En los últimos años ha tomado cada vez más fuerza la denuncia de las agrupaciones vinculadas al movimiento por los derechos LGTB, respecto al lavado de imagen que hace el Estado de Israel a costa suya. Por eso, no podía ser menos que llamativo el hecho que el presidente del Movilh, agrupación de defensa de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales en Chile, apareciera protestando contra la venida de una comitiva gubernamental iraní, junto a la Comunidad Judía de Chile (CJCh). Salta a la vista que el evento tiene diferentes aristas.

Por un lado está Irán, que vendría siendo una especie de rostro sustancial de las violaciones a los derechos humanos de personas LGTB. En este país, la homosexualidad es comprendida como un crimen que puede llevar a la muerte. País conservador y represivo, evidentemente. Se descarta, entonces, que el hecho sea llamativo por la variable Irán. Una agrupación como el Movilh probablemente protestará contra la visita de todos los países que violan los derechos de personas LGTB. Lo que habría que poner a prueba es a su acompañante de turno, la CJCh, porque es evidente que su presencia tiene más que ver con la enemistad de Irán con Israel, pues, dicho sea de paso, la CJCh es una entidad sionista que reivindica la identidad judía para hegemonizar dentro de los judíos chilenos un discurso acrítico con el Estado de Israel. En su sitio Web, esta agrupación declara que “nuestra misión es fomentar la vida comunitaria en el largo plazo, a partir de un desarrollo inclusivo y valórico, fortaleciendo los vínculos con el Estado de Israel y promoviendo la unidad y participación para ser un aporte a nuestro país”.

El problema está justamente en esta última variable: Israel. ¿El Movilh va a protestar contra un Estado violento y represivo de la mano con quienes representan los intereses de Israel? Aunque el asunto sea muy extraño a ojos de quienes comprenden inmediatamente la contradicción del Movilh, sobre todo porque siendo una agrupación de defensa de derechos humanos pareciera importarle poco la ocupación de Palestina a manos de Israel, lo cierto es que podemos hacer un intento por entender la lógica de esta agrupación sin caer en la tentación de decir que es un instrumento del sionismo en Chile.

Para eso, debemos dirigirnos a la propia reivindicación del Movilh. En su Web se define como un “organismo defensor de los derechos humanos de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (LGBT)”. Podemos contraponer inmediatamente esta declaración identitaria con la del Movimiento por la Diversidad Sexual (MUMS) -también chileno- que, precisamente en 2014, ante una actividad conjunta del Movilh con la embajada israelí en 2014, se declaró a favor de la campaña por el Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra el Estado de Israel. En el sitio del MUMS se plantea que éste es un “movimiento social, político, comunitario y cultural, conformado por personas que desde distintas experiencias, buscan el reconocimiento de la dignidad todos los seres humanos, independientemente de su orientación sexual, identidad de género, o cualquier condición social”. Como se aprecia con claridad, la diferencia entre ambas organizaciones es fundamental, pues a diferencia del Movilh el MUMS comprende que la lucha por los derechos de un grupo específico está atravesada por conceptos más amplios como la dignidad humana, lo que integra al movimiento LGTB en una lucha universal contra la dominación, el racismo y la discriminación en todas sus formas.

La diferencia conceptual es radical, pero también muy comprensible. Una mirada parcelada como la del Movilh está presente también en el propio Estado de Israel, que invisibiliza la propia diversidad del judaísmo para mostrar una historia mundial lineal cuyo punto de partida es el antisemitismo. Así, sobre el Holocausto nadie puede hablar a riesgo de ser calificado de antisemita, y asimismo, dicho antisemitismo funciona como un dispositivo que justifica cualquier  matanza o vejación a los palestinos. El Movilh e Israel pertenecen a la misma gramática, el mismo marco de visibilidad, donde hay vidas, como dice Judith Butler, que no merecen ser lloradas. Una de ellas, claro está, es la de los palestinos, que viven bajo el terror de un Estado al que el Movilh no duda en acompañar e ingenuamente o no, servir.

En 2010 un grupo de activistas por los derechos LGTB lanzó la campaña Pinkwatching Israel llevando a cabo una crítica a los esfuerzos de este Estado por transformar la percepción pública hacia sí desde un estado de Apartheid a uno inofensivo, liberal y gay-friendly, mediante la yuxtaposición de esta falsa imagen con una representación de las sociedades árabes, especialmente la palestina, como represivas e intolerantes. Conscientes de que poco tiene que ver la identidad sexual de los palestinos cuando enfrentan un checkpoint israelí, o cuando sobre ellos caen las bombas desde  drones, las críticas al Pinkwashing de Israel han venido tanto desde los movimientos pro LGTB en los Territorios Ocupados Palestinos, como Palestinian Queers for BDS o ASWAT (a quienes nunca ha aparecido defendiendo el Movilh), como de las propias comunidades judías múltiples e imposibles de ser totalmente interpretadas por el discurso racista del sionismo. Así como la propia Judith Butler ha adherido con entusiasmo a la campaña del BDS, la novelista Sarah Schulman, ya en 2011, alertaba sobre el daño que el lavado de imagen de Israel le hace al propio movimiento por los derechos LGTB.

El asunto principal está no tanto en las alianzas que ha hecho el Movilh en Chile o a cuales embajadas va a protestar. Más bien, el gran problema, es que un determinado marco de visibilidad ha sido hegemónico por demasiado tiempo. Cuando aparecen quienes buscan lo común, lo inapropiable, más que el candado de propietario de las identidades, entonces se hacen evidentes los bordes, todo aquello que el discurso oficial nunca permitió ver. En ese punto, el lavado de imagen se revela más bien como una pantalla, un muro que segrega, un misil que asesina sin preguntar por la dirección hacia la que hemos orientado el deseo.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile