En los últimos años, Acantilado publicó en castellano tres libros excéntricos y profundamente divertidos que valen enormemente la pena: se trata de Las doce sillas, El becerro de oro y La América de una planta. El último es un libro de viajes, los otros son dos novelas y en conjunto constituyen una parte considerable de la obra que en vida alcanzaron a escribir Ilia Arnóldovich Fainzilberg y Eugeni Petróvich, más conocidos como Ilf y Petrov.

A pesar del éxito que estas obras tuvieron en casi todas las lenguas en que vieron la luz, en castellano la crítica se explayó poco o por cuentagotas y en casi todos los casos para destacar el riesgo que estas obras corrieron en la época del comunismo o lo cerca que sus autores estuvieron del paredón.

Naturalmente que todo esto es mentira: Ilf y Petrov jamás corrieron ningún riesgo, y a pesar de que ambos murieron muy jóvenes, no lo hicieron en manos de ningún dictamen tenebroso. Por el contrario: a fines de septiembre de 1935 los dos amigos salieron de Moscú rumbo a la ciudad de Nueva York con el fin de realizar una serie de crónicas sobre el país de la Coca Cola para el periódico Pravda. Pisaron primero la incómoda Polonia, cruzaron después a Checoslovaquia y desde Checoslovaquia se dirigieron a Viena, donde pasaron unos días tratando de convencer a su editor de que les pagara los derechos de autor que les debía por la traducción de Las doce sillas. El editor les pasó unas pocas monedas con las que lograron llegar a París, donde tras una breve visita se encaminaron a Le Havre para abordar el barco que los dejaría en el destino final.

El barco era nada menos que el Normandie, en una de cuyas cubiertas Ilf y Petrov pasaban la noche mirando el mar, compartiendo un trago y riendo a morir mientras intercambiaban chistes entre ellos o con el resto de la tripulación. Era prácticamente lo único que sabían hacer, además de escribir como los dioses, siempre con desenfreno, a cuatro manos y de manera sumamente graciosa. Petrov era inquieto y hablaba hasta por los codos; Ilf en cambio era más reservado, pero también más cáustico, más mordaz, más incisivo.

Juntos formaban una pareja exquisita, todo el mundo los adoraba y lo primero que hicieron cuando llegaron a Nueva York fue arrendar un Ford medio desvencijado con el que trazaron sin darse cuenta el viaje de culto del que se jactaron tiempo más tarde Kerouac y los beatniks: cruzaron el país de este a oeste y de norte a sur, hicieron más de quince mil kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, conocieron veinticinco estados y casi doscientas ciudades, atravesaron las montañas rocosas, subieron la Sierra Nevada, respiraron el aire del desierto, descendieron en las grutas de Carlsbad y entraron a cada poblado para conversar con los jóvenes parados, los obreros tristes, los militantes de izquierda y los capitalistas complacientes, todo con el objeto de obtener de América el panorama que les permitiría más tarde hablar de “una sola planta”.

Lo de “una sola planta” se debía a que si bien desde la cubierta del barco ambos quedaron mudos cuando vieron aparecer los rascacielos de Nueva York elevándose sobre el mar (eran “columnas serenas de humo”), también sabían que la vida del resto de los habitantes no transcurría colgada del cielo ni a esa altura tan inusitada. Las impresiones que se formaron quedaron formidablemente descritas en las crónicas que enviaron a Moscú primero y desarrollaron después en el libro. Si ambos pasaban el día anotándolo todo exhaustivamente en una libreta, era porque en su Odesa natal o en Moscú no existían por entonces ni los cabarets ni el jugo de pomelo ni los anuncios en neón ni los hot dogs ni el papel higiénico.

Este era el motivo por el que los dos amigos se pasaban el día haciendo comparaciones, formulando paralelismos entre los dos países y tratando de comprender el extraño universo en el que habían caído. Todo lo que contemplaban o experimentaban durante el día tenían la costumbre de volcarlo al papel sistemáticamente durante la noche, estuvieran donde estuvieran, después de darse una ducha y discutir a quien de los dos le tocaba esta vez pasar las anotaciones de la libreta a la máquina, pues curiosamente ésta fue la única obra en la que Ilf y Petrov se turnaron para escribir: redactaron un total de diez capítulos cada uno y los siete restantes los redactaron juntos, premunidos de un método que jamás revelaron.

Con ese método armónico y misterioso habían narrado ocho años atrás Las doce sillas, una sátira formidable en la que Ostap Bénder funcionaba como el prototipo de un canalla poco adaptado a las reglas del comunismo que se entregaba por medio de cretinadas de toda clase a embaucar a sus semejantes mientras perseguía unos diamantes ocultos en un lugar ridículo. La frase inicial de la novela daba la pauta: En la capital de la provincia donde los enredos se sucederían, “había tantas peluquerías y negocios de pompas fúnebres que parecía que los habitantes nacían para afeitarse, cortarse el pelo, refrescarse la cabeza con una loción y después morir”.

En El becerro de oro, escrita dos o tres años más tarde, el mismo protagonista se recupera de un tajo en el cuello realizado por un cuchillo homicida y elige entre varias centenas de planes supuestamente honrados uno que le permitirá estafar definitivamente a un millonario. Pero esto ocurre solo en los sueños de Bénder, puesto que en realidad el plan fracasa y hasta su víctima potencial se ríe tildándolo de “una lamentable tentativa de chantaje de calidad muy menor”. Y es que los personajes de Ilf y Petrov tienen la gracia de ser generalmente mafiosos o embaucadores frustrados a los que jamás nada les resulta y a los que en el viaje a América se vieron obligados a cotejar también.

El cotejo era esta vez con Al Capone, en quien vieron una suerte de Komarov, el homicida soviético cuya psicopatía inspiró algunos de los rasgos de sus personajes más delirantes. No era para menos: Komarov era un cochero como cualquiera que vivía con su mujer y sus hijos, viajaba todas las mañanas al mercado, esperaba a que alguien contratara su servicio y en el camino lo invitaba a tomar un trago a su casa. Allí junto a su familia le convidaba un poco de vodka, esperaba a que se distendiera y de inmediato le partía un martillazo en la cabeza. Después ataba el cadáver, lo metía dentro de un saco y a la mañana siguiente volvía al mercado como si nada. En medio del trayecto tiraba o escondía el saco. Todo lo hacía con tal grado de naturalidad que cuando la improvisada policía soviética logró atraparlo, el número de sacos hallados iba por los cuarenta. Lo descubrieron porque en los sacos había a veces granos de avena: fue el primer asesino serial del comunismo y a Ilf y Petrov un detalle de esta exquisitez no se les pasó.

Pero sí se les pasó otro detalle: en América había una terrible epidemia de tuberculosis y el pobre Ilf se contagió de inmediato. Murió al año de regresar. Petrov no se adaptó fácilmente a la circunstancia de vivir sin su amigo, nunca más escribió y fue como si a partir de esta desdicha él mismo buscara el modo personal de marcharse: hizo todo por entrar en la sitiada Sebastopol durante la guerra, una bomba alemana destruyó el barco en el que viajaba y el agua lo devolvió para su desgracia a la costa de Novorosiik. Allí tomó un auto, tuvo un fuerte accidente y volvió a salvarse. Resignado, abordó un vuelo a Moscú y esta vez sí lo logró: a cinco años de que muriera Ilf, el avión en el que volaba se estampó contra la cima de una colina y también él falleció. A pesar de que no creía en dios ni en el cielo ni en nada, era como si en alguna parte de sí mismo hubiese concebido la posibilidad de volver a estar con su inseparable amigo.

 


Escritor y profesor Universidad de Chile