Disfrazando la insistencia sobre la llamada necesaria contextualización histórica ausente el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, el escritor Roberto Ampuero sugiere la creación de un “otro museo de la memoria”, dedicado a narrar la experiencia “traumática y dolorosa” que la Unidad Popular supuso para millones de chilenos, pues en casi tres años (1971-1973) los civiles liquidaron la democracia. Este museo, dice, no pretende justificar las violaciones a los derechos humanos, que son objeto del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Su objetivo sería mostrar cómo un sector intransigente, irresponsable y minoritario, trató de imponer su utopía, la que actualmente es idealizada por los movimientos estudiantiles, según dice.

Esta propuesta, no sólo es tramposa sino exagerada, porque convengamos que los mil días del gobierno de la Unidad Popular han permanecido como un convidado de piedra en las luchas por la memoria del pasado reciente. Sólo hace unos pocos años han aparecido movimientos y actores sociales con la voluntad para revisitar ese período y buscar allí referentes para el cambio social que el país está demandando (¿a qué referentes piensa Ampuero que van a recurrir quienes piensan que nuestro país requiere transformaciones radicales?, ¿a la “revolución silenciosa” de la dictadura cívico-militar que justamente originó las condiciones que actualmente se quieren cambiar?).

Lo que ocurre es que aparecen versiones que ya no se dejan dominar por la “memoria del caos” que la dictadura y sus adherentes construyeron sobre la Unidad Popular, y que fácilmente han logrado imponer por 40 años. Para Ampuero una versión que no sea derechamente catastrófica supone una equivocada “idealización” del período. La memoria del caos va perdiendo terreno, y sus representantes combatirán toda otra versión alternativa a ella, ya que el recuerdo heroico y salvador de la dictadura ha comenzado a ser destruido por los movimientos sociales, no sólo relativizada por la memoria de las violaciones a los derechos humanos, sino que está corriendo un certero riesgo de desaparecer.

Y digo que toda esta argumentación sobre la necesidad de narrar el período y situación inmediatamente anterior al Golpe y la dictadura, es un disfraz para la llamada contextualización, porque sigue siendo un intento de introducir la narrativa que durante décadas fue impuesta a la sociedad donde el Golpe aparecía como algo inevitable y causado por la propia Unidad Popular, es decir por el caos y la “destrucción de la democracia”. Sin este antecedente el Golpe y la dictadura no se sostienen como consecuencias inevitables.

La contextualización que sectores adherentes a la dictadura vienen demandando para el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos , y justamente este “otro museo” que propone Ampuero, son propuestas basadas en un paradigma causalista de la historia, donde un evento lleva a otro, y así sucesivamente. Pero más que las causas del Golpe y la dictadura, tal vez sería mejor pensar cómo éstos mismos deben buscar sus orígenes. Y si se trata de ir por los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura, por ejemplo, no habría que buscarlos en las colas, el desabastecimiento, en las tomas de industrias y fundos, en la amenaza a la propiedad privada, en la crisis política, porque en sí mismos esos eventos no producen tortura, desaparición y muertes. Sino que habría que buscarlos en la disposición que una parte de la sociedad tenía de torturar, matar y desparecer a otra.

Muchos dicen que los adherentes a la Unidad Popular habrían tenido la misma disposición, sin embargo quedó demostrado que durante mil días no hubo ni torturas, ni muertes, ni desapariciones, crímenes que se cometieron desde las primeras horas del Golpe de Estado, es decir la disposición para cometer y apoyar los crímenes ya estaba en una parte de la sociedad. Por eso si se trata de contextualizar el Museo de la Memoria, esa sería una contextualización que podría esperarse para los hechos que ese Museo exhibe.

Pero volviendo al ánimo con el cual Ampuero propone ese “otro museo de la memoria” (que insiste no es la justificación de lo que vino después del Golpe), debo decir que resulta fantástico, porque demuestra que las memorias que por décadas han intentado dominar el recuerdo de la Unidad Popular como un período de caos y “desesperanza” (según sus palabras) se están viendo amenazadas. Frente al nuevo contexto social, cada vez resulta más difícil ordenar a la sociedad cómo debe recordar la Unidad Popular. El control de ese pasado ha dejado de estar en manos de quienes sólo admiten recuerdos infelices de ese momento histórico, y niegan la posibilidad de recurrir a él para librar las batallas del presente.


Antropóloga, Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.