240, el hacinamiento se hace evidente y las consecuencias no la sufren solo los menores, sino también los trabajadores. Hace menos de dos semanas un funcionario fue golpeado siete veces en la cabeza por uno de los jóvenes, situaciones que se hacen recurrentes.

Con esta clase de condiciones, los dirigentes denuncian que un 35% de los trabajadores del Sename se encuentra con licencia médica. La propia enfermera del CIP San Joaquín es una de ellas, lo que ha obligado a que sean algunos educadores los que mediquen a los menores. Esta situación llevó a que los funcionarios estuvieran en paro durante este mes. Otra historia repetida: en mayo también estuvieron movilizados y hace un año el mismo centro estuvo en toma durante 20 días. Cabe destacar que en ninguna de las movilizaciones se dejó de atender a los niños.

“Estas denuncias las venimos haciendo desde hace años, nunca habíamos sido escuchados. Hoy finalmente estamos llegando a una solución”, dice Myriam Tapia, trabajadora del centro y dirigenta local de la Asociación de Funcionarios del Sename (Afuse). Hoy, finalmente, parece haber una solución: al realizar un circuito entre el CIP San Joaquín, el centro de San Bernardo y el de Til Til, lo que permitiría aliviar la población del lugar.

Tapia asegura que antes los niños del centro no eran tan violentos y que con los años han reproducido los vicios que ha adquirido la propia sociedad. Andrés Yáñez, otro trabajador del CIP San Joaquín y dirigente de la Afuse, asegura: “Lo que más lo marca a uno es cómo se reproduce la pobreza en los chiquillos y cómo terminan cometiendo hechos delictuales, lo que hace que vivan uno de los períodos más lindos, que es la adolescencia, en encierro. Muchos de ellos roban para llevar alimento a la casa, otros para vestirse y otros por no haber tenido una educación adecuada como para poder ver otros horizontes que no sean delictivos y reproducir lo que han vivido en sus familias”.

Uno de los pabellones de reclusión. Foto: Luis García Oteiza

Uno de los pabellones de reclusión. Foto: Luis García Oteiza

Las violaciones a los derechos humanos de los niños dentro de los centros de Sename fueron una centralidad para el periodista Javier Rebolledo cuando trabajaba en el diario La Nación Domingo. Fue ahí donde un hecho fortuito lo relacionaría a temas de memoria: un funcionario le contó que encontró distintas cédulas de identidad en un clóset del lugar. Cédulas que eran de los años ’70.

“Ahí me explicaron que los carnet venían de la administración anterior, y luego me dijeron que esa administración era la DINA”, cuenta Rebolledo, quien luego agrega: “En el fondo, ocuparon este lugar para lo mismo, tienen encerrados en esas piezas a muchos niños, aislados. Las instalaciones sirven bastante bien para los objetivos que tiene el sistema carcelario chileno de menores”.

El autor de la trilogía de los cuervos -libros que relatan en profundidad los crímenes de la dictadura- aún recuerda algunas historias que le contaban en esa época: “Yo me acuerdo que me contaban que se veían fantasmas, que los niños veían cosas, gente en los techos, gente que trataba de arrancar, al parecer producto de la historia que había tenido este lugar”.

La propia Myriam Tapia recuerda lo chocante que fue cuando en 1992 llegó a trabajar al lugar: “Fue súper fuerte, por ejemplo, ver las paredes del lugar. La carga energética no es menor”.

Entre esas paredes, según recuerdan las víctimas, había mensajes como: “Querido hijo Omar Lara Jiménez, suerte en tu vida, tu padre que te amará por siempre, Segundo Lara Gómez”, “Ya vendrán tiempos mejores, Negro José” o  “La vida vencerá, a pesar de todo vencerá, te lo prometo, Ratón Pérez”.

