Durante estos días, y tras los los brutales acontecimientos que hemos conocido tanto en Argentina como en nuestro país, se me hace difícil entender ciertas actitudes que en nada aportan al movimiento #NiUnaMenos. Como ese afán acaparador en el llamado a manifestarnos hoy en todo Chile, un evento creado desde la espontaneidad por un grupo de mujeres que busca poner freno a la violencia desmedida, alevosa y sádica contra la mujer que está escalando en Latinoamérica. La convocatoria llama a mujeres a marchar, a demostrar que nos queremos, que estamos conscientes, que estamos alertas ante la oleada de violencia machista, que nos duele en el corazón la partida de todas esas pares que han aparecido mutiladas, vejadas, quemadas.

Pero ¿cuál es el mayor debate que se plantea durante la creación de este llamado a actuar? #NadieMenos, o la no inclusión de los hombres en el encabezado o descripción del evento. Muchos saltan ofendidos, exigiendo su derecho a estar también, a que ellos necesitan saber por medio de una red social que también están convocados, para poder poner “asistiré” y que el resto de sus amigos y amigas sepa que es feminista, que apoya la causa, que está consciente de lo que día a día vivimos. Pero no. No lo sabe. No lo sabe porque al primer comentario de que estamos buscando un espacio donde poder expresarnos con libertad y sororidad, de sentir la confianza del grupo, aparecen inmediatamente exigiendo su derecho a participar.

Día a día veo llamados a marchas y convocatorias afines, en ninguna se habla en femenino, se da por sentado que el “todos” nos incluye, y sin embargo no andamos debatiendo en comentarios eternos por qué tenemos derecho a participar: simplemente vamos. Amigo feminista o “pro igualdad de género”: si quiere ir, vaya; pero no espere una estrellita brillante en la solapa al final del día. No espere destacar, que en esto le necesitamos al lado, no adelante. Ya hemos tenido suficientes violencias sociales como para tener que reafirmar su propio ego.

Esperamos compañeros que sepan que en esta lucha su puesto es escuchar, porque la gran batalla de mañana es la empatía. Dejar atrás todo ese concepto enraizado y erróneo de que no se acuestan contigo porque te tienen “en la friendzone”, de que tú creas que si alguien guapo nos dice una obscenidad en la calle lo vamos a avalar -no así al obrero-, que la amiga que está en una relación violenta y abusiva “es hueona o le gusta”. No. ¿Saben por qué está en una relación abusiva? Porque ese otro se encargó de alejarla de su red de apoyo, marginarla de los espacios de confianza, porque ejerce algún tipo de violencia o dependencia, ya sea sexual, psicológica o económica.

¿Saben por qué estamos indignadas con el acoso callejero, mientras ustedes se preocupan si podrán saludar a una extraña o decirle linda sin que lo acusen? Porque no recordamos la vez que un hombre nos saludara en la calle sin decirnos una obscenidad, mucho menos sin intentar invadir nuestro espacio de confianza. Es toda esa construcción cultural la que nos hizo callarnos por tantos años. Es esa construcción la que nos hizo pensar que lo de nosotras no eran tan grave y ahora que se destapa, y nos afecta, nos acusan de “darle color”.

Me parece insólito tener que debatir una y otra vez por qué hacer un “chiste” sobre una violación grupal no nos causa gracia, es más, nos denigra y nos agrede, y sigue perpetuando en las generaciones futuras que por tener unas copas de más no está mal intentar aprovecharte de una mujer. El humor negro satiriza con los conflictos sociales, revelándote como son éstos, pero en ese “chiste” solo hay morbo de contar que a una mujer ebria la violaron 5 tipos, no hay reflexión, no hay nada, solo morbo de pensarlo, de imaginártelo. Y ahí es donde me violenta la actitud de los rostros de “He For She”, los rostros de Franzani, Cretton y Silva, porque creen que con tomarse una foto con una frase en inglés (en un país latino) significa que están comprometidos con erradicar la violencia hacia las mujeres y, sin embargo, no son capaces en el momento de decir: “hey, paremos”. Pero luego graban un vídeo y te cuentan todo lo que han estado haciendo en pro de erradicar la violencia contra la mujer. ¿De qué me sirve? ¿De qué nos sirve? Si no son capaces de darse cuenta en el momento mismo de lo que ocurre.

Es desgastante responder a cada uno de sus insultos, porque los hemos recibido, tildadas una y otra vez de “femiperras o feminazis” o que la violencia contra la mujer no existe. Estoy cansada de tener que decir, ¿y si fuera tu hija, tu hermana o tu mamá la víctima? Porque no deberíamos tener que llegar al punto de apelar a la emotividad familiar para pedir que empaticen con una causa.

Ayer con el hashtag #NadieMenos vi a hombres y mujeres increpándonos por no recordar a los hombres que mueren día a día en las cárceles, en el Sename, o los que se suicidan, o son “mandados” por sus esposas. Pensé que era una ironía: ellos mismos son quienes alegan contra el hombre que se lanzó a las vías del metro en horario punta, son ellos quienes dicen “una lacra menos que alimentar” cuando fue el incendio en la cárcel de San Miguel, son ellos quienes se ríen del amigo “macabeo” en vez de decirle que está en una relación abusiva de la cual debe salir, son ellos quienes sospechan de un baleado en la calle “algo habrá hecho”, dicen, pero hoy sienten todas las violencias, y empatan todas las muertes. No, entiendan que tienen 364 días más en el calendario. Y que estaremos ahí apoyando la erradicación de la violencia. Pero hoy queremos visibilizar esta. ¿Saben por qué se originó el #NiUnaMenos? Debido a la violación, mutilación y muerte de más de 700 mujeres y niñas en Ciudad Juárez, México, desde el año 1993 a la fecha. Mujeres y niñas sin nombre, pobres, trabajadoras de fábricas, sus edades rondaban entre los 11 y los 28 años. Una mujer, Susana Chávez, una profesora y poetisa decidió abogar por ellas, exigirle al estado mexicano por más justicia, cuestionando su nula capacidad para detener los hechos. ¿Qué ocurrió con ella? Tres hombres de 17 años la violaron, le mutilaron una de sus manos y la asfixiaron hasta matarla. Les molestaba su activismo, les molestaba que exigiera por los derechos de esas niñas que para el resto de la sociedad habían sido nadie, solo polvo en el desierto. Por ella nació el #NiUnaMenos. Trivializarlo, y equipararlo a otro tipo de violencias, me parece nefasto.

Cuando comenzamos a visibilizar más la violencia en espacios públicos y también dentro de la academia y los medios de comunicación, comenzaron a llegarme testimonios, ya no sólo de las personas que asisten a los talleres que imparto, sino también de amigas, de familiares, de mi propia madre. Y esos te bloquean más, te desarman. La violencia de género es como una herida mal cicatrizada que tratamos de ocultar bajo la ropa: ha estado por años, pero está tan podrida que llegó la hora de sacarse la costra de raíz y hacer que sane de nuevo, que sane bien, a la luz. Con la verdad.


Periodista e Investigadora en temas de Género