Al momento del Golpe Militar el fotógrafo norteamericano David Burnett llega a Chile. Hace meses atrás estuvo en Vietnam. El 8 de junio de 1972, unos niños corriendo con sus cuerpos quemados tras un ataque de napalm por parte de los norteamericanos en Trang Bang, la provincia de Tay Ninh, escandalizó a la opinión pública. En la foto de Burnett vemos a niños corriendo dando la espalda al lente, algunos ya mutilados huyen con sus cuerpos chamuscados.

El napalm fue una de las armas preferidas de los norteamericanos en Vietnam, una gasolina gelatinosa que produce una combustión agresiva y duradera. Para hacerse una idea: si el agua hierbe a 100 grados Celsius, el napalm arde a 800 y 1000 grados Celsius. Es inimaginable el dolor de ese tipo de quemaduras. Y bien, ese 8 de junio Burnett tira algunas fotos pero su compañero Nick Ut logra una de las fotos emblemáticas de la Guerra y quizás una de las imágenes que fueron capaces de detener o dar una alerta al mundo sobre las atrocidades ocurridas en Vietnam. Se trata de la famosa fotografía de una niña de 8 años, Phan Thi Kim Phúc, conocida por todo el mundo como la niña del napalm. El cuerpo de la niña se quemó en un 65% y Ut no sólo captó la foto sino que asistió a la niña, le echó agua, luego la subió a su auto, la llevó al hospital y con eso logró salvarle la vida.

Burnett estaba ahí cuando ocurrió lo del ataque de napalm. Además pasó tiempo fotografiando arriba de helicópteros, buques de guerra, localidades vietnamitas devastadas. Se puede decir que fotografió el infierno, para luego llegar a Chile.

Aterriza en Santiago acreditado como reportero de France Press, su objetivo es fotografiar el Golpe de Estado de Pinochet. Es uno de los cuatro fotógrafos que ingresan al Estadio Nacional, lugar que albergó desde el 11 de septiembre a noviembre de 1973 alrededor de 12.000 prisioneros. Los otros fotógrafos que están dentro del recinto son Chas Gerretsen, Koen Wessing y el chileno Marcelo Montecino.

También estará dentro Daniel Alfredo Céspedes Vargas, dirigente sindical de un laboratorio farmacéutico. El 11 de septiembre va a la Facultad de Química y en las cercanía de Plaza Italia es detenido horas antes del toque de queda, comenzando el camino hacia una de las imágenes más potentes del Golpe. Pero no nos adelantemos. ¿A dónde llevan a Daniel?

En un jeep militar es conducido a la Escuela Militar para ser interrogado. Daniel o Fredy, como suele decirle su madre, captó de inmediato que los militares estaban en una especie de locura desatada, habían comenzado una cacería brutal, su agresividad y extrema violencia en el trato lo hace suponer lo peor. Por tanto en su mente se instala una suerte de resignación. Lo trasladan al Estadio Nacional, forma parte del primer campo de concentración de la Dictadura. Allí, bajo una precaria y asfixiante estadía puede intercambiar palabras con algunas personas que al igual que él están perplejos. La incertidumbre es el ánimo que atraviesa el aire del lugar.

En una de las varias ocasiones en que lo sacan a los prolongados interrogatorios del tercer piso, es capturado por el fotógrafo Burnett. Entre el fusil de un militar y su casco, justo al centro está él mirando con esa especie de resignación ante el horror. Detrás de él se observan algunos rostros entrecortados de otros prisioneros, pero la elocuencia de su mirada atrapa con fuerza centrífuga, como si el mundo girara a su alrededor y una rueda que ha perdido el eje de su equilibrio buscara con angustia un orden que jamás llegaría.

Céspedes desconoce que fue capturado por un fotógrafo y mucho menos sospecha que esa foto dará vueltas por muchos años. Pasan unos días y es liberado del Estadio Nacional, decide desconectarse de cualquier vinculación política, se casa y aunque su matrimonio dura unos pocos meses, sigue adelante con su vida como puede. Una vida anónima, modesta, la vida de un trabajador, lejos del heroísmo, de cualquier iconografía o emblema.

