“Organizar un festival es un trabajo soñado”, cuenta Raúl Camargo, quien hace dos años es el director del certamen cinematográfico que se organiza en la ciudad de Valdivia. Este será el encuentro número 23, en donde se presentarán películas de más de una veintena de países, muchas contemporáneas y otras retróspectivas, abarcando formatos que van desde el digital, celuloide y VHS.

Por una semana, el Festival de Cine de Valdivia llena las calles de la ciudad. En distintos puntos se encuentran espectadores y realizadores de todo el mundo. Camargo lo grafica en una escena que ocurrió el año pasado: en lo que Camargo escoge graficar con una escena del año pasado, cuando sentados en La última frontera, uno de los locales más concurridos a la hora de tomar las cervezas se juntaron los invitados internacionales Miguel Gomes, de Portugal, el norteamericano Nathan Silver y la canadiense Alanis Obomsawin, aborigen canadiense de 84 años. Rodeados de gente, vieron el partido de Chile contra Brasil gritando cada aproximación a la par del público local.

“No podemos transformarnos en una instancia tibia”

Al igual que las embajadas son territorio de un país en el extranjero, para Raúl los festivales son territorio del cine en cualquier parte del mundo. Con nostalgia rememora esa lección entregada en clases de educación cívica, antes de explicar que cuando organizan el festival, también toman la oportunidad de imaginarse que organizan un pequeño país, proyectando como les gustaría que fueran las cosas “Queremos hacernos cargo de defender el cine desde una perspectiva artística, pero también política, que para nosotros son inseparables. Otra cosa muy importante es cómo nos vinculamos con la comunidad. Valdivia es una zona combativa y organizada, no podemos ser menos”, explica.

¿Cómo han ido perfilando ese rol político?

Si un festival no se piensa desde un eje político, es una mera excusa para la alfombra roja y la farándula. Ese es un modelo de festival, algo que pasa hasta en Cannes que es el más importante del mundo, pero acá no. Tratamos de hacernos cargo de todos los aspectos, a eso me refiero cuando digo lo del proyectar cómo nos gustaría que funcionara un país. Buscamos por ejemplo ser consecuentes y no explotar a los trabajadores que participan en la realización del festival, no queremos ser como esos progres que tienen nana y no le pagan las imposiciones. También armamos una programación que haga pensar en el país, que la gente no le tenga miedo a la palabra política, por algo decidimos decirla con claridad en nuestra franja radial. Pensamos que todas las actividades con un contenido político más claro no topen en horarios.

Este año inauguraron el espacio “Voces ciudadanas”, que busca hacerse cargo de dialogos sobre cine, contingencia y ciudadanía, que contará con la participación de personajes como Óscar Contardo, Gabriel Salazar y Francisca Skoknic. Dentro de esa misma lógica, se encargan por ejemplo de que eso no coincida con las películas de Patricio Guzmán que se presentarán en un homenaje retrospectivo. “El horario está pensado para que alcances a escuchar la charla y trasladarte caminando al lugar donde se exhiben esas películas y hacer la fila para verlas”, explica el organizador.

¿Qué diálogos les gustaría potenciar?

Un espacio de diversidad absoluta y de conversación con respecto al rol del Estado, los privados y las artes. Pero sin buscar nunca el consenso. No queremos caer en eso de convertirnos en un país gris, lleno de consensos para que nadie se incomode. Queremos que nuestro rol político se revele de mejor manera.

Para explicitar ese último punto, recuerda una entrevista que le realizaron el año pasado, donde le preguntaban por la baja participación de mujeres en el cine chileno. Al preparar las respuestas, se dio cuenta de que los números del festival iban contra la norma: de las películas ganadoras en esos últimos cinco años, cuatro eran dirigidas por mujeres, y del total de producción el 48% es dirigido por mujeres. “Para nosotros era de perogrullo tener jurados mixtos, pero parece que no es tan obvio para el resto”, dice. En ese momento se dieron cuenta de que era importante manifestar eso abiertamente. Por eso, este año tendrán un conversatorio dedicado a mujeres que trabajan en cine. “En esa línea como festival no podemos transformarnos en una instancia tibia políticamente. El país no está para esos puntos”, recalca.

