Parto por celebrar el objetivo y realización de este documento del partido Socialista “Hacia una estrategia de Desarrollo Inclusivo y Sostenible”.  En un momento donde la densidad del debate político está muy por debajo de las necesidades y oportunidades de transformación social, se agradece que desde el Partido Socialista se haga un intento serio por fijar un conjunto de criterios que tienen por objeto orientar las definiciones programáticas de tal colectividad.

Dicho eso, y aunque este es un documento que, si se compara a la obra de los gobiernos socialistas post dictadura, esboza una sociedad que resulta bastante más cercana a mi visión política, tengo un juicio crítico del texto. Por un lado, creo que le falta un mayor nivel de concreción, de dientes. Aunque esto puede parecer una exageración, pienso que, salvo por excepciones del texto, el partido socialista podría definir ésta como su hoja de ruta y aquello no alteraría sustancialmente la probabilidad un cambio relevante en la política de sus futuros gobiernos. En efecto, para que un documento de este tipo cumpla su rol, debe exponer al lector a un conjunto de disyuntivas complejas e incomodas cuya resolución razonada y fundamentada implique acotar los posibles marcos de acción futura.

Por otro lado, tengo diferencias de fondo. Hay en este texto afirmaciones y omisiones que no comparto y que, creo, no se condicen con la tradición de las ideas socialistas. Hago esta afirmación pues, ante la ambivalencia del documento al respecto, he decidido juzgarlo no como la estrategia de desarrollo de una agrupación de centro izquierda, sino como el texto de un partido que siendo parte de la tradición socialista ha optado por confluir con otras fuerzas más moderadas, pero sin perder su identidad política. Tal apuesta, en mi opinión, debe cuidar la diferenciación conceptual entre lo deseable y lo viable. Ya que cuando se desdibuja la distinción entre lo que se quiere y lo que -circunstancialmente- se puede, se suele conseguir menos de lo posible y se deja de contribuir a la expansión de la frontera de lo posible.

Antes de entrar en detalles, me interesa resaltar y valorar un par de elementos que escapan a mi crítica posterior. Primero, rescato la noción de que dado lo plana de la distribución de ingresos si sacamos el decil o percentil superior, una protección social focalizada implica desprotecciones e inseguridades para amplias mayorías. Hay en este énfasis una clara prescripción que se distingue del paradigma de política social que se articuló desde finales de los 70 y que cuyo abrazo por parte de los partidos de centro izquierda fue uno de los grandes triunfos ideológicos del neoliberalismo chileno. Segundo, y aunque no esté tan desarrollado en el texto, creo ver un interesante cambio de paradigma a la hora de hablar de “Estado Emprendedor”. La defensa de esa noción, que ha tomado un nuevo impulso en el debate económico mundial, puede ser clave para repensar una política industrial para Chile.

En cuanto a las críticas, ¿a qué preguntas ausentes e incómodas me refiero? Por espacio, sólo doy algunos ejemplos.

Si en el capitalismo quienes concentran las decisiones de inversión tienen, por distintos mecanismos legales e ilegales, una sobre determinación sobre la forma de organizar la vida colectiva. ¿Cómo se hará cargo esta estrategia de desarrollo de atenuar esta sobrerrepresentación? ¿Dónde está el equilibrio entre promoción de la inversión y densidad democrática? Al respecto existe un interesante debate entre las visiones más rupturistas de corte anticapitalista y un posible socialismo gradualista, donde el desafío de la segunda visión es ofrecer una dinámica que vaya paulatinamente erosionando los intrínsecos límites a la democracia en las sociedades capitalistas.

Siendo aún más concreto, ¿es posible un nuevo patrón de desarrollo en Chile donde la elite económica cede parte de su poder y de su acumulación? ¿Cuáles son las características de este nuevo patrón y bajo qué condiciones resulta políticamente viable? ¿Qué intereses busca representar el PS en estas disyuntivas? En el estadio actual del documento no es posible saber cuál es la visión del PS frente a estas complejas preguntas. Sólo sabemos cuál fue su respuesta de los últimos decenios, a saber, no tocar la distribución del poder y las tasas de acumulación, y expandir el bienestar del resto de la población a través de un gasto social reducido, pero hiper-focalizado y el crecimiento proporcional de los salarios de toda la economía.  ¿Hubo un debate en el PS que diera sustento a esta apuesta que ya lleva décadas? ¿Hay un debate ahora que lo cuestione?

