De modo preliminar, podríamos señalar que la disconformidad social en Chile tiene un doble rostro. Por un lado, una disconformidad electoral que se instituye como una fuerza política en Valparaíso, y que desarma la estrategia política del duopolio Nueva Mayoría – Chile Vamos; y por otro lado, la cara abstencionista de un electorado potencial que ve en este tipo de ceremonias un lugar sin sentido político. A mi parecer, la última elección municipal develó nuevamente un nudo crítico, que persiste dentro de las culturas de izquierda en torno a los rituales de la democracia electoral, y que a la vez pone en evidencia no sólo la fragmentación sociopolítica de la izquierda, sino también el contradictorio discurso entre una adhesión al ritual de esta democracia representativa y otro que apunta a su marginación.

A mi juicio, el triunfo de Jorge Sharp en Valparaíso contribuye a explicitar estas contradicciones narrativas de la izquierda, pues su victoria puede ser leída en el marco de un sistema político desacreditado por la significativa abstención, y que a pesar de ello, generó una fisura al interior del duopolio: ahí se comienza a hablar de un electorado “inteligente”; y por otro lado, el juicio drástico que se tiene acerca de otras zonas populares del país en que ganó la derecha, cuyos votantes son calificados de “fachos pobres”. Justamente ahí está la fragilidad política que atraviesa al mundo izquierdista, y que va más allá de las debilidades propias del modelo de democracia representativa: me refiero al divorcio de las culturas de izquierda con los territorios y en particular, con los sujetos populares. Más allá de seguir celebrando el triunfo de Sharp en Valparaíso, deberíamos tomar nota de la experiencia de trabajo desarrollada por su campaña en los cerros porteños.

Por eso me remito a Norbert Lechner, que en la década de los´80 reflexionó en torno al giro doctrinario de la izquierda chilena, que pasó de una narrativa revolucionaria de los ´60 a una narrativa que revalorizó la “democracia representativa”, la misma que la cultura de izquierda sesentera denominó “democracia burguesa”. Este cambio doctrinario afectó internamente a los partidos políticos y movimientos de izquierda al finalizar la década de los ´80 (específicamente, a sectores del partido socialista asociados al Movimiento Democrático Popular), que modificaron su sistema de participación política, desde el centralismo democrático a la idea “un militante – un voto”. Cambios además alentados por un contexto político crítico ante la caída abrupta de los socialismos reales. Este cambio doctrinario tuvo efectos tóxicos sobre las subjetividades políticas que se configuraron en torno a las nuevas formas de participación interna, fundamentalmente porque desapareció el debate y la formación ideológica como pasaporte de movilidad dentro de la estructura partidaria, y se consolidó otra práctica, arraigada en enrolar masivamente a militantes pasivos como mecanismo de ascenso orgánico.

Durante las últimas dos décadas, en que predominó esta revalorización por la democracia representativa, estos partidos sufrieron significativamente la mutación de su militancia, pues pese a continuar con el trabajo territorial, este ya no tenía la capacidad de potenciar las capacidades socio-políticas de los sujetos populares, y más bien su trabajo social se orientó a incrementar la base electoral mediante una relación política sujeta a la clientelización. Es tan predominante el paradigma de la democracia representativa, que en 2016, en el encuentro doctrinario del Partido Comunista, se abrió a la posibilidad de modificar sus formas de participación interna. De algún modo, la lectura de Lechner sobre el cambio doctrinario de la izquierda se apoderaba de una de las últimas resistencias políticas de la izquierda tradicional.

Por otra parte, y en relación a los movimientos sociales (ambientales, regionales, estudiantiles y gremiales, entre otros) en los últimos 15 años han sido un potencial sociopolítico para reponer temas y problemas sociales ignorados por la narrativa institucional de la Transición. Sin la acción de estudiantes, pescadores artesanales, pobladores de regiones, trabajadores públicos y subcontratados, entre otros, estos temas persistirían en su silencio social; ahí está su valía y la importancia que adquieren en la escena política y social de los últimos años. Sin embargo, el tema no es sólo social sino también “político”, o si se quiere, “de la política”. Aquí apunto a un tema sensible que ha estado en el debate de los últimos años y que se refiere al vínculo de estos movimientos sociales con la denominación de una “nueva forma de hacer política”.

Se denominó a estos emergentes actores sociales en el espacio público, bajo el concepto de la “subpolítica”, es decir, un movimiento social que configura formas de participación por vías alternativas a las institucionales, y tal como las concibe el sociólogo alemán Ulrich Beck, son el paso de una sociedad moderna a una sociedad reflexiva. Este último sería el paradigma sociopolítico por el cual estos nuevos actores sociales son más resistentes a disciplinarse bajo una práctica política institucional. El carácter sociopolítico significativo que portan estos actores sociales no sólo reside en que su formación social está fuera del sistema político o corporativo, sino además en que su composición esta entrelazada entre petitorios personales de individuos y actores sociales organizados colectivamente.

Los movimientos sociales y ciudadanos en períodos de desprestigio de los partidos políticos, en particular de los tradicionales, han surgido para algunos como una fórmula posible para imaginar esa “nueva política”, o esa forma distinta de “hacer política”. Por cierto, son un refresco ante la corrupción política instalada en la Transición, pero a la vez –y una vez en el desafío de gobernar– deben lidiar con la política. Quizás ahí está el desafío mayor de la empresa de Jorge Sharp: conectar la potencia popular configurada al calor del discurso oponente a la narrativa oficial, con otra forma de la política por imaginar.

A mi parecer, este desafío es impracticable, a menos que se repiense nuevamente la figura militante. No se trata de revalidar imaginarios militantes del pasado reciente que se configuraron bajo la noción de misión y de evangelización doctrinaria, como tampoco la prolongación de militantes instrumentalizados al aparato municipal que van a reiterar una relación clientelar con la comunidad: se debe repensar una militancia con vocación por lo político que colabore en restituir capacidad y potencia a los sujetos en sus territorios.


Sociólogo y profesor universitario