Hace diez años atrás, cuando empezaba mi doctorado en Historia en la Universidad de Chile, ya se sabía de casos de profesores machistas dentro del claustro.  Aquellos que hicieron comentarios pesados sobre el feminismo, las mujeres, o los “gay” eran, tal vez, los más comunes, pero también hubo algunos casos de profesores que acosaban sexualmente a estudiantes y ayudantes mujeres. Incluso, en la misma facultad ese año, hubo un sumario bien importante en contra de un profesor por haber acosado a más de veinte mujeres, pero en ese momento yo no sabía nada de ese proceso; no se hablaba, por lo menos, no públicamente.

A la misma vez, y en el caso de la disciplina de historia, estos tipos de actitudes machistas y retrógradas se veían, y se ven, reforzadas por la construcción de una historia androcéntrica y heterosexista dentro de nuestras aulas.  Así el mismo profe que se burlaba de las feministas o hacía chistes homofóbicos en la sala entendía muy bien que esto se permitía, como práctica “normalizada” dentro de la docencia, la cual terminó creando un espacio promovedor, o por lo menos cómplice, del acoso sexual.

Entonces, si el acoso sexual siempre ha sido tan presente en nuestros espacios académicos, ¿por qué no se denunció antes?  ¿Por qué terminó siendo más bien un “secreto a voces”, un secreto que permitió que varias generaciones más de mujeres estudiantes fueran también acosadas? ¿Por qué sólo, ahora, en el 2016, se ha vuelto un tema de denuncia pública?

Como historiadora feminista, creo que hay muchas posibles respuestas a estas preguntas. Por un lado, hay que reconocer la naturaleza relativamente cerrada y endogámica de las carreras de las humanidades, como historia, adonde terminamos siendo una puñalada de académicxs que todxs nos conocemos entre sí.  Esto pesa, particularmente, en Chile, adonde hay bastante pocas oportunidades laborales para nosotrxs y adonde la vía más común de entrada a la academia es por el “pituto” personal.  Esto fomenta, sin duda, el silenciamiento de las críticas y la tendencia de tratar de no “destacarse” por ser un personaje “difícil” (léase en códigos de género, como “mujer feminista con opiniones”).  Incluso ahora, y después de tantos años en la academia, estoy consciente que habrá gente que leerá esto y me clasificará como “loca”, una “histérica” que está sobredimensionando el problema, que se limita a sólo unas pocas “manzanas podridas” y que ni siquiera es un tema de género.

Esto es aún más difícil para las mujeres académicas. Por un lado, hemos sido históricamente poco representadas en la academia y particularmente excluidas de los puestos de poder dentro de las jerarquías académicas.  Muchas de nosotras estamos atrapadas en la vorágine de ser profes “taxi”, viviendo día a día, semestre a semestre, como docentes poco reconocidas y mal remuneradas.  Entonces,  llegar a tener una jornada estable en una universidad- aunque sea cuarta o media jornada, aunque sea administrativa – es una gran cosa.  Pero esto no garantiza nada; una vez dentro hay que asegurarse, si todas conocemos a esa colega que por más que publicara o fuese brillante igual fue despedida.  No “trabajó bien en equipo”, “no mostró compromiso institucional”, fue de personalidad “difícil”.  Para algunas mujeres académicas, entonces, la presión de asegurarse, de mantener ese puesto a todo costo, también les puede llevar a un ciclo bien vicioso.  Miramos hacia el otro lado o no decimos nada, con tal de ser percibidas como “buena onda” o parte del “equipo”; sacrificamos nuestras propias carreras por ser la eterna “ayudante” y secretaria que nunca pide nada para sí misma, con tal de que nos dejen las migajas de un espacio laboral asegurado.

Por eso, cuando ese acoso sexual nos toca a nosotras o a nuestras estudiantes, nos cuesta encontrar aliadxs, incluso entre nuestras colegas mujeres. La gente dice, al más puro estilo de la dictadura, “por algo será”.  Cuando mi colega Ana López y yo escribimos nuestra carta hace un par de meses atrás, denunciando el acoso sexual dentro de nuestros claustros como historiadoras feministas, pensábamos que, a más reventar, íbamos a recibir 20 firmas de adhesión.  Así de fuerte es el estigma todavía de hablar de este tema.  Al final, recibimos más de 80 firmas y muchos mensajes de apoyo por parte de mujeres ya completamente hartas del acoso sexual en la academia chilena.  Parece que la cosa igual va cambiando en algo.

Y ahí lo clave para mí, la razón por la cual estamos hablando, ahora, del acoso sexual dentro de nuestras universidades: es por nuestrxs estudiantes que se atrevieron a denunciar y poner en la palestra este tema.  Por eso el título de esta columna, porque es la verdad: si durante muchos años no hablamos y definitivamente no publicamos sobre este tema, ahora sí lo estamos haciendo y es gracias a lxs estudiantes.  Ha sido a través de la organización y fuerza de las nuevas generaciones de feministas, muchxs activxs dentro de secretarías y vocalías de género y sexualidades dentro de sus universidades, que se ha logrado producir un masivo destape frente el acoso sexual en prácticamente todas las universidades chilenas, desde Arica a Valdivia, y dentro de universidades tanto públicas como privadas.

Sin duda, la Secretaría de Sexualidades y Género (Sesegen) de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile ha sido fundamental en las denuncias de casos de acoso sexual en esa universidad, como también en el acompañamiento y apoyo hacia las mujeres que se atreven a poner esas denuncias y seguir los procesos, a veces largos y poco provechosos, de los sumarios que forman parte del protocolo de acoso sexual que existe en esa universidad.  En ese sentido, aunque los resultados o procesos de casos particulares pueden ser bien desalentadores, también hay razones como para ver avances ahí, ya que la Universidad de Chile cuenta, por lo menos, con organizaciones feministas fuertes de estudiantes y un protocolo establecido frente el acoso sexual, a diferencia de casi todas las otras universidades chilenas.  En el caso de mi propia universidad, la Universidad Diego Portales, por ejemplo, mientras contamos con una Vocalía de Género y Sexualidades (Vogesex) y varixs académicxs bien feministas y comprometidxs, la reacción institucional de Casa Central frente el acoso sexual ha sido lenta y tardía.

Por lo mismo, y tal vez ahora más que nunca, es el momento como para que se formen alianzas feministas duraderas entre los distintos estamentos de las universidades, entre académicxs, estudiantes, ayudantes, administrativxs y auxiliares, como para trabajar en conjunto el acoso sexual.  Necesitamos desarrollar protocolos para enfrentar el acoso sexual no sólo en una universidad u otra, sino en todas las universidades chilenas.  Tenemos que mandar un mensaje fuerte y claro.  Para que nunca más ocurra el acoso sexual en nuestras salas, oficinas, casinos, bibliotecas y pasillos; para que nunca más haya una estudiante que tenga que aguantar la violencia como para terminar su carrera; para que nunca más silenciemos nuestras denuncias del machismo y el heterosexismo dentro de nuestros entornos académicos.


Historiadora feminista, Doctora en Historia, Universidad de Chile, Profesora Asistente Escuela de Historia, Universidad Diego Portales