No hago una infidencia al señalar que en las organizaciones de izquierda que emergen fuera de los márgenes de la política de transición no tenemos sólidas respuestas a estas y otras preguntas. Creo que es un debate que nos pilla a todos mal parados.

¿Qué hay de mis diferencias de fondo?

Una primera diferencia conceptual se refiere a la omisión de un juicio crítico respecto a las consecuencias culturales de relaciones sociales mediadas por el mercado. Aunque en la tradición económica hay debate en este punto, me inclino por quienes sostienen que las relaciones de mercado producen seres humanos menos altruistas, toda vez que las transacciones de mercado se basan en motivaciones de beneficio propio, donde la preocupación por el otro es generalmente prescindible e instrumental. De allí uno de los riesgos de que el mercado actúe en más y más dimensiones de la vida social.

En el texto parece haber una visión neutra respecto al mercado, aun cuando la tradición socialista debería ver al mercado, en el mejor de los casos, como un mal necesario (al menos por ahora y lamentablemente, muy necesario). Y esta no es una discusión sólo filosófica, tiene importantes consecuencias de política pública. En particular, bajo este paradigma el test para evaluar la pertinencia de los mecanismos de mercado para solucionar un problema específico resulta ser más exigente. En vez de preguntarnos, ¿es posible solucionar el problema X con mecanismos de mercado?, la pregunta debe ser: ¿es el mecanismo de mercado la única solución que posibilita resultados aceptables? Si no lo es, es preferible apostar por soluciones que expandan la democracia, la comunidad y la cooperación.

Dada la experiencia internacional un paradigma de este tipo, que exigiera al mercado ser la única solución viable, jamás hubiera concluido que era una buena idea el CAE o tener un sistema de financiamiento a la demanda en el sistema escolar (y poco a poco en el sistema de educación superior).

Mi segunda diferencia conceptual se refiere a la siguiente afirmación: “Entendemos que es justo que obtengan utilidades que correspondan a la remuneración del capital y de la gestión del trabajo.”

Mi problema acá es con la palabra “justo”, específicamente cuando se refiere a la remuneración del capital. Al respecto, es evidente que en una economía de mercado existirá un retorno al capital que estará determinado por fuerzas de demanda y oferta, y por el poder político de las clases sociales. Sin embargo, que ese precio exista, no lo hace justo. En mi opinión, hay este asunto dos posturas normativas posibles dentro de la tradición socialista. La primera, más ortodoxa, diría que toda rentabilidad del capital constituye explotación, ya que representa la forma específica al capitalismo en que una clase se apropia y controla el trabajo de otra. La segunda postura, algo menos tajante, sostendría que tal pago sólo es justo si fueron justas las fuentes que generaron el ahorro que se invierte, por ejemplo, que tal ahorro no provenga de una herencia, sino que sea fruto del esfuerzo y del haber pospuesto consumo en el pasado.

En este punto se ilustra la importancia de diferenciar entre lo que se quiere y lo que se puede. Pues, aunque no se ve fácil arribar a una sociedad donde no exista un retorno al capital que sea apropiado privadamente, esto no significa que debamos aceptar aquello como justo. Los socialistas (si me permiten sumarme a esta tradición de pensamiento) debemos saber lo que no nos gusta, para hacer el esfuerzo de encontrar formas de superarlo.

Aun con el riesgo de parecer “principista” o “identitario”, dos actitudes que trato de evitar con todas mis fuerzas, creo que la afirmación del texto respecto a la retribución justa a los dueños del capital, incluso en un contexto de competencia perfecta, se aleja de la tradición del PS y de sus ideas. De este modo, veo dos posibles caminos que considero intelectualmente honestos. El primero, eliminar esa parte del párrafo o clarificar su significado, en línea con la segunda postura normativa ya planteada. El segundo, es invitarlos a que ustedes comiencen la discusión respecto a cambiar el nombre de vuestro partido.


Doctor en Economía, Universidad de Pennsylvania. Profesor Departamento de Economía, U de Chile. Militante Movimiento Autonomista.