¿Y el vínculo de la comunidad cómo se concreta?

“No es lo mismo programar un festival en Valdivia que en Polonia o en Estados Unidos, más allá de que las películas sean universales. Esta región se fundó por impulso ciudadano y nosotros tratamos de acercarnos a la comunidad en la que estamos insertos”, cuenta Camargo, explicando que exhiben películas todo el año, visitan localidades con el apoyo del Centro de Promoción Cinematógrafica de Valdivia, que produce el festival le gustaría que fueran más-, pero como siempre el presupuesto es el impedimento y realizan actividades con quienes habitan la ciudad. Una de las instancias comunitarias que se darán en esta edición del festival es una función especial en Collico, barrio emblemático de la ciudad. Con música en vivo se inaugurará un cineclub comunitario, para que los mismos vecinos y vecinas se hagan cargo del cine en la zona, mientras que algo similar se repetirá en niebla. En la costanera, cerca del péndulo, también habrá música en vivo y películas.

Los guardianes del mito

En relación a otros festivales, el que se realiza en Valdivia es pequeño, no superando nunca las cien películas ni lo cien cortometrajes. Al contrario de lo que ocurre en otros certámenes, eliminaron el presupuesto destinado a viajes a la hora de buscar las películas, en miras de mejorar la calidad del festival, que como señala constantemente su director, “siempre puede ser perfectible”.

Con un equipo de programadores y programadoras, arman la selección que se divide en distintas categorías. “Nuestra lógica es mezclar lo más posible, el cine es muy bonito para dividirlo, pero lo hacemos para que sea más fácil seguirlo en el mar que es la programación.La gracia es que exista un dialogo entre las películas antiguas que ya son conocidas pero que siempre es lindo disfrutar nuevamente y aquellas que son nuevas y que están fuera de los circuitos comerciales”, ilustra.

¿Hay un hilo que una a todas las películas que presentan en el festival?

Primero que nada, un cine evidentemente fuera de mercado y lamentablemente invisibilizado, pero que reúne las condiciones artísticas y políticas para estar en un sitial de mayor conocimiento. Independiente de esa lógica no caemos en la tontería de no dar películas muy conocidas solo por eso.

Vislumbrar películas que cataloga como “secretas”, es decir que ni siquiera participan en las competencias principales de sus festivales de origen, terminan siendo películas o directores muy importantes. A eso responde el nombre “clásicos del fúturo”. Por eso tratan de abarcar siempre lo último, antes de que se pueda encontrar en la web.

¿Para ustedes es importante rescatar el visionado colectivo de películas?

Sí, aunque sea una sola persona más. Cuando la película se comparte es perfecto. Las formas de ver una película cambiaron. No es por ser romántico a la antigua, pero el cine es un rito que no se puede perder. Los festivales, las salas de cine y los cineclubes somos los guardianes del mito, como dice Tellier. Y ojalá que ese mito no desaparezca.

Raúl se imagina que en unos años más los niños preguntarán si es verdad que en algún momento las películas se veían en salas oscuras, encerrados con desconocidos. Con el fin de resguardar esa mística, dentro de la organización han tomado decisiones como firmar un acuerdo en conjunto a otros festivales, en donde se comprometen a garantizar que sí una película está disponible en celuloide, será exhibida en ese formato.

Si el Festival Internacional de Cine de Valdivia tiene un componente de ensueño a la hora de imaginar un país, en esa misma línea se hacen cargo de llevar esos sueños a la práctica. Es por eso que en esta edición comenzaron a acercarse a otro de sus temas de interés: incluir el cine en la educación. Para eso invitaron al gerente de los programas de educación de Seattle, Estados Unidos, por su experiencia vinculada al tema. Comenzarán junto a una escuela de la ciudad un programa piloto de educación en el cine, como parte del proceso pedagógico. Para Raúl, una de las tareas más importantes a la hora de plantearse esa idea es pensar que Chile efectivamente tendrá en algún momento educación gratuita. De esa forma, jóvenes que se acercaron desde pequeños al cine se imaginaran estudiándolo dentro de un tiempo, rompiendo la brecha de clase que existe entre los realizadores, pues el cine ha sido casi por regla general en Chile, patrimonio de los más adinerados.