El director de la Escuela Militar galopa su caballo tocado con un casco prusiano del que ondean albas plumas de un desventurado ganso, al momento de rendir honores a las autoridades.

El resto de los alumnos de la academia militar van con sus cascos tocados con fibras de color blanco, aunque antes eran de crin de caballo.

Así como esas costumbres arraigadas en el clasismo más profundo del Ejército chileno resultan algo pasado de moda, del mismo modo la Parada Militar de cada diecinueve de septiembre es una actividad que tanto por sus costos, como por su sentido amenazador, debería ser eliminada.

Si quieren lucir sus inútiles juguetes de guerra que cuestan un ojo de la cara a cada habitante, que desfilen en sus regimientos. O mejor, que se prohíba definitivamente, porque la sola evocación a supuestas batallas gloriosas del Ejército, necesariamente remite a las numerosas veces en que los soldados han apuntado y disparado sus armas en contra del pueblo. De su propio pueblo.

Hombres, mujeres y niños, han dejado en la historia una sangrienta huella luego que la metralla del Ejército de Chile se pusiera de lado de los patrones para poner orden ante el reclamo de los explotados.

Hermanada con esta actividad que se dice republicana y que celebra el Día de Las Glorias del Ejército, sin saber con exactitud a qué se refieren con eso, está el Tedeum.

En esta costumbre añeja e innecesaria, un cura italiano, funcionario del estado Vaticano, puesto ahí por el Papa y cómplice y encubridor de un número desconocido de abusos deshonestos a niños y niñas confiadas por sus familias a lo que se supone el seno protector de la iglesia, se para en el púlpito y le dice a las autoridades cuántos pares son tres moscas.

Olvidando que sus fueros no son de este mundo, el Cardenal de turno entrega lecciones de lo que le venga a la cabeza a un grupo de sujetos del que ha dicho un ex sacerdote jesuita, es: “Toda la mierda que tiene podrido Chile, concentrada en un mismo lugar”.

En efecto, en ese lugar cada 18 de septiembre se reúne la flor y nata de los poderosos que aprovechan la ocasión para lavar sus pecados y salir del templo con renovados bríos para seguir estafando a la gente crédula, explotar a los más desposeídos, reprimir a los rebeldes, y simplemente matar al que haga falta.

Un estado laico supone que la religión es del fuero íntimo de las personas y no corresponde a las instituciones religiosas intervenir en cuestiones que les son completamente ajenas.

La secuela de la dictadura está viva en estos anacronismos que el periodismo ramplón e ignorante destaca con los mismos elogios cada año y que reproducen una cultura siniestra de dominación por minorías atrincheradas en el poder del dinero y de las armas.

Y también pervive, aunque cueste aceptarlo, en la fruición con que la presidenta canta entero y sin equivocarse, Los Viejos Estandartes el himno favorito del tirano y con el que desfilan los comandos del Ejército.