Volvamos al fotógrafo. Días después del golpe David Burnett asiste al funeral de Pablo Neruda y saca varias fotos importantes, sobretodo la de unas niñas que lloran la muerte del poeta en la caravana (vigilada) que lo acompaña hacia el Cementerio General. Son retratos que captan quizás los vestigios de lo que fuera la Unidad Popular. La verdad es que ya no queda nada. Ha muerto Allende y con la muerte de Neruda termina de sellarse la suerte del país. Una dictadura que duraría 17 años.

Pero la foto tomada a ese anónimo del Estadio Nacional adquiere vuelo y comienza a dar vueltas por el mundo, es utilizada en la resistencia, es portada de discos y compilaciones en el exilio. El rostro de Daniel adquiere una suerte de síntesis de la magnitud del mal, aunque el ex dirigente sindical no sabe nada de eso, vive al margen de todo, no tiene idea de que su rostro es conocido. En realidad nadie puede asegurar que Daniel esté vivo o quizás nadie se lo pregunta e investiga. Así lo recuerda Alfredo Jocelyn-Holt cuando presenta su libro El Chile Perplejo, donde la foto una vez más es utilizada, con alguna intervención de diseño, como portada. Entre los concurrentes hay versiones contradictorias acerca del fotografiado.

Es así como el fotógrafo Mario Ruiz, cuando se acercan los 30 años del golpe, participa de un proyecto que tiene como objetivo ubicar al personaje de la fotografía. Ruiz no sabe por donde empezar, no se tienen mayores datos. Pero surge el hallazgo y encuentran a Daniel, que con sorpresa se entera que durante años ha sido un icono, digamos que se vuelve a unir la experiencia del día de la fotografía, pero de otra manera.

Su familia comienza a enterarse poco a poco de lo que había vivido este trabajador sindical que por años cargó un dolor y un miedo que lo hizo desaparecer de cualquier participación política. Se cuenta que fue su pequeño nieto quien, un día que iba caminando por el centro de Santiago junto a su madre, reconoce a su abuelo en el libro El Chile Perplejo al pasar frente a una vitrina de una librería.

La madre de Daniel relata que al otro día del golpe buscó a su hijo, incluso estuvo a las afueras del Estadio Nacional donde se habían aglomerado un sin número de familiares que querían saber algo de sus seres queridos. La angustia dura poco días, porque Daniel llega a la casa vistiendo la chaqueta y el mismo chaleco con cuello redondo con el que sale retratado. Vuelve como si nada, evitando hacer mayores comentarios. Luego estaría varias semanas durmiendo en el suelo, como si se hubiese acostumbrado a dormir de esa manera.

David Burnett estuvo en el momento que Nick Ut sacó una de las fotografías que ayudó a detener la guerra de Vietnam. Es difícil saber qué pasa por la cabeza de un fotógrafo bajo esas circunstancias, imagino que apuntan a ciegas, comprenden y captan el escenario, pero eso no da garantía de que su trabajo tendrá éxito. ¿Y cuál es el éxito? Alguien podría decir que hacer que la fotografía hable y transmita -en estos casos- el horror. Mediante la captura podemos revivir una emoción que a todas luces es indescriptible. El click del cíclope que opera en la representación. Esa indeterminación de la pensatividad de la fotografía sobre la que escribe el filósofo francés Jacques Rancière, algo que está fuera de todo cálculo del pensamiento. Eso ocurre y seguirá pasando también con la foto de Daniel.

Años después, Burnett sacaría otro tipo de fotos que parecen lejanas a esta realidad de espanto, pero a las que atribuyo cierta vecindad. Se trata de varias tomas que hizo entre los años 1976 y 1977 a Bob Marley, para la revista Time. Si vemos todo el set de fotos y no sólo la elegida para la publicación, vemos a Marley mirando a la cámara como dando una respuesta con la mirada, una respuesta que Daniel –en su momento- no pudo expresar en el Estadio Nacional. Los ojos y la sonrisa del jamaiquino son la melodía inagotable de su alma, que parece decir: Get up, stand up! Stand up for your rights!

 

 

 


Poeta y guionista