Símbolos que se mantienen

El Chucho. Foto: Luis García Oteiza

El Chucho. Foto: Luis García Oteiza

La semana pasada, ex víctimas pertenecientes a la Corporación 3 y 4 Álamos realizaron la primera visita guiada que se ha hecho al lugar como sitio de memoria, con alumnos del Liceo Horacio Aravena Andaur de San Joaquín.

Uno de los guías de la visita fue René Pozo, el otro fue Carlos González, quien hace cuarenta años llegó al lugar con siete costillas rotas, la rótula de la rodilla izquierda fuera de lugar y el pene fracturado. En el baño del centro de menores aún sigue el mismo espejo en el que se miró por primera vez sin reconocerse, ya que estaba con el rostro flaquísimo, con pómulos hacia fuera, la nariz quebrada hacia la derecha, hematomas y dientes quebrados. “Lo primero que dije fue: ¿quién es esa persona loca que me está mirando?”, cuenta González.

Mientras guía la visita, cuenta sus historias. Está lleno de ellas. Desde los partidos de ajedrez  -con un tablero de cartón rayado y piezas de pan- que jugaba con el abogado de la Vicaría, Hernán Montealegre, las interacciones con el coronel Conrado Pacheco -a quien define como psicópata y misógino-, los himnos militares que estuvo obligado a recitar o las caminatas que los prisioneros daban en los patios, en cortos trayectos y con un abrigo en mano.

Los trayectos cortos se debían a la costumbre de estar en una celda, y el abrigo era por el miedo a que te enviaran al “Chucho”, una prisión subterránea particularmente húmeda y fría a la que enviaban a los prisioneros a modo de castigo. Hoy el Chucho es una bodega, en la que se guardan, entre otras cosas, los medicamentos que se le suministran a los niños de Sename.

González también cuenta que los prisioneros recién llegados iban a una celda especial que se encontraba al final de los pabellones. Si algo distinguía esa celda era el hedor de esos prisioneros que ya llevaban semanas o meses en centros de tortura, por lo que se le denominó el “terminal pesquero”. Hoy, el terminal pesquero es una sala de clases.

Foto: Luis García Oteiza

El otrora “terminal pesquero”. Foto: Luis García Oteiza

Los estudiantes de la visita escuchan con atención todas las historias y hacen preguntas. En la sala de reuniones, con la dirección del centro -que, luego de que hace dos años reemplazara a la dirección anterior, aún sigue de forma provisoria- presente, González dice: “Hoy estamos dando una pelea enorme porque sea un sitio de memoria. ¡No puede ser que en este lugar tengan a niños y adolescentes detenidos!”.

Desde 2012, las víctimas de 3 y 4 Álamos se reúnen el primer sábado de cada febrero en el lugar. Ahí se ha contado con la presencia de célebres ex prisioneros, como el padre Mariano Puga o la madre de la Presidenta Michelle Bachelet, Ángela Jeria. Sin embargo, René Pozo admite que el proceso de recuperación del lugar ha sido lento y que ni siquiera entre los distintos sitios de memoria se ha trabajado de forma coordinada.

Antes de recuperar sus carnet con los gendarmes y abandonar el centro, los estudiantes reflexionan en el patio. De forma espontánea, cuentan historias de familiares que fueron víctimas de la dictadura. A la salida siguen exprimiendo información de los expositores.

Foto: Luis García Oteiza

Foto: Luis García Oteiza

Con el impulso que genera el mes de septiembre en estas reivindicaciones, el día de ayer las víctimas pintaron en grande el mensaje que hoy rezan los muros del centro del Sename: “3 y 4 Álamos, ayer cárcel de la dictadura, hoy cárcel de menores”.

Para los funcionarios, la tarea por lo pronto es intentar generar otra carga, espacios positivos que lleven a la reacción, al cambio. Hacen una salvedad respecto a muchas de las víctimas de la dictadura, y es que los niños aún tienen una oportunidad.

Foto: Luis García Oteiza

Foto: Luis García Oteiza