En su habitual columna en El Mercurio, el profesor de literatura y entrevistador Cristián Warnken, abordó la polémica suscitada por Rafael Garay y su escapatoria de Chile, con acusaciones de estafa y mentiras que bien podrían engrosar las páginas de una novela o los fotogramas de una película.

Para Warnken, la proliferación de personajes como Garay o Alberto Chang o Sergio Jadue, tiene que ver íntimamente con Chile y la identidad que ha desarrollado.

Sí, personalidades psicopáticas como estas ha habido probablemente siempre, pero vale la pena preguntarse por qué han abundado -y con tanta notoriedad pública- en nuestro país en estos últimos años. Ahí están Chang y Jadue, campeones del robo olímpico. O esa legión de opinólogos y asesores financieros de la televisión, que nos han invitado a hacernos ricos muy rápido, en matinales o programas en horario prime y de altos ratings”, escribió el columnista.

“Algunos de ellos han llegado a ser candidatos presidenciales y contra varios pesan serias acusaciones judiciales. Sumemos: aspiracionalidad desmedida, una cultura facilista que privilegia derechos sobre deberes, una televisión farandulera sin umbrales éticos mínimos, todo eso ha sido un terreno fértil para que estos seductores narcisistas llegasen a ser íconos nacionales”, apuntó.

Según el punto de vista del también poeta hay que saber diferenciar, en todo caso, entre “la legítima aspiración de mejorar económicamente de mucha gente humilde y esforzada (impulso loable y admirable)” y la otra aspiración “con rasgos patológicos y compulsivos que venera la riqueza y lo que brilla, no importando los medios para lograrlo”.

“¿No estamos rodeados de personajes seductores, que todos los días nos ofrecen el paraíso en la tierra, en las finanzas como en la política? Estos embaucadores, algunos con muy buena labia, han demostrado una prodigiosa capacidad para hechizar y encender a las audiencias. Ellos proliferaron, porque nuestro medio se hizo permisivo, bajó sus varas de exigencia”, aseveró Warnken.

“Ahí está, por ejemplo, el explosivo y grosero crecimiento de la industria del lujo (autos y relojes de marca, mall del lujo), a la que Garay, Chang y los otros eran adictos (…) Por eso cuando todos nos preguntamos ¿quién es realmente Rafael Garay?, debiéramos colocar un espejo frente a nosotros mismos. ¿No serán acaso él y Chang y Jadue y los otros, las encarnaciones de nuestras pulsiones más íntimas?“, reflexionó.

Para concluir su escrito, el exentrevistador del fenecido programa La Belleza de Pensar, escribió:

Ellos tal vez sean nuestros “Frankenstein”, nacidos de una aspiracionalidad chilena desbocada, que ha privilegiado -traicionando su propia historia de austeridad y esfuerzo- el parecer y el tener sobre el ser, la mentira sobre la verdad, la farándula sobre la política; que ha confundido emprendimiento con especulación, y ha reducido la idea de crecimiento solo a su dimensión monetaria. Porque un país que solo crece económicamente, y no moral y culturalmente, corre el riesgo de convertirse en el paraíso de los Chang, los Jadue, los Garay. Un país no de “felices y forrados”, sino de tristes y estafados”.