El objetivo original del Plan de Ingreso, Formación y Retención de Especialistas en el Sector Público de Salud del Ministerio de Salud era aumentar progresivamente la capacitación de especialistas de la salud para superar el evidente déficit de profesionales de estas características que existe a lo largo de Chile, sobre todo en zonas rurales -donde, por ejemplo, existe una relación de un médico por cada 850 personas-.

Dentro del programa se estipula el Concurso de Dentistas en Etapa de Destinación y Formación (EDF), con el cual profesionales dentistas son destinados por un período mayor a los 3 años y menos a los 6 al sector público en distintas localidades del país. El incentivo es grande, ya que contempla que al final de ese proceso se otorgue una beca de especialización en un área de interés del profesional, según las labores realizadas.

Sin embargo, según denuncian en el Capítulo de Dentistas EDF del Colegio de Cirujanos Dentistas de Chile, lo que partió como una buena voluntad para acercar a los profesionales al sector público, terminó generando todo lo contrario. Así lo demuestra el testimonio que uno de los dentistas EDF dio a El Desconcierto.

Seis años sin retribución

Puerto Williams era el lugar más lejano al que Luis -nombre ficticio del dentista EDF que nos dio su testimonio- podía aspirar para ser destinado en el marco del programa de destinaciones. Su objetivo iba por un proyecto de vida junto a su pareja en ese tiempo, a la vocación pública de atender en un lugar donde sería el único dentista y al claro incentivo de que un lugar como ese le sumaba mucho puntaje para que, a la hora de terminar la etapa de destinación, fuera prioridad para las becas más codiciadas de especialización.

En esos seis años fue dentista único y estuvo a cargo de todos los programas que se contemplaban para el lugar. En un horario laboral de jornada completa, tenía que navegar a una zona rural que quedaba a 36 kilómetros, lo que se traducía en tres horas de ida y tres de vuelta. Incluso tuvo viajes a Yendegaia, donde mantuvo relación cercana con la población indígena yagán y además atendía a la gente que golpeaba su puerta los fines de semana. Hubo más de alguna vez que terminó botando pasajes a Santiago que tenía programados para días festivos por la necesidad de quedarse atendiendo en la región.

Al poco tiempo, a Luis le empezó a afectar el hecho de no poder capacitarse. “Fue mi gran choque. Me negaron en reiteradas oportunidades la opción de hacer uso de programas anuales de capacitación aprobados, porque era el dentista único que estaba en un lugar alejado y a ellos les interesaba que tú cumplieras metas”, dice.

Un día intentó hacer uso de unos días que contemplaba la ley para asistir a un Congreso. Sus superiores le negaron los permisos, y él asistió de igual forma. Llegaron incluso a pedir la lista de asistencia del Congreso para establecer un sumario en contra de él.

Otro punto de polémica fue cuando, luego de cuatro meses sin tener un solo asistente, llamó a una amiga para que le ayudara en las labores y así atender de manera efectiva a la gente. Esto fue duramente reprochado por sus superiores, quienes no pusieron mayor atención al hecho de la falta de asistentes.

A pesar de todas las pellejerías que le tocó vivir, las características de su destinación hicieron que Luis fuera el primero en la lista para postular a la beca de especialidad que quería. Al fin el esfuerzo parecía valer la pena.

Pero faltaba un obstáculo más. Justo en años donde la selección a nivel educativo está bajo la lupa, a Luis le informaron con una anticipación de tan solo dos semanas que las universidades realizarían un proceso de “habilitación” o selección, en el que evaluarían sus conocimientos de tercer, cuarto y quinto año de estudios. “Ni siquiera especificaban los ítemes de las materias de esos años. Son cosas que ya tú no manejas porque llevas seis años en un lugar aislado en el que ves cosas que nadie más ve. Ellos miden en base a lo que se conoce en Santiago, a parámetros objetivos de Santiago, que distan mucho de la realidad nacional”, asegura.

Con el conteo regresivo de dos semanas, gastó al menos una en reponer los papeles que necesitaba para su postulación. Además, había sido trasladado a Punta Arenas, donde incluso bajó su sueldo y no podía costear su pasaje a Santiago de un día para otro. Sumado a todo esto está el hecho de que seguía trabajando, por lo que no tuvo tiempo para estudiar. El resultado era predecible, no fue aceptado en la prueba de selección y, los seis años de sacrificio que había pasado en el extremo sur para poder ser el primero en la lista de postulaciones, no había valido de nada.

“Siento que me afectó bastante el tema de no haber poder haberme capacitado. Yo era el dentista más austral de Chile, estaba solo. Me pregunto por qué las universidades no nos evalúan también otras cosas del índole de la salud. Para mí la salud no solo es conocimiento. Que nos midan así no corresponde”, dice Luis.

Luis está evaluando qué acciones tomar, pero asegura: “Probablemente ahora escoja la beca y no vuelva más a lo público. Me voy de lo público porque no quiero depender de alguien para el que siempre prime lo burocrático y no las personas”.

Hechos como este han despertado a la comunidad de dentistas y a la directiva de los EDF, quienes incluso emitieron una declaración con una serie de razones para no tomar las becas de especialización el día de mañana, como el hecho de que hay una parrilla de becas insuficientes respecto a años anteriores o que faltan universidades privadas que sí están acreditadas para completar las 33 horas mínimas que el Minsal convino, entre otras.